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La vida de Olga

ELENA MARQUÉS | El sábado fui con un grupo de amigos al cine a ver una película que, desde entonces, no me canso de recomendar. La sinopsis que me enviaron sobre ella no me atrajo en absoluto. La vida de un hombre que muere a los 39 años por un tumor cerebral contada a la inversa. Un dramón, vaya. Y encima con la dificultad añadida de no seguir el sensato orden cronológico. Sin embargo, no encontramos nada de eso, y, dejando aparte las bondades del guion, su originalidad, la excelente actuación de los actores y los muchos momentos positivos y hermosos que quiso depararnos, se me quedó marcada una frase. La pronunciaba el narrador después de una escena estupenda que se ha hecho viral y en la que el protagonista se marca sus buenos pasos de baile con una desconocida. Decía algo así como que, considerando lo mal que marcha todo y la de sufrimiento que nos vemos obligados a afrontar, uno se pregunta para qué habrá hecho Dios el mundo. Y luego concluye: «Para vivir justo este momento».

            Con algún libro de Theodor Kallifatides me ocurre algo parecido. Me digo que está el hombre ya muy mayor y que, a las primeras de cambio, suelta el hilo del débil argumento y empieza a desvariar. Es verdad que sus novelas nunca se ajustan del todo al género ni a la manida estructura de inicio, nudo y desenlace, más bien se componen de flashes y recuerdos; pero es que, en esta, ese esquema sin esquema me ha dejado muchas veces más perdida que Teseo en el laberinto. Sin embargo, entre esas vaguedades, desde el anuncio de una mujer enferma, la que da título al libro, hasta su fatal despedida, hay verdaderas perlas para la reflexión y una invitación a la vida. Como si Dios hubiera creado el mundo justo para este momento epifánico.

            La prosa del griego afincado en Suecia es siempre una suerte de dulce paseo salpicado de hermosas comparaciones y envuelto en un tono de amable fragilidad. Como voz en tierra extraña, marcado por el hierro de su condición de emigrante, Kallifatides se esmera en acariciar todos nuestros sentidos («mientras la cálida oscuridad del entorno se volvía como un ser vivo con mil manos acariciantes») con un estilo natural y asequible. Sus continuas referencias a la lengua como patria, su fascinación por las palabras, su continuo redescubrimiento, que me retrotraen al libro con el que me inicié en él, Otra vida por vivir, no pueden dejar a nadie indiferente. En esta ocasión, incluso, se atreve a concluir «Dios es la verdad y la lengua es Dios». Solo por esas sabias reflexiones merece la pena sumergirse en la historia de Olga y en este libro que, como todos los que he leído de él, tiene carácter autobiográfico o incluso confesional. En tales confidencias, pues eso parecen, susurradas al oído de cada lector, se descubre a sí mismo con cierta gracia y aceptando también sus defectos y vanidades, lo que concede al texto una gran autenticidad y cercanía.

Porque en ese viaje al pasado en el que trata de rememorar y rendir el preceptivo homenaje a la vida de su amiga lo que termina haciendo es aportarnos más datos de la propia, no tanto en el camino biográfico como existencial, centrándose, pues el duelo suele conducir a ello, en pensamientos tan humanos como la presencia inevitable de la muerte y la forma de afrontarla («Se trata de encontrar los rituales que hacen la muerte abordable» porque «hasta los más fuertes mueren»), la importancia de la amistad, la dificultad que tenemos para expresar nuestros afectos, el tiempo, la verdadera libertad… Todas esas realidades y certezas a las que el paso de los años nos conducen sin amargura, con la aceptación de la madurez; entre ellas, la confirmación (ay) de que no existe el paraíso.

Pero debería dedicarle algo de tiempo a la mujer del título. Alguien que comparte con el autor y narrador su origen griego y su condición de emigrante y que se nos presenta de esta forma tan poética en la primera página: «Siempre tuvo la capacidad de dejar atrás el cuerpo y de acariciar la mariposa negra del pecho con sus manos delgadas y fuertes». Asistimos a su deterioro y a sus miedos, expresados en unos diálogos en los que se nos revela su inteligencia y sabiduría, las muchas cualidades por las que es digna de amor y de recuerdo. Y en el adiós de la ceremonia que pone fin a su existencia y al libro sabemos que formó parte importante en la vida de muchos, lo que de nuevo me lleva (ya veis que me ha marcado) a la película de Mike Flanagan que vi el sábado pasado, que empieza con unos versos de Walt Whitman («Yo soy inmenso y contengo multitudes»); y al ciego más famoso de Argentina, que dijo eso de «No estoy seguro de que yo exista, en realidad. Soy todos los autores que he leído, toda la gente que he conocido, todas las mujeres que he amado. Todas las ciudades que he visitado, todos mis antepasados…». Más verdad que un santo. No somos nadie, o somos multitud. Mejor entonces crear nuestra existencia con excelentes amigos a quienes amar, buenas películas y mejores lecturas.

Una mujer a quien amar (Galaxia Gutenberg, 2025) | Theodor Kallifatides | 160 páginas | 16,90 euros | Traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide

admin

Un comentario

  1. Elena Marqués te envuelve de literatura con sus escogidas palabras y te invita a ( como ella misma dice) a crear tu existencia con buenos amigos, buenas películas y mejores lecturas, que recomendadas por esta hábil reseñista te deja la miel en los labios. Gracias

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