
JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | La publicación de Detrás de la ciudad y antes del cielo (VIII Premio Internacional Margarita Hierro, 2025) del poeta y reconocido editor y cronista mexicano Julio Trujillo (Ciudad de México, 1969-Cornwell, 2025), se nos presenta —pocos meses después de que su autor se haya quitado la vida— como un intenso y profundo testamento vital y literario pleno de lúcida y necesaria madurez. En un panorama poético a menudo fugaz y fragmentario, Trujillo nos ofrece un último libro que es, ante todo, un proyecto de contemplación, una meditación sostenida, filosófica y paciente, sobre los espacios que definen nuestra condición contemporánea: el artificio humano (la ciudad personificada en “su” Ciudad de México) y el abismo de lo absoluto (el cielo), con el ser humano (el poeta) suspendido en el intermedio. Una mirada arquitectónica y metafísica, podríamos decir, a través de un largo monólogo interior dividido en treinta secciones encabezadas por números romanos, constituidas por tiradas de veinticuatro versículos rematados por un endecasílabo que bebe de la mejor tradición mexicana del poema extenso o poema río de José Gorostiza, Octavio Paz o David Huerta.
Julio Trujillo que, en sus inicios, destacó por su sentido lúdico y jocoso como contrapunto a esa —y nunca abandonada— estricta preocupación formal, marcó con la publicación de El acelerador de partículas (2017) y Jueves (2020), un cambio de rumbo hacia un decir más esencial y depurado. La renuncia del hombre a la babel de la metrópoli y la comunión con la naturaleza y el hábitat marino, eran las coordenadas entonces. Ahora, con Detrás de la ciudad y antes del cielo, cambia de latitud: la ciudad y sus dos imponentes volcanes se plantan frente a sus ojos para sumergirlos en las contradicciones de la vida y en sus recuerdos. Trujillo, como ha destacado el añorado poeta Antonio Rivero Taravillo, es testigo, desde esa nueva —pero también vieja— posición, de la misteriosa fugacidad del tiempo. De un tiempo no lineal: el tiempo de la historia, el tiempo personal que se mide en pérdidas y epifanías mínimas y el tiempo inasible y suspendido de la espera.
Este libro nos sitúa en la realidad extraordinaria —por mor de la experiencia de la pandemia de COVID— de una Ciudad de México sustraída al trasiego rutinario de gentes y coches y al bullicio frenético del día a día: “¿La gente dónde está?”, se pregunta. Solo hay un poema, el XVIII, en el que, de pronto, Trujillo se convierte en el poeta encaramado en un faro imaginario, la planta dieciocho de su torre de apartamentos, desde donde su mirada “es todo el círculo, / un haz por él lanzado / que otea el horizonte en busca de los mástiles de una amistad”. La lejanía permite la ilusión de abarcarlo todo, de querer enamorarse de lo que se ve y de formar parte de esa aventura profética, la de ese farero “poniéndose él como epicentro del temblor de ser”. Y a través de esa mirada remota y circular el poeta se sustrae o aparta del mundo para hacerlo comparecer en su interior. Y lo que brotó entonces, en el caso que nos ocupa, no fue solo la ciudad, su constelación de heridas y excesos, su íntima alianza de esplendor y miseria, sino también la propia experiencia vital ligada a ella de manera indefectible: la infancia, la amistad, el amor, la belleza, el error cometido, el compromiso con la conciencia de ese farero que «no ofrece resistencia» a ese tiempo que nos cambia y, a la vez, nos fosiliza.
Lejos del lirismo efusivo o del coloquialismo anecdótico, Trujillo cultiva en su libro un tono conversacional, pero exacto y reflexivo, nunca abstracto. Su voz es la de un flâneur filosófico que recorre tanto el paisaje externo como el interno. Su contención otorga una potencia enorme a las imágenes en unos poemas que no son estancias aisladas, sino eslabones de un mismo paseo mental. Una progresión sutil desde la observación externa hacia la introspección desnuda, y luego un regreso a lo exterior, ahora transformado por la mirada, en el testamento, reflexivo y bellamente elaborado, de un poeta que, en el pico de sus facultades, decidió poner fin a su vida. Algunas pistas de esa muerte voluntaria se cuelan ya desde el principio del poemario: “Desaparecer es un arte, como abolir infantilmente el mundo con los ojos”, “Miles de luces mínimas anuncian / la llegada de la oscuridad”, “Ya nadie va a atreverse o predicar que habrá un mañana”, “estas cosquillas de morir a cada rato”. Y habla del milagro que no va a llegar, del silencio de dios y de la falta de señales, de las transformaciones que experimentamos, de naufragios y mareas, como la que arrastró su cadáver doblando el cabo de Land’s End hasta el otro lado de Cornualles. Así, con estos datos, el libro (el poema) es un diálogo entre ese mar último y esa ciudad asombrosa en la que nació.
Trujillo fue un poeta único y valiosísimo. Lo demuestra en Detrás de la ciudad y antes del cielo, cuyo título es, en sí mismo, el programa del libro: habitar y escudriñar ese limbo del que hablamos, “introducir las manos en el /fuego/ de lo que será… despertar del otro lado en un orbe siniestro”. El paisaje, como se dice en la cita con que se abre, busca al poeta, se echa violentamente sobre su sensibilidad. Pero esa sensibilidad anda ya tocada por un futuro imposible y un pasado fugaz e irrevocable, por el dolor insoportable y por la gramática definitiva de la muerte.
Detrás de la ciudad y antes del cielo (VIII Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, Pre-Textos, 2025) | Julio Trujillo | 76 páginas | 13 euros.