
LUIS ANTONIO SIERRA | Si hay algo que se ha repetido desde el momento en el que la clase obrera empezó a organizarse para reivindicar sus derechos, esto ha sido la reacción del capital para sofocar cualquier intento de subvertir su hegemonía. Este se ha valido de todo tipo de métodos – más o menos expeditivos, más o menos sutiles –, de influencias y alianzas de lo más variopintas (políticas, religiosas, policiales, mafiosas, …), de maniobras para socavarlo desde dentro, etc. En la cuna del capitalismo, esto es, en los Estados Unidos de América, la historia del movimiento obrero se caracterizó en sus primeros momentos por el tremendo auge del movimiento sindical, el cual acabó siendo prácticamente destruido debido a la suma de muchos de los factores ya mencionados. Igualmente sucedió con todos aquellos que abrigaron el ideario comunista.
Valerio Evangelisti es uno de esos autores que ha llevado a la literatura popular la realidad del proletariado y su organización en sindicatos y partidos políticos. Y lo ha hecho con maestría y con mucha verdad. Su “Trilogía Americana” repasa momentos de la historia de los Estados Unidos directamente relacionados con esa realidad, desde el incipiente nacimiento de la organización obrera y los primeros movimientos para boicotearla que leemos en su novela Antracita, pasando por el momento álgido de la organización del proletariado norteamericano y la institucionalización de su némesis en la maravillosa One Big Union, hasta llegar a Todo han de ser, la novela que nos ocupa en esta reseña y que nos enfrenta al ocaso del movimiento obrero motivado, entre otras causas, por esa paranoia en la que se sumió el país de la mano de ese loco senador llamado Joseph Raymond McCarthy, personaje que demonizó al comunismo – lo seguimos sufriendo a día de hoy – y le dio la puntilla al movimiento sindical para apenas volver este a levantar cabeza en las décadas siguientes.
La historia de Todo han de ser gira en torno a, probablemente, uno de los personajes más despreciables de la literatura contemporánea, Eddie Florio, un italoamericano que se vende al capital desde el minuto cero, todo lo contrario que su padre y hermanos, directamente implicados en la lucha sindical y obrera y con lazos muy cercanos al partido comunista. Pues bien, Florio no se gana el rechazo del lector solo por traicionar a su clase, sino también porque es una mezcla de pervertido sexual, masoquista, pedófilo y matón sin escrúpulos. Este individuo será un instrumento de esquirolaje al servicio de una mafia que ha penetrado en el movimiento sindical del que saca grandes beneficios económicos. Al mismo tiempo, esta mafia funcionará en connivencia con la patronal, también penetrada por estas organizaciones. La mafia utilizará a Florio para su propio beneficio y este verá cómo su servicio – su ascenso dentro del movimiento sindical – será recompensado económicamente hasta que deje de servir a los fines de sus jefes. De hecho, igual que subió, bajó a los infiernos tras ser abandonado, tras ser utilizado como cabeza de turco dentro de esa locura que trajo el macartismo a la sociedad norteamericana y que, de una forma u otra, hemos heredado – y no solo en los Estados Unidos.
En ese progresivo viaje al inframundo, Eddie Florio también se va a convertir en un chivato, en un colaborador de los servicios secretos quienes, a cambio de su trabajo, le evitarán una condena a prisión, le darán una vida nueva, la posibilidad de ajustar cuentas con su familia y, al mismo tiempo, satisfacer sus más bajos instintos. Todo un caramelito para un sádico como Florio.
El título del libro corresponde a uno de los versos de La Internacional, que viene precedido por otro verso muy significativo: el mundo va a cambiar de base / los nada de hoy todo han de ser. Ese ideal comunista, muy consciente del poder de la clase obrera, de la masa trabajadora, está presente en la novela como posibilidad. La realidad, por desgracia, ha ido por otro lado y esas mismas masas obreras han sido en un número muy importante manipuladas para creer lo que no son y acabar defendiendo, paradójicamente, a quienes van en contra de sus intereses de clase. En este punto debemos recordar una cuestión muy importante y es que tenemos que entender que clase obrera somos todos los que vendemos nuestra fuerza de trabajo por un salario, independientemente de la cuantía de este; que el proletariado, la clase obrera, no son solo los trabajadores manuales, los del mono azul, los jornaleros o los reponedores de Mercadona. También lo son esos que se autoengañan y se consideran clase media, esos que, si dejaran de percibir su sueldo, serían nada. Ellos también “todo han de ser”; todo hemos de ser.
Todo han de ser. (Hoja de Lata, 2025) | Valerio Evangelisti | Traducción de Francisco Álvarez | 480 páginas | 24,90 euros.