0

Luz en la oscuridad

MERCEDES ESCOLANO | Conocí a Amaya Blanco (Málaga, 1979) cuando sus padres vivían cerca de mi casa, en El Puerto de Santa María. Su extrema delgadez chocaba con los kilos sobrantes que yo estaba adquiriendo con la menopausia: ella, una cara larga, afilada; yo, cara de luna llena. Pero las dos sentíamos un amor intenso por la poesía. Me pareció una mujer con una sensibilidad extraordinaria y mucha espiritualidad, y lo confirmé cuando me habló de los cultos religiosos que su familia profesa, en los que ella había sido educada. Me dio vergüenza confesarle mi ateísmo y mi desconocimiento de las corrientes místicas, pues solo había leído a San Juan de la Cruz.

Años más tarde me invitó a escribir unas palabras para su libro de poemas La voz encinta (2019), que había ganado el premio “Joaquín Benito de Lucas”, y las escribí con mucho placer pues su libro me conmovió. Poemas suyos anteriores están recogidos en Letras de tierra y Materia viva. Ahora acaba de publicar en Fierro & Huerga el libro ganador del premio “Ciega de Manzanares”, al que ha titulado La tinta de la luz.

El título lo ha tomado de un escrito de Bahá’u’Lláh, que dice: Escribe con la tinta de la luz, en la tabla de tu espíritu, todo lo que te hemos revelado. Si no está en tu poder hacerlo, entonces haz tu tinta de la esencia de tu corazón. Si no puedes hacerlo, entonces escribe con aquella tinta carmesí que ha sido derramada en Mi sendero. Esto en verdad me es más grato que todo lo demás, para que su luz perdure por siempre. Bahá’u’Lláh es el apodo por el que se conoce al poeta persa Mirza Hussein Alí Nurí (nacido en Teherán en 1817). Fundó una nueva religión, el bahaísmo. En sus escritos habla sobre la naturaleza divina y el progreso del alma, la fundación y propagación de esta religión, así como de la necesidad de que, unida en lo espiritual y material, la sociedad avance, pues hay que hacer un gran esfuerzo por servir a la humanidad. Para los bahaístas, algunos seres especiales (llamados manifestaciones) son capaces de reconocer la existencia de Dios y comprender sus atributos. Estos seres reflejan la luz de la voluntad y el propósito de Dios en este mundo, pues Él los guía en la Tierra para que realicen su plan. Estos seres son espejos perfectos que reflejan la luz del Sol. 

La luz es la protagonista de este libro. Una luz que baja del cielo, se refleja en las aguas, atraviesa a los seres y permanece dentro de ellos, guiando el camino a seguir, como explican las doctrinas bahaístas. Aparece la luz en muchas páginas del libro: “y todo se dispone para ser/ ese aljibe de luz” (pág. 27); “quebrar jaulas de luz” (33); “la luz está en el fondo de las cosas. Las atraviesa” (35); “la luz/ quiere contarme algo/ con lengua de silencio” (36); “falta poco,/ ya nada/ para el diluvio/ de luz” (38); “cuando la luz me ciega/ se convierte en camino” (39); “y así  la luz se bañe en la alberca/ dorada del vacío” (41); “inmersa en la ausencia de la luz/ lo dejé todo ir” (46); “todos/ acabamos flotando/ en una misma agua,/ bebiendo/ de una misma luz” (47); “salvo una luz que es sólo/ una llama que no/ se alimenta de nada de este mundo” (49)…

Es muy clarificador el prólogo de Carlos Peinado Elliot, profesor de la universidad de Sevilla, quien nos explica con palabras sencillas algunas alegorías que aquí aparecen: la metamorfosis de la carpa Koi en dragón dorado, el paso por los siete valles (el valle de la búsqueda, el valle del amor, el valle del conocimiento, el valle de la separación, el valle de la unidad, el valle del asombro y el valle de la nada absoluta ), la identificación de la naturaleza con el proceso espiritual—al igual que en la tradición mística—, pues se trata de un viaje del alma a través de la oscuridad en busca de la luz (llegar hasta el alba a través de la noche). El lector de estos versos se convierte en viajero que se inicia en la búsqueda de Dios. Con los ojos cerrados, en silencio, respirando con sosiego, va aprendiendo a desnudar el alma. En ese viaje interior es necesario escuchar a los pájaros (zorzales, gorriones, mirlos, palomas, abubillas cuyo lenguaje el iniciado aún no entiende) y rodearse de plantas (palmeras, pitayas, sauces, ficus, jacarandas, castaños, cerezos, rosales, praderas de posidonia) para llegar a encontrar a Dios y escuchar su voz. Es necesario penetrar en las aguas (lagos, ríos, mares, albercas, aljibes, pozos) para purificarse y hallar en ellas el reflejo de la luz, despojado de todo lo superfluo. Rodeado de belleza, el viajero/lector se adentra en lo desconocido y busca lo infinito, pero es difícil describir con palabras lo que encuentra en el camino. Necesita una tinta de luz con trazos invisibles para contar su recorrido, pues no hay lenguaje capaz de narrar esta experiencia del alma que va de lo visible a lo invisible. Tal como ocurre en la mística, el alma se identifica con el vuelo ascendente de un ave, con la savia que sube desde las raíces de un árbol por su tronco hasta la copa, o con la amada que se une al amado en un claro del bosque para alcanzar el éxtasis, la breve unión de los seres vivos sin espacio ni tiempo.

El libro se divide en cuatro apartados, cada uno con nueve poemas. Los tres primeros llevan el nombre de las vías místicas (purgatio, illuminatio, unificatio) y el cuarto (constantia) recuerda la virtud necesaria para no abandonar la búsqueda. Encontramos  en estas páginas citas de muchos pensadores interesados en comprender la unión del alma con lo divino: San Juan de la Cruz, Jibran Khalil Jibran, María Zambrano, Abdu’L-Bahá, Farid Ud-Din Attar, Santa Teresa de Jesús, Clara Janés, Mahvash Sabet, Andrés Sánchez Robayna y Bahá’U’Lláh.

Con un lenguaje bellísimo, Amaya Blanco ha sido capaz de mostrarnos en 36 poemas las doctrinas bahaístas, guiarnos por un mundo visible y adentrarnos mediante símbolos espirituales en un mundo invisible, mientras el viento se lleva el polvo de su tinta y el fuego se reenciende.

TIEMPO SIN TRÁNSITO

Una mota de polvo se desprende

de una alfombra persa en Bahji.

Asciende y

—en manos de la luz—

sale por la ventana.

Gravita hasta un lugar

en la circunferencia de los rayos

donde atraviesa el tiempo

y aletea

sobre la jacaranda de mi infancia.

Allí el viento la agita

y la hace recorrer

—sin rumbo—

los países.

Así me llega ahora

en el vapor del mar, sobre la isla.

Puedo verla un segundo

antes de entrar

—cuando respiro—

a ser parte de mí.


Mercedes Escolano, firma invitada hoy en Estado Crítico, es poeta de largo recorrido.


La tinta de la luz (Huerga & Fierro, 2025) | Amaya Blanco | XXIII Premio de poesía “Ciega de Manzanares” 2025 | 72 páginas | 12 euros

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *