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La vejez como tierra adentro

THAÏS GAMAZA | “Estoy perdiendo mi fuerza, pero no mi alma.” Esas palabras se deslizan sin levantar la voz. No necesitan hacerlo. Son la clase de confesión que se escribe con letra pequeña, a la sombra, como quien anota en los márgenes de un cuaderno lo único que de verdad importa. Así comienza Lo que somos ahora, la novela breve que May Sarton publicó en 1973 y que hoy nos llega como una suerte de carta no enviada: íntima, resistente, llena de grietas por donde entra una luz fatigada pero viva.

Adquirí este libro por una cita. Me eligió con esa delicadeza que sólo tienen algunas frases: “Este soñar despierta que me nutre y me sostiene.” La subrayé antes de leer la primera página, como si ya me hubiese leído a mí. Fue ese soñar lo que me empujó adentro, con la sensación —equivocada, lo supe después— de que iba a encontrar consuelo. Lo que encontré fue otra cosa: una lucidez afilada, una mirada sin concesiones, una mujer —Caroline Spencer— que ya no puede huir de lo que ha llegado a ser.

Caroline, exprofesora de literatura, vive sola en una casa en mitad del campo. No es la imagen romántica de la ancianidad que a veces se nos vende. No hay crepúsculos dulces, ni nietos, ni redención. Sólo una sucesión de días que se parecen entre sí y una conciencia que no deja de preguntarse, casi en voz baja, qué sentido tiene todo esto. “Pero al mismo tiempo —escribe—, cada mañana, cuando veo la luz filtrarse por la ventana, algo en mí da gracias.”

La novela no construye héroes ni clama por justicia; tan sólo observa con agudeza cómo se va desmontando la identidad de una mujer que alguna vez tuvo autoridad y deseo, hasta reducirse a una figura casi ornamental. Y, sin embargo, hay una dulzura subterránea en esta descomposición. Como en La campana de cristal de Plath, el encierro también deviene forma de autoconocimiento. La casa, ese microcosmos doméstico, actúa como espejo de la protagonista: los objetos se tornan interlocutores, las plantas sus aliadas. Hay una escena especialmente reveladora en la que Caroline se dedica a limpiar meticulosamente un armario: “Es como ordenar mi mente —piensa—, como sacar todo lo podrido y dejar espacio para lo que todavía puede florecer.”

Sarton deja que sea la propia Caroline quien piense, quien observe, quien cree. Porque lo que mantiene viva a esta mujer no es la esperanza, ni siquiera el amor, sino la necesidad de belleza. Una belleza modesta, a veces diminuta, pero capaz de sostener: la textura de un poema, la visita de una frase, una conversación sobre arte o un gesto que revele inteligencia. En medio de una existencia que otros juzgan agotada, ella sigue buscando —y encontrando— momentos de revelación estética. “Leer a Emily Dickinson me hace volver a mí misma. A veces, es la única manera de no desaparecer del todo.”

No es casual que, a pesar del cuerpo que falla, lo que se mantenga incólume en Caroline sea la pulsión artística. Su relación con la palabra, con la música, con la pintura que observa, aunque no la pinte, funciona como una raíz invisible que la conecta con lo profundo. El arte no es un adorno de sus días: es su modo de resistir. “Sin la belleza, me volvería piedra,” anota. Y yo pienso en tantas otras mujeres, envejecidas, desplazadas, que sostienen su identidad gracias a una página, a un verso, a una flor en el alféizar.

La escritura de Sarton no lleva maquillaje. No busca seducir, ni impresionar. Más bien se desnuda palabra a palabra, como si lo que estuviera en juego fuera algo más que contar una historia: como si fuera necesario salvar un modo de estar en el mundo que ya nadie quiere mirar. La suya es una prosa hecha de pliegues y de pausa. Tiene el tempo de la respiración cuando una está cansada, pero sigue de pie.

Hay algo profundamente incómodo en esta novela: lo que revela de nosotros, de nuestras ficciones sobre el final de la vida. Caroline se enfrenta no sólo al deterioro físico, sino al despojo simbólico que supone envejecer siendo mujer. Nadie la insulta, nadie la maltrata con saña. Y, sin embargo, hay violencia. Una violencia sorda, envuelta en buenas intenciones, en cuidados que no ha pedido, en la infantilización constante de su voz. “Hay una brutalidad en el modo en que los otros quieren cuidarte,” dice. Y ese “otros” incluye al sistema médico, a las amistades, a la familia.

Me viene entonces a la cabeza Clarice Lispector: “Soy tan misteriosa que no me entiendo.” También Caroline arrastra un misterio que los demás parecen ignorar: el de seguir siendo sujeto, pensamiento, deseo. No quiere convertirse en objeto de asistencia ni en personaje decorativo. Quiere decidir. Y ese deseo, en una mujer de cierta edad, resulta imperdonable.

Lo más desgarrador de Lo que somos ahora no es el dolor, sino el modo en que se degrada la autoridad simbólica de una persona cuando envejece. Cómo se la rodea de afectos estériles, cómo se le priva de su capacidad de juicio. Caroline no quiere una muerte dulce; quiere una vida lúcida. Por eso se aferra a lo que le queda: sus libros, sus recuerdos, las conversaciones que aún puede dirigir. Cuando escribe una carta, no lo hace para pedir ayuda, sino para marcar una presencia. Y cuando lee poesía, se produce una especie de restitución. Hay una línea invisible que conecta cada palabra leída con el pulso de lo que aún permanece vivo en ella. Sarton no dramatiza. No hay golpes de efecto. Lo que hay es un temblor que atraviesa la página. El temblor de quien aún piensa el arte como resistencia, como salvación. “Mientras pueda leer y escribir, todavía seré yo,” parece decir Caroline sin decirlo. Y esa fe silenciosa en lo estético —en su capacidad para dar refugio, incluso cuando todo lo demás se ha caído— es quizás lo más revolucionario de esta novela.

Lo que somos ahora es una novela sobre lo que queda cuando se apagan los focos. Sobre lo que somos cuando ya no producimos, cuando ya no cuidamos, cuando no servimos para sostener a otros. Qué queda entonces. Qué voz, qué cuerpo, qué hambre. “Quizá esto es lo que soy ahora,” piensa Caroline. Y no hay derrota en esa frase. Sólo una rendija de aceptación, como si al final de todo aún pudiera caber una forma de libertad.

En esta novela no hay consuelo fácil. Pero sí hay belleza. Una belleza áspera, de tierra adentro. De esas que no buscan agradar, sino persistir. También hay belleza en la forma que la acoge: la edición de Bamba, cuidada, sobria y táctil, parece susurrar al lector que este libro merece sostenerse entre las manos como se sostiene a alguien que tiembla, pero sigue.

Lo que somos ahora (Bamba Editorial, 202) | May Sarton |144 páginas | 19,90 €

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