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Lazos de Sangre

“Todo es falso, salvo algunas cosas”. M. Rajoy Brey a propósito de los papeles de Bárcenas.

JUAN CARLOS SIERRA | Debo ser de los pocos habituales de y habituados a la lectura que a día de hoy no se ha paseado todavía por la Península de las casas vacías, el bombazo editorial del curso que va terminando perpetrado por un hasta ahora casi desconocido David Uclés. Escribir una reseña de un libro como este, aun no habiéndolo catado, sería casi coser y cantar. Y no me refiero a la posibilidad, ya costumbre en muchos ámbitos de la vida, de recurrir fulleramente a la inteligencia artificial. Más bien, se trataría en este caso de picotear aquí y allá en lo publicado sobre la novela, incluso aquí, en Estado Crítico, charlar con esos amigos y familiares que la han leído, tomar notas acerca de la variedad de opiniones e impresiones, en una amplísima mayoría favorables e incluso entusiastas del trabajo narrativo de Uclés, aunque también conozco casos de lectores muy fiables a los que la novela se les ha caído de las manos un poco más allá de la página 40; a todo este cóctel se le intenta dar una pátina personal, si es que eso es aún posible, y –voilâ!- ya tengo una reseña que parece fruto de una lectura sesuda, concienzuda, reflexiva, objetiva,… pero que en realidad es un pastiche y un bluf.

            Lo verdaderamente complicado es montar un texto crítico acerca de un libro que aún no se ha publicado como, por poner un ejemplo, el de las memorias del rey emérito, el titulado Reconciliación, que va a sacar la editorial Planeta en breve. Sí, puede parecer una tarea propia de barra de bar, de esas que empiezan con un machirulo ‘sujétame el cubata’, pero puede también que la cosa no requiera de tanta enajenación testosterónica y sí de un puntito de creatividad. Lo que quizá la mayoría del público lector y no lector desconoce es que hay maneras de acceder a un libro no publicado, métodos rayanos con la ilegalidad que no revelaré para no fastidiarles las vacaciones a mis compañeros y compañeras de la cofradía secreta del hampa literaria -me refiero al sector crítico- y que nadie me va a sacar por muy imaginativa que sea la tortura, salvo que el método contenga muchos ceros y un colofón en símbolos tales como € o $. Y es que todos tenemos un precio, como queda claro, aunque de manera algo esquinada, en el libro que nos ocupa, las memorias de Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, popular y campechanamente conocido como Juan Carlos I mientras ejerció como rey constitucional heredero de una dictadura -valga el oxímoron-, y desde su corta estancia en España post reinado y su ya más que alargado empadronamiento en Abu Dabi, distinguido algo pomposamente con el título de ‘rey emérito’ -sea eso lo que sea-. 

Me imagino que la contemplación a distancia de la patria -7477 km. para ser exactos- y la del desierto infinito de Rub al-Jali, así como el enclaustramiento reflexivo obligado por el tórrido calor arábigo al que, por cierto y gracias a las salvajadas climáticas, ya nos vamos familiarizando por estas latitudes hispánicas, habrán removido el interior del ex rey de España y lo habrán impelido a redactar estas memorias. El aburrimiento supino en un régimen político y social hermano, es decir, una monarquía constitucional, aunque ausente del salpichirri y la gracia propias de unas elecciones democráticas de vez en cuando, intuyo que también habrá contribuido al recogimiento necesario para la reflexión, la introspección e incluso, como se puede apreciar en Reconciliación, para el ajuste de cuentas.

En cualquier caso, pongamos el ojo en el género elegido, el de las memorias. Hablemos, pues, de perspectivismo a lo Ortega y Gasset. Entendemos que quizá no sea este el molde literario más correcto a la hora de abordar el recorrido vital de un personaje público. Quiero decir que hablar de uno mismo en primera persona -¿se puede hacer de otra forma?- puede quedar feo, precisamente porque uno tiende a salir bien en la foto resultante, más guapo aún de lo que la realidad suele demostrar. Para esta labor laudatoria el imaginario colectivo prefiere a las madres y a las abuelas, para las que sus niños siempre serán los más listos, los más altos y los más guapos, a pesar de que puedan haber matado a su hermano accidentalmente o de las cantidades importantes de dinero que quizá se hayan despistado en el extranjero sin que lo supiera Hacienda o a pesar de haber jugado a ser Dios o… En definitiva, parece obvio que, dejando a un lado a las progenitoras en primer o segundo grado, el hecho de que uno cuente su propia vida hace perder al texto objetividad, como efectivamente le ocurre al libro que comentamos.

