
JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | La exclusión de los abogados de la isla Utopía de Tomás Moro —“No hay abogados entre ellos porque los consideran gente cuya profesión consiste en disfrazar la realidad”— podría resumir en buena medida la trama de esta novela, Crímenes decentes, del reconocido abogado y penalista Javier Melero (Barcelona, 1958). Sus sutilezas y distingos, sus argucias, subterfugios y artimañas, su falta de escrúpulos convierten a estos profesionales de “conciencia alquilada” en personajes ideales para incluirlos, bien como protagonistas, bien como secundarios, en cualquier obra literaria. Melero pertenece a la clase de letrados criminalistas que, como John Grisham, Ferdinand Von Schirach o Steve Cavanagh, ha sucumbido a la tentación de escribir historias de ficción sobre estos abogados, y los procedimientos judiciales en que se ven inmersos, a partir de sus conocimientos penales y procesales.
En la que nos ocupa, el empresario Miguel Royán, una de las fortunas mayores y más discretas del país, contrata a Ginés Rovira, un ambicioso abogado, para defender a su hijo Aleix, un joven toxicómano en prisión preventiva en la cárcel de Brians acusado, junto a su compañera de vicios, de un asesinato en una fiesta marcada por el exceso de drogas, el alcohol y el sexo. Rovira se enfrenta al dilema de defender a un cliente privilegiado y quizás culpable, cuestionando lo ético de su trabajo. Javier Melero aprovecha la ocasión novelística para mostrarnos las grietas de un sistema por el que transitan los poderosos de toda escala, social o judicial. El resultado es una novela negra urbana y descarnada que funciona tanto como un thriller como una ácida reflexión sobre los privilegios, la verdad y el cinismo profesional.
Nuestro abogado protagonista se enfrentará a fiscales gazmoños, a jueces sin sensibilidad, a favores de dudosa legalidad y a una familia adinerada que maneja los hilos del poder. Pero el caso pondrá a prueba su propia brújula moral. Melero construye en Rovira una figura —no sé si deliberadamente— antipática: narcisista, socarrona, cínica, sobrada de sí mismo y descreída. Un abogado desahogado y sin remordimientos que afirma que “la moral es un lujo y la conciencia un estorbo”. Sin embargo, a pesar de que el protagonista comience —la escena de sexo con Zoe al principio no presagia nada bueno— repeliendo al lector, sus reflejos en el orden jurídico, sus reflexiones sobre la justicia (“concienzudamente lenta y aburrida”, donde “la verdad es lo que queda probado en un juicio”) o la necesidad de humanización del sistema penal, su definición con inquietante precisión del espíritu de nuestra época y su expresión de la decadencia de los valores (el honor, la amistad) resultan siempre interesantes. En ese sentido, su crítica a la prisión provisional, a la institución del jurado o al sistema penitenciario, son algunos ejemplos clarificadores de esa condición de Melero como profesor universitario preocupado por los temas de actualidad del derecho penal.
Pero hay bastante más que un despliegue de conocimientos jurídicos. Melero es un eficiente narrador y un experto retratista de rostros humanos y paisajes urbanos. En ese sentido, la Barcelona contemporánea es un personaje más de la novela. La descripción de la ciudad que perdió su autenticidad tras las Olimpiadas, donde los bares de toda la vida han sido reemplazados por hoteles estrambóticos, bazares chinos y horrores arquitectónicos envueltos anodinamente en vidrio y hormigón, es un elemento definidor a partir del cual construir también los sentimientos de los protagonistas. Una sombra de desaliento y de decadencia atrapa a Rovira, la nostalgia de una Barcelona desaparecida, la de los barrios de la periferia, las tiendas y restaurantes familiares o las verbenas. Melero se dedica con empeño a describirnos la ciudad condal de hoy y a distinguirla, a través de la comparación y la pérdida, de su admirable idiosincrasia pasada.
Pero si hay un elemento vertebrador de Crímenes decentes que sobresale, en mi opinión, por encima de la trama judicial, es la amistad. La amistad de Rovira con Poch, ese amigo con aura de malditismo, de inacabables referencias librescas y una bondad debilitante y estéril. Un hombre reservado y muy celoso del trato con sus propios demonios. Uno de ellos, un tal Costa, un periodista cruel y carroñero será la víctima del crimen decente más relevante de la novela. El otro amigo de Rovira, Vázquez, su viejo socio en el bufete, enfermo terminal y compañero de andanzas, será ejemplo de generosidad y entereza aun cuando en la vida las cosas acaben por torcerse. Ambos representan para Rovira esa otra familia, a falta de la de sangre, que completa a golpe de complicidades, también de farras, conversaciones y discusiones creativas, la vida más allá del mundo del derecho, a veces rutinario, de nuestro abogado. La verdad de esas amistades y sus gestos conforme avanza la novela con el más débil en contra del poderoso, redimen a Rovira de aquella antipatía inicial del lector hacia el personaje.
Por otra parte, prueba del universo cultural del autor, Crímenes decentes está salpicada de una vasta erudición a partir de cuyas referencias Melero crea símiles y metáforas —desde el cine (El crepúsculo de los dioses, Pauline en la playa, Grupo salvaje, Duelo en alta sierra, My Fair Lady, Muerte en Venecia, El sueño eterno, Cautivos del mal, Veredicto finalSin perdón) hasta la música (Johnny Cash, Miles Davis, Lester Young, Chet Baker, Nick Cave) y la literatura (Dostoievski, Poe, Kipling, Donne, Pla, Laforet, Salvat-Papasseit)— que, bien medidos, no resultan pedantes, sino amenos y ocurrentes, divertidos y feroces.
Mientras leía la novela de Melero me estuve acordando de aquel libro de Max Aub, Crímenes ejemplares, un irónico catálogo de formas y justificaciones del criminal. Con aquella mirada sarcástica, Aub recogía confesiones de los asesinos y de sus muchas justificaciones. La mayoría de los criminales era gente corriente. Alguien que te encuentras en tu vida diaria, en un mercado, en la escalera de casa o en un concierto. Los criminales de Melero, a veces grotescos, no suelen ser de ese tipo. Retratan la división entre las clases sociales y la debilidad de lo verdadero. Son criminales que, entre dilemas morales, tratan de sobrevivir. En ellos, el crimen no es más que un accidente, un error que se corrige con dinero o una determinación de honor. Crímenes decentes es un noir auténtico, escrito desde las entrañas del sistema penal. Ni virtuoso ni edulcorado, sino descarnado y necesario. “Mintiendo sobrevives, la verdad solo trae caos y duda”, dice Rovira. Melero le da la vuelta a esa frase y construye con ella una excelente literatura.
Crímenes decentes (Tusquets, 2026) | Javier Melero | 373 páginas | 21,90 euros.