
ROCÍO ROJAS-MARCOS | Un día de octubre de 2029 la profesora de universidad Lectrice Santos tiene que dar una conferencia, subirse al estrado y empezar a explicar ante un público joven absorbido por la vorágine de su tiempo porqué Lolita, Lol, Dolores Hace, debe vivir, porqué hay que conocerla, saber su historia, hablar de ella. La condena al ostracismo de tantas obras en la que viven desde hace años no es más que una censura disfrazada de liberación, un lobo disfrazado de cordero que solo sirve para estrechar los límites de la vida.
Este podría ser el breve resumen de lo planteado por Luna Miguel en esta obra. Un texto híbrido en el que la novela, que tenemos entre manos, está disfrazando un ensayo reflexivo sobre el drama de la obliteratura como nueva ideología. Esto se confirma al llegar al final y encontrarnos con ocho páginas de bibliografía sobre la que se sustenta el trabajo anterior. Pero sin perder de vista que la ficción ocupa todo el texto, que hay trampas, que la lectura nos va guiando a abismos de duda e incertidumbre ante los que posicionarnos, pero para qué sirve si no la literatura, pues bien sabemos que esa es una de sus misiones, la de hacernos sentir incómodos, como mal sentados en la silla que tenemos debajo, como sobre un risco en el que mantener el equilibrio. Así es la lectura de Incensurable, como desplazarnos sobre una cuerda floja que se va destensando.
La conferencia que tiene que impartir la profesora Santos debe versar sobre el placer y la censura y lo hace ante un público cada vez más mermado, tanto que llega un momento en que solo la acompañan unas cuantas alumnas valientes que pueden contarse con los dedos de las manos, pero incluso así hay que lograr que alguien recuerde un nombre: Vladimir Nabokov y una obra Lolita. Hay que decir bien alto que Lolita merece vivir.
Recorre toda la obra un tono urgente, pues la batalla por la supervivencia de Lolita está casi perdida. Lo que Luna Miguel bautiza como el gran apagón L. ha ocurrido, parece que ella es la única que pelea por su recuperación. Al ir leyendo nos planeamos cuestiones como ¿qué otros libros habrán sido apartados de nuestros anaqueles? ¿se los habrá apartado hasta el punto de no ser capaces ni de recordar que antes existían? Y sobre todo la pregunta que quizás deba hacernos reflexionar al avanzar por estas páginas: ¿cuáles serán las consecuencias de la censura galopante a la que nos estamos enfrentando y que ya vemos que está haciendo estragos en EEUU? Las posibilidades para responder a esta pregunta son muchas, pero todas turbias, oscuras y terriblemente dolorosas. En ninguna de las variantes que nos planteemos hay algo de luz, como no la hay en el mundo de 2029 creado por Luna Miguel en las páginas de Incesurable, pues callar bocas, romper páginas o borrar del mapa son siempre acciones violentas con consecuencias atroces.
Si lo pensamos despacio, nos damos cuenta de que la literatura ha logrado su misión a lo largo de la historia; si no, no habría que prohibir y censurar libros, pues la literatura nos transforma como personas y como sociedad. No se trata de pensar ingenuamente que la literatura nos hace mejores, ya que es bien sabido que los mayores villanos de nuestra historia han sido y son grandísimos lectores, Esa no es la cuestión. Su poder está en descubrir, en alumbrar, en hacernos pensar y ese poder es aterrador porque nuestras mentes entonces vuelan libres. La literatura nos hace libres, muy libres, libres para pensar, para tomar decisiones y eso es lo que aterra, porque nos escurrimos entre los dedos del poder. Entonces, sigamos repitiendo esa frase de Luna Miguel: Lolita merece vivir y quizás logremos vivir también nosotros.
Incensurable (Lumen, 2025) | Luna Miguel | 232 páginas | 17’95€