Para evitarlo, la labor de escritura debería haberse confiado a una profesional -me refiero a una/un profesional de la escritura- que no desempeñe el papel de súbdito sumiso, adulador y lameculos. Se me ocurre que la solución para este problema creativo se podría haber llamado Letizia Ortiz, que cumple todas las condiciones antes expuestas, es decir, fue (o es) periodista y es (eso seguro) reina, es decir, sabe escribir y no está sujeta a vasallaje; pero es que además, por si fuera poco, es de la familia, pertenece a la estirpe real, a pesar de todo. Esto último no invalida las otras dos condiciones, sino que, muy al contrario, las fortalece.

No quiero decir con esto que Juan Carlos de Borbón no tenga derecho a escribir sus memorias. En absoluto. Estamos en un país libre en el que cualquier ciudadano dentro de unos consensos y unas leyes más o menos lógicas puede hacer lo que quiera; y más en su caso, tanto cuando le tocó ejercer como jefe de estado, por aquello de la inviolabilidad de su real persona, como ahora en su condición de ‘emérito’, cuando parece que en cierto sentido se le ha prorrogado dicha impunidad. Y explotando esta prerrogativa y quizá para demostrar la modernidad de su reinado y de su persona, al menos en el terreno literario, el autor se desvincula de los lazos de sangre, de los principios aristocráticos, del orgullo de la nobleza de toda la vida, esa que no tiene por qué dar explicaciones de nada y que hace lo que le sale de su real sangre azul. Traiciona, si lo queremos ver así, por segunda vez a su linaje, en concreto, a su padre, Juan Carlos Teresa Silverio Alfonso de Borbón y Battenberg, más conocido como Juan de Borbón o como Conde de Barcelona, título nobiliario de consolación reservado tradicionalmente a los monarcas españoles. Según el autor de Reconciliación: «Mi padre siempre me aconsejó que no escribiera mis memorias. Los reyes no se confiesan. Y menos, públicamente. Sus secretos permanecen sepultados en la penumbra de los palacios. ¿Por qué le desobedezco hoy? ¿Por qué he cambiado de opinión? Porque siento que me roban mi historia».

Por una vez y sin que sirva de precedente, le damos la razón a Juan de Borbón: no había necesidad de confesarse en unas memorias. Los reyes solo se confiesan antes Dios, único ente que se encuentra por encima de ellos y que además los bendice. Por otra parte, escribir huele a trabajo manual propio de plebeyos, indigno de todo un rey. Pero nos encontramos en una época diferente a la del difunto Conde de Barcelona, en la época de las narrativas. -¡ay, la dichosa narrativa!- y de las guerras culturales. Y eso el individuo antes conocido como rey Juan Carlos I y hoy rebajado al calificativo escuálido de ‘emérito’ lo sabe.

En cualquier caso, en un país como España, con unos índices reales de lectura vergonzantemente bajos, a pesar de lo que señalen de forma demasiado optimista las estadísticas oficiales, habría sido mejor idea acudir a TVE a un especial de ‘Lazos de Sangre’ dirigido y presentado por Ibai Llanos en lugar de enfangarse en un proceso de escritura tan penoso.

Reconciliación (Planeta, 2025) | Juan Carlos de Borbón | …. páginas | …. € (estos datos aún no los facilita la editorial)

admin

3 comentarios

  1. El libro lo ha escrito la periodista francesa y admiradora del susodicho Laurence Debray después de entrevistarse con él en varias i ocasiones. El ínclito se ha limitado a corregir, añadir o eliminar a partir de lo escrito por ella.

    Apuesto doble contra sencillo a que, una vez en las librerías, no se encontrará en las estanterías de Historia, sino en las de Ficción.

    • En el dossier al que tuve acceso, ese dato me lo hurtaron. Supongo que porque alguien quiere añadir previa genuflexión un mérito inmerecido más al emérito.

  2. Fantástica entrada. Queremos saber el secreto para leer libros no publicados.
    Ofrezco refrigerio a cambio.

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