0

La vida en verso

ILYA U. TOPPER |

Apagado o fuera de cobertura.

Llevo diez minutos en esta barra

de un bar de Cádiz de dignos jamones.

He llegado pronto. Ya aparecerá

el compañero. Venga, una cerveza primero y hago tiempo.

Picoteo las aceitunas. Me entretengo con el móvil, miro la parroquia.

Ya son casi las tres.

Apagado o fuera de cobertura. Venga, otra cerveza.

Picoteo las aceitunas (segunda tanda).

No puede tardar tanto el compañero. Los camareros

tampoco saben de él, y eso que Luque es conocido aquí

—y en todo Cádiz—.

Son casi las cuatro cuando me aventuro a los salones de atrás

y ahora sí, me asomo al reservado y ahí están: trébol de cuatro literatos.

El chaval del pelo blanco, me dicen, es Juan Bonilla, firme valor de las letras gaditanas,

Estamos en feria del libro, normal: anoche

en el bar Medussa, a eso de la madrugada menos un par de horas

vi a los planificadores de la resaca esparcir sobre la barra

entre funk, cubatas y reggae, sus adquisiciones del día

—mira este, feminismo negro, bell hooks mejor que Angela Davis, te digo—

y aunque ahora estoy dedicado a una carrera contra el tiempo

para acabar con la ración de huevos rotos que ha sobrado,

es inevitable que Juan Bonilla, al despedirse,

me haga entrega de Los días heterónomos:

—Toma, que me queda un ejemplar de la presentación y no me lo voy a llevar de vuelta a casa.

Soy muy mal lector de poesía, intento defenderme,

lo dejé hace tiempo,

me gusta más el relato.

—Verás, en realidad son relatos, aunque escritos en verso, no temas.

Y heme aquí con el regalo de los dánaos entre manos,

porque para los estadistas [nota al pie: dícese estadista de cualquiera de los escasos 20 tocateclados

adheridos a Estado Crítico, blog literario de novedades de diaria entrega

cuyas fauces digitales exigen tributo mensual a sus fieles]

todo libro con el año en curso tras la © es un caballo de Troya

que se cuela en tu anaquel y de noche emite

reclamos punzantes cual lanzas aqueas: no huyas, cobarde,

afróntame y destrózame, si puedes, pero no me desprecies, otórgame un lugar en tu Estado.

Y qué menos. Bonilla

es valiente, y eso me gusta, noto al voltear los días

contenidos en estas hojas: hay que serlo para atreverse a rimar poesía

sin buscar la autoparodia en cada verso, sembrando ripios, vahos y KOs

a modo de excusa: soy inocente, señores, estoy haciendo comedia

[nota: escribir sobre la denostación de la rima en español como inhibidor de la traducción literaria];

no es todo comedia aquí, es muy serio

el relato de la despedida

—el erotismo como ancla vital

la milf como símbolo terrenal—

del poeta suicida

(perdón)

pero la mayoría de los sonetos y atrevimientos varios no trasciende, me temo,

el ejercicio de ese placer prohibido, casi vicio solitario, de la consonancia sonora.

Los relatos de verdad, solo uno de ellos rescatado de la infancia

—siempre la materia prima más asequible en el mercado de las inspiraciones—,

prescinden de rima: son serios, entendemos,

y alguno es francamente bueno, sustancia de esa por la que mata un novelista

[nota: escribir un relato en el que un detective resuelve un asesinato de un literato a otro

para robarle el argumento de un cuento corto, la más difícil de las disciplinas]

como aquel del tipo (Bonilla) que en internet provoca al algoritmo de las redes sociales

respondiendo a sugerencias, hasta hacerse otro

hasta ser otro

o aquel (Bonilla) que le regala en la efeméride a su padre difunto un día de ser él (y es él),

[algo que yo no podré hacer porque mi padre tiene menos vicios que yo

y un pasado que yo jamás podré igualar].

Resumen:

Dos relatos perfectos en un librito que cabe en una mano y en un viaje en metro:

no es mala la media.

Que sea en renglones cortadas al semiazar —la poesía,

decían los árabes, es prosa con las sílabas puestas en fila acorde al peso

(eso me lo acabo de inventar, pero como ustedes no saben árabe no importa)—

no quita ni pone; la inspiración es lo que cuenta.

Terminada la crítica, ahora falta la foto de la portada colocada en un contexto

simbólico para el Instagram que gestiona Elena; pero ¿qué coño ilustra

(incluso después de haber buscado en la Real Academia el significado)

un título con ínfulas y un término esdrújulo y arrítmico como heterónomo, válgame Calíope?

Algo haré. Ser estadista obliga.

Saludos al ruedo, y si alguien se desasosiega

por lo que pensará el poeta (Bonilla) por esta reseña, ahí va mi consejo (a Bonilla): que se pida

dos copas de jerez en menos de diez minutos.

A ver si hay suerte.

[Chiste privado. Página 101]

Ya me contarás. Aunque sea la vida en verso.

Los días heterónomos (Fundación José Manuel Lara, 2025) |  Juan Bonilla | 136 págs. | 11,90 €

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *