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Lo escrito vuela

PEPA MERLO | El mundo es como un caleidoscopio que cambia de color y forma dependiendo tan sólo de la intensidad de un giro mínimo de muñeca, dependiendo del ojo que se asome a contemplarlo. El mundo es el mismo y es otro. Se muestra lo evidente, y vemos y somos conscientes de lo que se muestra, pero hay quien es capaz de ver la trampa en la luz que se filtra; hay quien es capaz de intuir la reflexión de la luz, porque la luz reflexiona. Hay quien es capaz de distinguir los numerosos ángulos de los cristales y vislumbrar cada una de las múltiples imágenes reflejadas; hay quien es capaz de construir colores y brillos y hasta de hacer que la luz «reflexione» en el interior del caleidoscopio. Y ahí la línea que separa a quien ve de quien percibe.

Hay quien, por ejemplo, ve en la esquina de una calle una papelera y arroja en ella el papel del helado, porque sabe de su utilidad, y están incluso los que no la ven y arrojan al suelo el papel que arruga en la mano…. Pero hay quien es capaz de ver que en la esquina de una calle una papelera es la imagen donde los colores juegan con las líneas y las líneas son hacedoras de nuevas perspectivas y extraños ángulos y hasta son capaces de delatar al tipo de sociedad a punto de desbordarse del cesto. Hay quien como un orfebre es capaz de girar los resortes diminutos de un mecanismo y dar vida a lo que aparentemente no la tiene. Nos valemos de las artes, de la fotografía, de la pintura, de la literatura para mostrar la pluralidad y la riqueza que se camufla detrás de lo aparente.

La Poesía, con mayúscula en tanto disciplina, es la herramienta necesaria que propicia el cambio, es el mecanismo preciso capaz de mostrar «el envés de todo haz», para que afloren las múltiples aristas que vienen a enriquecer, a convertir en otra, en distinta, la cotidianidad; y la poeta, el poeta es hacedor, es el taumaturgo que realiza el prodigio: reconstruir escenarios que a fin de cuentas son nuestros propios escenarios, educar nuestra mirada para que sea capaz de ver lo que se nos oculta. Porque más allá de relatos fantásticos, de personajes y entornos más o menos asombrosos, el prodigio real acontece cuando es nuestra nostalgia la que nos aborda en un poema y nos emocionamos y hasta lloramos al identificarnos en un verso ajeno, al escuchar en la voz poética de una autora, de un autor, en última instancia, un desconocido, un timbre que se acopla a la perfección con nuestro tono. Ahí, digo, reside el prodigio. Y los poetas son maestros en el arte de la armonización, del ilusionismo. En prosa y en verso. Chéjov fue un maestro, Cortázar fue un maestro, Borges fue un maestro, Eduardo Cruz es un aprendiz (lo dice su diario) muy aventajado de maestro que llegó desde sus primeros versos para rompernos, sin alharacas, sencillamente, a decirnos, por ejemplo, que «Mañana será / el mismo día». Encerrando en cinco palabras el horror de una rutina, el sinsentido desde el que, a veces, nos mira cruel la vida.

                Y menciono a Chéjov, a Cortázar, a Borges y podría mencionar otros nombres, a Marcel Schwob y a otros autores y autoras prestidigitadores de lo real. Como podría mencionar al propio Lorca, a aquel del surrealismo, cuando me asaltan los versos de Eduardo Cruz: «Bajo los pies estáticos de la cuna / muta el futuro».  Expertos tahúres en el juego de la palabra, en construir de lo pequeño otra cotidianidad. Porque Eduardo, como ellos, viene a descubrimos que lo predecible es capaz de sorprender.  Eduardo en este poemario arroja las palabras, como arrojaría las piezas de un puzzle cuyo dibujo es de sobra conocido, para que un elaborado azar, en la paradoja de que el azar pueda elaborarse, les dé nueva vida. Como si esas piezas viejas y manidas del puzzle pudieran formar un dibujo nuevo e ilusionante.

Y me explico. Scripta volant, fue el primer poemario con el que Eduardo Cruz vino a descubrime y a descubrirse como poeta. Hoy constituye una de las partes de esta suigéneris antología, y digo suigéneris por tratarse, como el propio subtítulo indica, de una poesía incompleta de la que debemos temernos lo mejor. Desde el título, el subtítulo, o el contralogo, que yo tildo y convierto en contrálogo y en el que no al este, sino «Al oeste del Edén, / sobre un cristal esmerilado, / se puede leer” (casi más como una amenaza que como el cumplimiento de un deseo,) “lo siguiente: / Los poemas pueden / hacerse realidad».

