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Leve testamento de agua

ELENA MARQUÉS | Conocí a José Quesada Moreno (me parece que ya lo he referido en alguna otra reseña) en una entrega de premios. De aquel día creo que los dos conservamos la amistad y un hermoso cuchillo con el que se nos obsequió a los ganadores. He de decir que estábamos en Albacete, que lo de los aceros no era una forma de incitarnos a la lucha, ni poética ni de ningún otro tipo. En cualquiera de ellas una servidora iba a llevar siempre las de perder.

Desde entonces sigo su trayectoria y sus libros (Vino amargo, Algunos animales y un árbol, ambos de relatos) en la seguridad de que voy a encontrar en ellos buena literatura. Ganador de más de un centenar de certámenes, como el Ciudad de Tudela o el Federico Muelas, en 2024 se alzó con el prestigioso Villa de Peligros por una obra, El tiempo en el espejo, en cuya primera parte recorre sus recuerdos más felices, con plásticas referencias luminosas de infancias de parra, alberca y sueño, con banda sonora de verano de moscas y chicharras. Ese tiempo en que todo era posible y la eternidad devenía mucho más que una promesa.

Con ritmo en general pausado, de verso largo y firme, con el equilibrio que conceden fórmulas retóricas como el paralelismo y la estructura bimembre, la mirada del poeta se detiene en objetos cotidianos y familiares que, necesariamente, conducen al lector a sus propias vivencias y despiertan plenos de significado en su pequeñez ignorada, en su insignificante sencillez. La nostalgia del pasado (la segunda parte se llama precisamente «Los pájaros de la melancolía») se tiñe en él siempre de agradecimiento por la herencia recibida, de consciencia de formar parte, como una rama más, de ese árbol «en el huerto azul y breve de mis antepasados». En esa mezcla de dolor por el avance del tiempo, que todo lo oxida, que iguala en el espejo los rostros de las generaciones sucesivas (léase el poema con el que se abre el libro), y de aceptación de esa verdad irrefrenable, predomina la calma de la madurez, la sabiduría que conlleva una vida sencilla y plena presidida por el amor, al que dedica algunas de las composiciones más memorables y elocuentes. Aunque siempre nacen grietas y de ahí seguramente la poesía.

He de decir que uno de los ingredientes que más aprecio en los versos de José Quesada es la naturalidad. Nos deslizamos por ellos sin trabajo, seguramente porque sus paisajes, plásticamente traspuestos en términos bien medidos, con el adjetivo justo y una paleta de colores presidida por el simbólico azul de la memoria, se convierten en los nuestros. Sin embargo, esa llaneza no es sinónimo de sobriedad, ni mucho menos de simpleza, sino una fórmula de cercanía para mostrarnos con hondura en qué consiste ser hombre; cómo en el azogue se van superponiendo las imágenes («Dos camino del espejo») del joven que se fue, con su alegre parafernalia de guateques y tocadiscos, para abrirse en la flor deshojada de la memoria, en signos de ruina («La herrumbrosa silueta de este puente…»), en símbolos vivos de la literatura universal, atravesada de ríos y de intentos por describir lo que la palabra no alcanza, pero que sí constata el deseo siempre inasible del vuelo («La felicidad, / a veces, es sólo eso: / la luz de la tarde / y el rastro de un pájaro que pasa»). Todo ello confiere una gran intimidad y cercanía acentuada por la presencia de un yo lírico que guarda la distancia justa al dar protagonismo a la naturaleza y, sobre todo, a la luz, como si el poeta hubiera sido tocado por el signo de Sorolla.

No puedo obviar tampoco los ecos que resuenan en él, desde la música que acompañó nuestros días (Silvio Rodríguez) hasta la literatura que aún nos sigue formando (Pedro Salinas, Pablo Neruda), presente en las citas que anteceden a sus versos y en el poso mismo de vivencias (al contrario que Borges, él sí ha sido feliz), en las trazas de algunos poemas donde quiero detectar a Pavese, a Hernández, a Machado, a Juan Ramón, a Cernuda.

La última parte es para mí, como reza su título, la constatación de que Pepe (perdón por la familiaridad), como Keats, con quien comparte sensualidad y melancolía, tiene el deseo y la finalidad de dejarnos un «leve testamento de agua». En esa humildad, que no es impostada, sino real y lúcida, nos conduce a los umbrales de una última puerta a la que todos nos enfrentaremos. Y quizás, con libros como este y como otros que sé que vendrán, plagados de vida y de belleza, el camino se nos hará más fácil.

El tiempo en el espejo (Diputación de Granada, 2025) | José Quesada Moreno | 80 páginas | 10,00 euros

admin

Un comentario

  1. Una reseña finísima que subyuga y te incita a leer este poemario.

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