
REYES GARCÍA-DONCEL | Hay novelas que retratan una época, otras que desnudan una generación y unas pocas que, además, nos permiten reírnos de nosotros mismos. El complejo de Lumumba de Juan Villa es de estas últimas. Una sátira afilada, culta y divertida sobre el progresismo ilustrado de la Transición española, narrada con inteligencia y sin misericordia, pero también con una ternura que emerge a través del sarcasmo.
La urbanización Complejo de Lumumba —nombre que ya anticipa carga simbólica pues es el apellido del libertador y mártir del Congo— fue concebida como una especie de comuna urbana para profesionales de izquierdas, intelectuales de medio pelo, artistas en búsqueda de sentido y socialdemócratas con pretensiones revolucionarias. En ella se soñó un mundo mejor, se debatió con furia, se criaron hijos, se cometieron adulterios ideológicos y sentimentales, se hicieron asambleas… y finalmente, como suele pasar, se dejaron atrás los panfletos y se aprendió a manejar, con algunas contradicciones morales, una vida confortable.
El punto de partida de la narración es simple pero muy certero: una noche de velatorio. Marino Aguado, perito aparejador y líder carismático de la comunidad, ha muerto, y sus vecinos se reúnen para despedirlo. Durante la larga noche de velatorio y la posterior mañana del funeral, Villa despliega la historia del complejo y de sus habitantes, un grupo que soñó con ser célula viva de la revolución socialista, ejemplo de solidaridad y hermandad. En el marco temporal de unas horas, condensa quinientos días de ilusiones, esperanzas y desencantos, retratando con humor a los contemporáneos de la Transición. El velatorio transcurre el día antes de que Aznar gane las elecciones, y ese paralelismo entre la muerte del líder local — Aguado, trasunto de Felipe González— y el cambio de ciclo político en España, no es casual, es un recurso perfecto para revisar, entre risas y lamentos, todo un proyecto vital y colectivo que se vino abajo con el paso del tiempo, pues la decadencia de esa comunidad corre en paralelo con la de la Transición misma, poniendo fin a una etapa tanto política como vital.
La novela avanza entre una galería de personajes maravillosamente perfilados, con gran riqueza léxica y mirada incisiva: filólogos, ATS, sociólogos, poetas de medio pelo, feministas, filósofos exhibicionistas, catetos con reglas, homosexuales acomplejados, escritores sin éxito y novios desfasados. Se muestran tan vivos que, para los que hemos vivido esos años, resulta muy fácil imaginar sus rostros, vestimentas y gestos, como reencarnación de la progresía de los setenta y ochenta. Villa lanza dardos a todos, se ensaña especialmente con la socialdemocracia, a la que acusa de haber envejecido en sus ideas y mostrado sus miserias. El complejo de Lumumba es una sátira coral y lúcida donde se desvela, con brillantez, que nadie es del todo lo que parece. Aunque emulando el epígrafe de J. Conrad que el autor incluye: «No creo haber hecho una sátira del mundo revolucionario. Mis personajes no son unos revolucionarios, sino unos camelistas». Porque quizá lo más valioso de esta novela sea su capacidad para abordar algo tan difícil como es la decepción colectiva, sin caer en el cinismo ni en la nostalgia. El complejo de Lumumba no ridiculiza el impulso utópico, sino la manera en que se domesticó, se vació y se convirtió en una pancarta decorativa: «…la Transición no estuvo tan mal considerando la falta de costumbre que tenemos por aquí de pasar de un régimen a otro sin arrearnos». No fue tan mala, pero tampoco tan gloriosa, nos dice. Fue, como Lumumba, un sueño razonable que terminó en bluff, como reconoce uno de sus personajes entre nocturnos montaditos de pringá y camarones con pretensiones simbólicas.
Uno de los hilos más sugerentes del relato es el de los ritos: el autor sostiene que, al perder las costumbres religiosas, la sociedad progresista carece de rituales laicos capaces de reemplazarlas: «Desgraciadamente tampoco al rosario se le había buscado alternativa civil, no es cosa de ponerse a recitar los artículos de la Constitución o los de los Derechos Humanos». El resultado se plasma en escenas tan grotescas como tiernas, siendo la más memorable la final del funeral que resume con maestría el tono del libro: hay humor negro unido a comunión solidaria, hay parodia metafísica en el rito fracasado y, sobre todo, mucho de reconocer nuestras propias contradicciones. Pues el complejo urbanístico opera como metáfora doble: tanto de la comunidad de vecinos como de un «complejo» psicológico del que surgen frustraciones, carencias y contradicciones. El resultado es una novela culta, lúcida, ácida y divertida, donde se puede oír aún el eco de quienes alguna vez creyeron que cambiar el mundo era posible desde un bloque de viviendas con ágora comunitaria, espacio que, con esa mirada irónica pero benevolente Juan Villa describe como: «Le salió un local con cierto tufo a “teleclub”».
La prosa es lúcida y a la vez juguetona, a ratos filosófica, a ratos se disfraza de sátira política, y otras veces se lanza a lo lírico o a lo esperpéntico. El autor no se esconde, sino que está presente tanto de forma explícita: «Habrá observado el lector que…»; como a través de su alter ego, el «complejista» Juan Ruiz, denominado el Arcipreste. De esta forma interpela, reflexiona, ironiza, y construye una narración cargada de referencias culturales y literarias. Con esta novela Juan Villa ha dado un giro notable en su trayectoria abandonando el territorio de Doñana y su entorno —ese Malandar que es su particular Macondo— para situar la acción en un espacio urbano de entorno anodino y pocas referencias a paisajes naturales. Salto que supone un riesgo, pero que ha solventado con maestría.
Novela muy recomendable para quienes no tengan miedo a reírse de sí mismos, para quienes recuerden con ironía benevolente los años del «cambio», para quienes disfruten de las novelas que retratan con inteligencia lo que fuimos. Y, sobre todo, para quienes sepan disfrutar de la buena literatura.
El complejo de Lumumba (Editorial Niebla, 2024) | Juan Villa | 157 páginas | 16,10 €
Creo que Juan tenía guardada esta novela en su particular disco. Me refiero a sus dibujos de imitación a Botero. No eran personajes boteristas, sino que por el contrario podíamos conocerlos al visitar su casa en el Rocío. Me ha gustado la crítica y sólo deseo leer la novela para conocer más a fondo este mundo de Juan villa.