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Los cuentos menores de un cuentista mayor

JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | En 1974 Carlos Edmundo de Ory (1923-2010) ordena en una carpeta un conjunto de textos narrativos cortos con el título de Escrito en las escamas de un tatú. Bajo el signo de Scherezade, el poeta gaditano, que hace poco ha conocido y se ha enamorado de Laura Lacheróy, obsequia cada noche a su nueva compañera, a modo de juego, con un cuento como gesto íntimo y amoroso. La razón última de esta experiencia estaría contenida en el mismo título del futuro libro: escribir simbólicamente en el pequeño espacio de una escama de armadillo —con voluntad de brevedad, por tanto— una historia para ser contada antes de dormir. Cuando este proyecto sentimental toma cuerpo como proyecto literario y como composición basada en la escritura, la oralidad en buena medida desaparece. Varios de los textos que Ory selecciona, aun con variantes, ya han aparecido publicados y otros, por su carácter hermético, se alejan de lo que realmente pudiese ser considerado una improvisación oral.

Quizás ahora, gracias a esta magnífica edición preparada por la profesora y escritora Nieves Vázquez Recio, sabemos el motivo de ese alejamiento. Para Ory el proyecto, más allá de su aspecto lúdico y afectivo, se convirtió en algo ambicioso y había adquirido una dimensión mayor. Buceando en su correspondencia, salen a la luz las distintas tentativas que, a través de unos y otros intermediarios, el poeta gaditano llevó a cabo en los setenta para conseguir publicar el libro. Sin éxito, pero con la convicción de que ese conjunto de textos tenía una vocación de unidad diferente a las de sus otros libros de cuentos publicados. Prueba de ello es que cuando en el año 2001 Ory, tan dado a reutilizar sus textos, recoge en Cuentos sin hadas su obra narrativa completa, deja fuera la gran mayoría de estas narraciones, incluyendo únicamente tres (y ya publicadas con anterioridad), lo que evidencia que aún no había perdido la esperanza de verlas reunidas en un único volumen.

Pero vayamos a este Escrito en las escamas de un tatú que, a más de 15 años de la muerte del poeta, se nos presenta como una obra novedosa, ignorada por desconocida, pero que habría que considerar desde este momento para completar el panorama del microrrelato (y de la minificción en general) en España. Compuesto por 58 piezas, la mayoría de ellas inéditas, de diferente extensión, pero todas breves, el libro discurre entre los microrrelatos, la mayoría de ellas, y otras formas breves de ficción, como el miniensayo o la prosa poética (fijada a veces en estampas del pasado: «Hotentotes» o «La misa de los domingos») en las que, en ocasiones, surge ese chispazo de la iluminación que algunos (Fernando Valls) reclaman para este «cuarto género narrativo». El ámbito de lo incógnito y misterioso adquiere en estas historias y relatos cortos la dimensión de la imaginería surrealista que, complementada con un juego de pura creatividad, produce en el lector extrañeza. En el microrrelato, muy temprano, de 1949, «Corto informe de un suceso», un hombre contempla la luna, de pronto, impreca al satélite («—¡¡La luna apesta!!») y sigue su camino. Cuando se ha marchado, la luna escupe «desdeñosamente» sobre un pescado muerto abandonado en el sitio desde donde lo insultó. Elementos sobrenaturales o absurdos surgen de las experiencias cotidianas para poner de manifiesto cómo lo extraordinario o lo enigmático vibran por debajo de nuestra más común realidad: «Rosas metafísicas», «El pastelero» o «Escribiendo a los Reyes Magos», por ejemplo. Pocos son los microrrelatos fantásticos en un sentido estricto, pero la irrealidad, entre lo alucinatorio y lo onírico, es el reino en el que habitan buena parte de estos cuentos.

Escrito en las escamas de un tatú alumbra esa parte de la producción del autor gaditano que transita por el amplio territorio de lo mínimo. Precisamente, uno de los aspectos más interesantes del estudio previo de Vázquez Recio lo constituye el estudio exhaustivo y meticuloso de las transmigraciones textuales que Ory hace del relato corto al aerolito, de la poesía a los fragmentos de su Diario o entre los mismos cuentos, versionados, retocados o fragmentados muchas veces según sea su propósito compositivo. En alguna ocasión, parece que, si con la poesía acertaba en la diana en las más de las ocasiones, en la prosa, que no fue una afición de domingo, sino que a su escritura dedicó una perseverante atención desde su juventud, ese acierto, bien por una cuestión editorial, bien por una notable promiscuidad estética o por no estar del todo convencido de los resultados, se le resistía.

No es Ory, a la luz de todo ello, un escritor de capilla. Por eso, como cuentista, pagó el vicio profesoral de los encasillamientos. No hay un solo relato que se acomode con propiedad dentro de las corrientes o escuelas dominantes de la narrativa española de los años cincuenta. También en este Escrito en las escamas de un tatú, el gaditano conserva esa proverbial condición de solista proscrito y de rareza dentro de nuestro sistema literario. No logrará con seguridad este nuevo libro una difusión generalizada, porque esta resulta incompatible con esa esencia de raro. De raro y, en consecuencia, de inclasificable.

La edición de Vázquez Recio nos presenta una obra lista para ser entregada a un editor, pero no terminada. Y digo no terminada porque el lector comprueba, al hilo de la lectura, una disparidad (formal y temática) entre los relatos que, de haber encontrado un editor involucrado, hubiese orientado a Ory —si este se dejase orientar, claro— a eliminar unos y pulido otros buscando que la obra ganara en calidad, coherencia y uniformidad. El objetivo —pienso ahora en Los niños tontos de Ana Mª Matute— hubiese sido dar al conjunto cierto equilibrio más allá de la reunión de textos de distinta procedencia y tiempos (puede haber más de 25 años entre algunos) y de tan dispar altura estilística, para quedarnos en mayor medida con lo literario y con esa noción de juego, profundamente identificada en su obra y en su vida, que está en el origen de Escrito en las escamas de un tatú y que se diluye con incorporaciones textuales profundísimas, a veces cargadas de verbosidad («Lenguaje otro»), elucubraciones existenciales o psicológicas («Mutantes») y lecturas teosóficas y místicas, que no vienen al caso.

Cuando cuentas un cuento, y de eso trataba el plan establecido con Laura, lo que estás haciendo es disfrutar de un rato de comunicación y conexión. No te obsesionas con otras cuestiones, pues lo importante es mantener esos lazos de comunicación ficcional con el lector a los que nos referíamos al principio. Cuando Ory los mantiene, el libro gana enteros en belleza, gana en ternura y erotismo y gana en humor, y de la mano de estas potencias nos ofrece algunos textos, se llamen microrrelatos o minificciones, que podrían formar parte por derecho propio —y sería de justicia que en las que en el futuro se publiquen lo hagan— de cualquier antología del microrrelato español de la segunda mitad del pasado siglo.

Escrito en las escamas de un tatú (Metanoia, 2025) | Carlos Edmundo de Ory | Edición de Nieves Vázquez Recio | 152 páginas | 19 euros.

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