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La palabra como salvación

ROCÍO ROJAS-MARCOS | Hay historias muchas veces contadas, narraciones conocidas que vuelven a nosotros una y otra vez, pero cuando leemos libros como Ese Marruecos que fue mío reconocemos la pureza de esa misma historia ya sabida a través de palabras marcadas por la verdad más dolorosa, la que narra desde la soledad y el dolor en la distancia. Identificamos cada secuencia, pero desde otro ángulo, desde la perspectiva de quien se ha mantenido en un segundo plano, sentada, esperando y apuntando. Convirtiendo su propia resistencia en fuente de literatura, en memoria viva de la historia sufrida. Jocelyn Lâbi sabe muy bien lo que es vivir condenada a diez años de cárcel, aunque no estuviese dentro, sabe muy bien lo que es levantarse cada mañana durante ese tiempo para dedicar otro día entero a ser el pilar de la familia, la que mantenga a sus hijos a salvo, la que trabaje para poder pagar facturas, la que luche junto a tantas otras mujeres por defender a esos hombres encarcelados, la que sirva de bastón a su marido, el poeta Abdellatif Laâbi, en cada visita a la cárcel. Son demasiados roles si esto fuera una obra de teatro. Una sola persona no puede, no debería representar tantos, pero cuando leemos Ese Marruecos que fue mío nos damos cuenta de que hay personas extraordinarias que son capaces de hacerlo, y además tienen la generosidad de contarlo.

Los primeros capítulos nos adentran en la vida de la niña Jocelyn que va a vivir a Mequínez durante el periodo colonial francés. Vamos conociendo de su mano ese Marruecos que va a ir haciendo suyo, la vemos andar hacia la adolescencia, hacia el descubrimiento de las bondades y crudezas de ese país más allá de la mirada sesgada de su padre. Iremos andando junto a Jocelyn mientras descubre su mundo. De esta manera es como nos adentra en la vida cotidiana de esa niña, luego jovencita, que sin pretenderlo va a terminar involucrada en uno de los periodos más negros y duros de la historia reciente del país magrebí cuando se enamore del poeta Abdellatif Laâbi. Se casarán muy jóvenes, empezarán su vida juntos con la ilusión del proyecto compartido y con la voluntad de luchar por un país mejor, con más derechos y más libertades. Serán los años de la fundación de la imprescindible Revista cultura Souffles (1966), los años en que nacerás sus hijos, los años de construir una vida hasta que se vea truncada por la barbarie y la arbitrariedad de las decenas de detenciones que ocurrieron y que se llevaron por delante a Abdellatif. Es entonces cuando el relato cambia de tono, pues la vida de Jocelyn da un giro de 180 grados. La poética de la narración en esta parte se carga de tintes de resistencia, sus palabras se afilan y componen un relato que carga con la pesadumbre del dolor vivido, de la incertidumbre ante las arbitrariedades cometidas, pero también de la bondad de las manos amigas y el amor por esas otras mujeres que como ella tienen que aprender a luchar juntas por defender la justicia pisoteada.

Esta última parte avanzando a lo largo de los años de encarcelamiento alcanza cotas de delicadeza muy apreciables, pues la autora intercala fragmentos de cartas enviadas a su marido durante ese tiempo. Algunas escritas por ella en las que le habla de su amor por él, de los deseos de volver a verlo, de tenerlo cerca. Pero otros fragmentos son de sus tres hijos, niños que han aprendido a vivir sin su padre, al que le escriben desde el cariño inocente de la edad. Le cuentan pequeñas historias cotidianas, pequeños detalles que humanizan la realidad de ese padre encerrado en una celda en la más absoluta crudeza, sin lo mínimo indispensable para vivir y afrontando torturas que resiste desde la renuncia y con la certeza de que tiene que resistir por ellos, por volver a leer esas cartas de su familia.

Ese Marruecos que fue mío (Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2025) | Jocelyn Laâbi | Traducción del francés de Antonio Álvarez de la Rosa | 300 páginas | 18€

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