
ROCÍO ROJAS-MARCOS | Carmen Camacho es una poeta de mirada aguda, de palabra certera que como un dardo apunta siempre hacia el centro de la diana a la que se dirige, y eso es lo que hace que cada uno de los poemas que componen La mujer de enfrente sea un retrato del mundo que vivimos transformado en poesía con la habilidad de su autora de hacer que las palabras parezcan estar vivas en sus manos. Así, sus versos nos hacen detenernos en las esquinas más corrientes de las calles por las que camina, en las vistas cercenadas de las ventanas por las que mira, porque Carmen Camacho está ahí haciendo que las palabras de sus poemas trasciendan cada uno de esos lugares.
La mujer de enfrente, es además una obra en la que las palabras dialogan con las artes plásticas, pues los poemas están ilustrados por Pepe Benavent. Ambos artistas miran hacia afuera, hacia el tendedero de la mujer de enfrente, un objeto cotidiano que va a ser la excusa para escribir de la crueldad de la vida, de la resistencia de tantas mujeres en cárceles con forma de lavadora, de lo corriente vulgar sublimado y convertido en la explicación de la realidad. De lo que significa amor y cuidado, pues el amor también se demuestras lavando la manta cuando ha terminado el invierno o, como dice un verso suyo: «Ropa de faena, prenda íntima, abrigo de casa, paño de lágrimas: segunda piel».
Carmen Camacho es una reconocida aforista, una mujer de palabra concisa y certera que al trenzarse con la poeta de mirada lúcida termina creando en su obra una combinación perfectamente engrasada de poesía aforística y aforismos poéticos. “Aguardo una metáfora que me indique la salida” dirá en otro poema y ahí nos encontramos con esa lectura que Carmen Camacho hace del mundo que la rodea, un mundo en el que las metáforas son más importantes que las verdades inamovibles, una realidad en la que a la verdad solo se llega a través de las metáforas no de la taxidermia.
La mujer de enfrente es un poemario en el que el ritmo y la música interna de los poemas es inherente. Pero hay aún otro elemento fundamental para profundizar en esta obra: el juego con las palabras. Leyendo sus poemas descubrimos como el juego infantil de combinar palabras, cambiarlas y confundirnos, crear combinaciones con doble sentido es una de las bases de estos poemas: “Desanudo o desnudo el hueco que me habita/ y toda esta vergüenza que ahora siento/ es un regalo. Ten esta es mi voz,/no sé a qué suena; ten, voy a decir / no sé qué cosa”. Dicen los versos finales del poema “Tapabocas”, que se componen a partir de la desaparición de una vocal A. Desanudo o desnudo esa simple desaparición crea dos palabras diferentes que completan el significado del poema, pues por un lado nos libera y, por otro, nos expone, ambas cosas ocurren al eliminar una sencilla letra. Los poemas de La mujer de enfrente son estampas ilustradas, son realidades crudas y miradas tiernas a través de los que su autora reflexiona y recuerda, apunta con el dedo y perdona, enciende la luz de la habitación y cierra las cortinas, o abre la ventana y escucha la música que entra de la calle, porque eso y mucho más es todo el mundo que Carmen Camacho ha conseguido condensar dentro de esas páginas, el mundo de una mujer cualquiera que somos todas las mujeres.
La mujer de enfrente (Maclein y Parker, 2023) | Carmen Camacho | 120 pg. | 18,75€