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Me llamo Polina no Pauline

ROCÍO ROJAS-MARCOS | El nombre propio nos identifica, oímos nuestro nombre y miramos, nos sentimos interpelados, como si fuese nuestra etiqueta individual. Es verdad que muchos de nosotros compartimos nombres con cientos o miles de personas (como es mi caso), pero a pesar de eso ¿qué sentiríamos si de un día para otro por imposición tuviésemos que responder a otro nombre? ¿Sabríamos que nos llaman a nosotros? Preguntas parecidas a estas deben ser las que se hizo Polina Panassenko cuando empezó a reflexionar sobre su situación. De ahí nació esta novela Lengua viva en la que la autora narra la lucha contra el gobierno francés por poder llamarse por su nombre, la batalla que tuvo que lidiar en los tribunales para que en su documentación oficial no se llamase con un afrancesado Pauline, simplemente porque ese no era su nombre. No había más, su única defensa era que en la libre república francesa deseaba ser llamada por el nombre que sus padres le habían dado al nacer en su Rusia natal, Polina, sin más.

La novela avanza por dos caminos. Por un lado, el presente de la autora luchando por ser reconocida como Polina y por otro la historia de su vida cuando de niña emigró junto a su familia de la Unión Soviética que se desmoronaba para instalarse en ParÍs y pasar a ser Pauline. Los recuerdos de los primeros días en el jardín de infancia, los recuerdos de la sensación de no entender qué estaba pasando a su alrededor porque no entendía cuando le hablaban, o los conflictos de identidad que empiezan a surgir en la adolescencia serán algunos de los temas apuntados, como pespunteados en la narración para servir de marco a la gran imagen fotográfica que Panassenko quiere trasladarnos, la de la desubicación que como ella miles de personas sufren cada día en diferentes partes del mundo al verse forzados a elegir determinadas opciones vitales que los hagan encajar mejor en la sociedad de acogida en la que se quieren instalar. Panassenko reflexiona sobre la importancia de conservar inmaculada la lengua materna, sobre lo importantes que son para ella las barreras que separan esa lengua materna de la lengua aprendida, en su caso el francés. Apunta directamente a la cuestión de la lengua como herramienta básica de identificación y asimilación, establece una división entre lo interior y el exterior. Entre aquello que se habla de puertas para dentro y lo que no. Ahí está el conflicto al que ha debido aprender a sobreponerse y sobre el que ahora escribe. Porque encontrar las palabras para narrarlo es empezar a entenderlo, y eso da igual en que idioma se haga.

Al leer estas páginas recordaba el extraordinario ensayo De Amin Maalouf Identidades asesinas (1999) en el que el autor libanés ya escribía sobre estas mismas cuestiones en las primeras páginas cuando se preguntaba porqué sus interlocutores en cualquier conversación tienen siempre tanto interés en saber si se siente más francés o más libanés, y un sencillo “a partes iguales” no les vale por respuesta. Aquí Panassenko está narrándonos lo mismo, ella recurre a la niña, recurre a la adolescente y a la mujer que ahora es para plantear ese conflicto de identidad, pero a fin de cuentas la pregunta es la misma y la respuesta también debería serlo. Polina no quiere elegir, no en la Francia de hoy, no en una sociedad de 2025 que debería permitirle llamarse con su nombre propio, aunque no suene todo lo francés que desearían las autoridades competentes.

Lengua viva (Nórdica Libros, 2025) | Polina Panassenko | 160 páginas | 19,50 euros

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