
Qué tonto era, pensé, o en realidad que tonto había sido en el pasado. Tonto por haberme confiado, había sido más inteligente de pequeño. No había garantías, era ridículo imaginar la vida a los sesenta o setenta años, concebir el futuro como un pasaje amplio cuando de hecho era un pasillo angosto con puertas que se cerraban. Pero eso tampoco es cierto: planificar el futuro o vivir el momento, nadie sabe cómo vivir, no hay forma de saberlo, todo lo que digamos es una chorrada, totalmente arbitrario, verdadero o falso por casualidad. No existen artes de vivir, pensé.
CAROLINA EXTREMERA | Que levante la mano quien haya romantizado la enfermedad, quien, al leer la famosa frase de Susan Sontag según la cual todos tenemos dos ciudadanías, la del reino de los sanos y la del de los enfermos, no se haya imaginado portando el pasaporte de la enfermedad durante una época lánguida, carente de responsabilidades, tal vez con cierta debilidad que se acabe demostrando pasajera pero que le haya proporcionado descanso. Incluso los hay que, teniendo también el mal de la literatura, han soñado con una Montaña Mágica en la que refugiarse, un Davos Platz donde la rutina de los horarios dictados por otros les eximan de las decisiones y de las obligaciones. Me confieso muy culpable, no solo de los dos pecados anteriores sino, también, de disfrutar a veces de la fiebre.
Es más difícil, aunque no es imposible para los muy recalcitrantes, sentir anhelos de emular la enfermedad del protagonista de Lluvia pequeña. Un poeta siente un dolor intenso y repentino y tiene que ser internado en la UCI, donde apenas puede hacer otra cosa que esperar y estar solo. Una persona que siempre ha vivido pendiente de lo que ocurre en su mente, como casi todos nosotros, debe ocuparse de su cuerpo. Con esta premisa, la del parón obligatorio, el poeta va narrando todo lo que le sucede y lo que ocurre a su alrededor prácticamente a tiempo real, uniéndolo a los recuerdos que evoca para pasar el tiempo.
Aparentemente, se puede decir que Garth Greenwell cambia bastante su temática con respecto a los dos libros anteriores, que eran sobre todo una exploración del deseo, del erotismo y de las dinámicas a veces muy oscuras que se dan en las relaciones sexuales. Sin embargo, parece una consecuencia bastante lógica pensar en qué le ocurre a ese cuerpo cuya salud se da por sentada mientras se explora la sensualidad al verse de repente limitado por la enfermedad, pensar en el cuerpo desde otra perspectiva muy diferente. No me parece tan extraño, en definitiva, que al Eros le siga el Thanatos en la mente del autor.
Se produce entonces la reflexión y el recuerdo de las experiencias a la luz de la cercanía de la muerte, que baña todo lo ocurrido de una luz diferente . La observación y la descripción de las cosas más nimias dotan al tiempo que el poeta pasa en el hospital de una elasticidad proustiana, en el sentido de que a veces pasa muy deprisa cuando está sumido en recuerdos sobre su pareja o la terrible reforma de su casa y a veces con una lentitud exasperante si lo someten a alguna prueba molesta o dolorosa.
En su encierro, no solo tiene ocasión de experimentar todo lo que le ocurre con minuciosidad o de sumirse en sus recuerdos, sino también de meditar sobre la situación política de un Estados Unidos en los últimos meses de la pandemia o analizar poemas que recuerda y que vienen a él cuando los necesita. En este sentido, me ha parecido una novela luminosa y esperanzadora, como si el autor nos instase a encontrar un lugar dentro de nosotros donde se pueda desacelerar, reflexionar y dar importancia solo a lo que la tiene. Descrito como yo lo he hecho parece casi el tema tópico de un libro de autoayuda, pero no lo es. La narración a veces es difícil, aunque a mí me ha merecido mucho la pena. Sumergirse en este libro ha sido como estar observando muy de cerca algo pequeño, pero muy complejo, y ser capaz de ver, gracias a la guía de Greenwell, todas sus facetas posibles, como cuando encontramos una y otra vez plazas hermosas en nuestra ciudad favorita.
… aunque opino que también es el motivo por el que necesitamos los poemas: existen en una relación distinta con la atención y con el tiempo; es imposible para los estudiantes desbordados por los exámenes, para los lectores desbordados por sus móviles, ver y sentir lo que ocurre en ellos. Con la velocidad a la que vivimos nos perdemos estratos enteros de realidad, nuestra capacidad de percibirlos se pierde, y tal vez ese sea el valor de la poesía, hay aspectos del mundo que solo resultan visibles a la frecuencia de ciertos poemas.
Lluvia pequeña (Random House, 2025) | Garth Greenwell | Traducción: Antonia Martín | 296 páginas | 23,9€