El juego de palabras se impone. El autor se presenta como un juglar que pretende erigirse en histrión, nos predispone para el sarcasmo. Nos desliza por lo jocoso desde un dolor que duele con una media sonrisa: «Y el viento se parte al doblar la esquina, / la oscuridad se acoda en el alféizar / y pide un trago largo con hielo» o «Solo me queda el mar / los recuerdos navegan a la deriva», escribe el poeta.

Juega Eduardo y en el juego está homenajeando a la tradición. Desde que en 1916 los dadaístas crearan las reglas de sus poemas aleatorios o de sus cadáveres exquisitos, y ahí Tristán Tzara; desde que la vanguardia quisiera unir palabra y forma construyendo caligramas, y ahí Guillaume Apollinaire; y mucho mucho antes, los tecnopecnias de la tradición clásica griega, poemas con forma. Un homenaje a la tradición que encontramos en el poema «Escalera de Incendios», en el que los versos que se derraman bajando peldaños de un lado a otro de la página. Y en cada rellano de la escalera, en cada giro hacia un nuevo tramo hay que: «Revolverse / contra lo establecido […] el tiempo estancado / en su propia miseria/[…] Resiste el invierno […] Respirar en las esquinas / las miserias […] Dormir de pie / la serpiente […] Lentamente amanece / la colección de bombas […] Ya no hay tiempo […] aunque a veces / se confunda con la niebla».

Arranca Eduardo a las palabras los grafemas sin alterar los fonemas (en apariencia) para generar y multiplicar ya no sólo los sentidos, sino hasta la propia palabra y encajarla en dos idiomas. Y en el juego de desproveer a la palabra exito (que además «destilda» para que el juego sea posible) de su desinencia de número construye una nueva palabra, una palabra ajena a nuestras palabras, a nuestra lengua, la palabra inglesa exit, SALIDA. («Intenté alcanzar la cima / del edificio de cristal / que sujeta el cielo. / A medio camino / una ventana abierta.».

Juega a antiguos juegos y deshoja margaritas, aunque no haya margaritas que deshojar en el poema «Dilema cotidiano»: «Deshojas un ABC / porque en la ciudad / sólo quedan margaritas / en los bodegones / de alguna galería de Claudio Coello. / Volveré al campo. No volveré/ Si…No…».

Juega a impactarnos el poeta, objetivo final de poetas, y el final del poema «Mardi Grass» nos golpea, nos impacta.

De los juegos de palabras quizás sea el retruécano el más arriesgado en su construcción y el más audaz en su resolución, cambiando el orden de los términos para construir un sentido nuevo que, sin alejarse del original, contraste con él. Por eso uno se teme lo mejor y la poesía siempre será, perdón, estará incompleta.

Parece que a este tahúr se le cayeron las cartas al suelo. De las cuatro que perdió encontró sólo dos y con el orden alterado (y retomo): scripta volant. Cuatro palabras: Verba volant, scripta manent, [las palabras vuelan, lo escrito permanece], consabida frase tomada del discurso de Cayo Tito ante el senado romano, cuyo sentido viene a fijar la importancia de la escritura frente a la oralidad, por aquello de que a las palabras se las lleva el viento y el viento es aliado del olvido. Borges, enemigo de lo consabido, quiso ver en estas palabras otro sentido, el opuesto, frente a la palabra escrita la importancia de la palabra hablada, en tanto que la palabra escrita está muerta, a ella solo llegan los privilegiados, los capaces de descifrar; la palabra hablada vuela y llega rauda, directa, a un auditorio mayor. Eduardo fija esta idea borgiana directamente, al descartar, en su juego, dos palabras de cuatro, y optar por las dos restantes: Scripta volant [Lo escrito vuela].

Dispongámonos, pues, a jugar también nosotras, nosotros, con el poeta, dispongámonos a dejarnos llevar por las piezas de este juego, por la palabra, y que vuele lo escrito. Preparémonos para dejarnos llevar por los versos de Eduardo Cruz, porque de él nos tememos siempre lo mejor.

Firma invitada: Pepa Merlo es autora, editora y profesora de la Universidad Internacional de Valencia.

Me temí lo mejor. Poesía incompleta,1993-2023 (Ediciones en Huida, 2024) | Eduardo Cruz Acillona | 84 páginas | 18 euros

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