
EDUARDO CRUZ ACILLONA | La primera vez que visité la Costa da Morte, me llamó poderosamente la atención la fuerza de la imagen envuelta en silencio de unas ancianas en la calle concentradas en sus tareas de encaje de bolillos. Apenas miraban de reojo a los visitantes y agachaban sus rostros para no ser captados por las cámaras fotográficas. Pareciera como si todo su vida se dedicara a dicha labor manual y sólo a ella.
Posteriormente, y a cierta distancia de ellas, en el puerto, me fijé en las rederas, un grupo de mujeres que, sentadas en el suelo, reparaban las redes de los barcos que acababan de regresar de faenar.
Eran dos labores típicas del pueblo y que apenas pude contemplar con la mirada del turista fascinado. No así Nerea Pallares, autora de Punto de araña, quien no sólo ha sabido ver la relación entre una y otra, sino que se ha servido de ambas para poner en pie una primera novela que apunta muy alto.
En ella, parte del realismo de una sociedad estructurada como la gran mayoría de las villas marineras del norte de nuestro país. Hombres que faenan en la mar durante largos periodos de tiempo y mujeres que resultan el sostén y el pilar fundamental de la convivencia y el desarrollo del pueblo. Mujeres, en este caso, que salen de su silencioso letargo para decir “basta” a una situación que, de alguna manera, las esclaviza, las limita y las despoja de su condición de seres humanos en igualdad de condiciones con el género masculino.
Es aquí cuando Pallares despliega toda su desbordante imaginación y su originalísima creatividad e introduce y mezcla elementos de realismo mágico, de mitología ancestral, valga la redundancia, y de clásicos de la Literatura, concretamente, dos. Uno de ellos, que tiene que ver directamente con la protagonista, no lo desvelaremos para no arruinar la sorpresa final. El otro es, este sí, la obra Lisístrata, de Aristófanes. Y si en el clásico se trataba de desmantelar los ejércitos y anular las guerras atenienses con las mejores armas que ellas podían portar, que eran sus propios cuerpos, en Camariñas las mujeres, encajeras, rederas, etc., se confabulan para destejer todo lo que ellos han venido enredando a lo largo de los siglos y dejar bien claro quiénes serán, a partir de entonces, las que muevan los hilos de su cerrada sociedad.
Con un lenguaje a veces poético, preciosista como un adorno floral, y otras preciso y directo como una puntada sin hilo, Pallares mezcla con exquisita naturalidad el mito, la magia y la leyenda con el costumbrismo, la realidad más cercana y palpable y la cotidianeidad del día a día. Todos los personajes van ordenándose en una suerte de nuevas redes sociales, que al fin y al cabo son las de siempre, las únicas que funcionan y perduran en el tiempo, las que se basan en la sinceridad y en la solidaridad. Todas las escenas, todos los conflictos y tramas van encajando con una inercia cadenciosa, como ese mar testigo de todos los aconteceres y que no deja de ser, como siempre lo ha sido en estos pueblos, un protagonista más, motor y sustento de la economía local, cómplice silencioso de secretos colectivos y juez y parte del devenir de unas gentes irremediablemente destinadas a entenderse con él.
Punto de araña es una historia dura y dulce a la vez, que se lee con el sabor del salitre en los labios, una historia de silencios cómplices sólo interrumpidos por las olas rompiendo sobre las rocas. Es una novela donde la araña es la autora y el indefenso lector quien quedará atrapado irremediable y felizmente en su tela.
Punto de araña (Libros del Asteroide, 2026) | Nerea Pallares | 184 páginas | 19,95 euros