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Las mentiras del cuadro

JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ VÁZQUEZ | Carlos del Amor es un reconocido periodista y divulgador cultural. Esta faceta se ha visto reflejada con precisión en dos de sus libros: Emocionarte (premio Espasa 2020) y Retratarte. En ambos textos, la solvencia de los conocimientos pictóricos del autor queda demostrada con amplitud. En el libro que nos ocupa se enfrenta a la ficción literaria. La ficción es una composición textual algo más compleja que el estudio. En el ensayo, la suposición o la interpretación podrá compartirse, pero en cualquier caso se encuentra siempre en los límites del conocimiento y del saber y en las lindes de estos campos cabe la afirmación o la refutación. La ficción marca desde el principio otros horizontes de expectativas al lector que sabe que se encuentra ante la inventiva literaria.

Y la inventiva de Carlos del Amor también es poderosa. Para escribir su novela ha escogido un género propio del Siglo de Oro, pero ya desusado como será la novela bizantina, entendida como aventuras peregrinas y marcando las distancias temporales oportunas y, por otro lado, la autoficción como modelo narrativo. La autoficción es una técnica donde el autor se introduce de manera más o menos patente en el texto. Se rompen las barreras de la realidad y de la ficción, lo que provoca un estado de alerta en el lector, pero también exige al narrador no olvidarse de la ficción.

La autoficción es patente desde la primera línea del texto: «Estimado Carlos del Amor». El lector reconoce y aúna al autor y al protagonista del texto. En la novela el narrador-protagonista debe investigar el origen de un cuadro sin título que es propiedad del marchante Prosper Lebrun (hiperónimo de una persona real) quien defiende la autoría de un joven Velázquez que ha retratado a su esposa Juana Pacheco, hija de su mentor y maestro Francisco Pacheco.

A partir de este momento se abre la trama investigadora para averiguar si es ciertamente un cuadro de Velázquez y si la mujer retratada es su esposa en realidad. Empieza el peregrinaje bizantino del narrador protagonista para averiguar la verdad del cuadro. Carlos del Amor, protagonista, se desplaza por Nueva York, Roma, Barcelona, Madrid entrevistándose con responsables de museos, archivos y con distintos historiadores. Encuentros que se ficcionalizan, pero donde se analizan las distintas posibilidades de la autoría de esa tabla pequeña con detalles objetivos y se realiza también una exposición de técnicas de la restauración moderna. El lector ha ido leyendo la obra con el móvil en la mano y viendo las distintas referencias a otras obras que se han citado. Creemos que es difícil leer la novela sin buscar esas conexiones en Google que el mismo autor invita a rastrear.

 El lector queda a la expectativa del resultado final de la novela porque conoce, si es un lector interesado en tramas artísticas, ese resultado final: en la realidad no se ha datado recientemente ningún cuadro nuevo o recuperado del pintor sevillano. Además, es consciente de que un descubrimiento de tal calibre nunca sería objeto de la imaginación novelística, sino de la profunda revisión científica. Sabe el lector que el final novelesco entra en la pura ficción, pero de la que el narrador-protagonista-lector han ido alejándose para hacer brotar una auténtica realidad.

Al tiempo se abre la otra trama, la vida de Velázquez. A lo largo de la novela, el autor va introduciendo retazos de la vida de un personaje poco conocido y del que se ha transmitido una imagen de persona seria y distante. No es una novela histórica, porque Carlos del Amor no ficcionaliza, sino que se limita a ofrecer datos más o menos conocidos del pintor sevillano que son constatables en alguna medida.

Estamos ante un texto narrativo, entendido lo narrativo como ficticio. No es un texto ensayístico porque Carlos del Amor no se arroga en un posicionamiento interpretativo como hará en sus ensayos citados. La trama narrativa es la faceta bizantina, el peregrinaje en busca de una verdad que sabemos, el lector y el autor, imposible porque no existe.

Se podría entender una cierta voluntad crítica por parte de Carlos del Amor para poner de manifiesto todo un engranaje comercial y científico en torno al arte. Es la plasmación de un desconocimiento generalizado que permite el enriquecimiento de algunos a costa de la ignorancia de muchos. Esta posibilidad creemos que tendría que haberse plasmado de manera más contundente a lo largo de la obra y solo se puede interpretar de modo subsidiario.

El autor-narrador-protagonista se ve en cierto modo atrapado en su propio juego. La verdad ensayística puede quedar en pausa, se puede remitir a futuros descubrimientos, a nuevos descubrimientos con nuevos datos, a posibles casualidades en el campo de la investigación que estimarán como equívoca e irrefutable la autoría del cuadro y la identificación de la dama desconocida, que da título a la novela. Pero el lector de la novela sabe que eso no va a ocurrir y también lo sabe el autor, quien debe concluir. No puede dejar la novela sin un cierre que resulta complejo.

A lo largo de toda la novela se nos ha ido ofreciendo y presentado una realidad material del cuadro y su entorno que le incita a la escritura del libro. Y la novela tiene un final que no está bien resuelto. La solución literaria es admisible desde un punto de vista novelesco, tal vez con cierta simpleza. La ficción ya ha sido materializada. Sin embargo, invalida en cierta medida todo el proceso de autoficción que configura la trama con el devenir de los viajes y las opiniones dadas por ciertas a lo largo de la obra.

Una dama desconocida (Espasa, 2025) | Carlos del Amor | 320 páginas | 21´75 euros

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