
JUAN CARLOS SIERRA | Una de las primeras impresiones que puede llegar a tener el lector que se acerque a Tiros al aire, el último libro del poeta Víctor Jiménez (Sevilla, 1957), es que al fondo de él los Machado se encuentran muy presentes. Este poemario compuesto, contando los versos que lo encabezan, por cien soleares, parte de una estrofa de clara raigambre folclórica andaluza ligada de alguna manera a los Machado, desde los estudios de don Antonio Machado Álvarez ‘Demófilo’, pasando por las soleares explícitamente escritas por Manuel Machado y cerrando este recorrido en el aroma o en el sustrato filosófico de los Proverbios y cantares de Antonio Machado. El prólogo que preside Tiros al aire, cuyo responsable es el también poeta Lutgardo García Díaz, no abunda especialmente, sin embargo, en esta raíz machadiana de las soleares de Víctor Jiménez. En su lugar, el prologuista realiza un recorrido histórico de la soleá, tanto en el ámbito más flamenco como en su trasposición literaria, especialmente interesante para los menos versados en letras flamencas, como es mi caso. Enredado entre las ramas del frondoso linaje de la soleá, por poco se olvida Lutgardo García Díaz de mencionar el libro que lo convoca y de atender a los méritos de su autor, como se supone que es costumbre en un texto de la naturaleza del que escribe.
Y no es que le falten méritos a Víctor Jiménez en este poemario tan particular compuesto exclusivamente por soleres. Para empezar, habría que destacar el manejo, la soltura, el desparpajo del escritor sevillano con la estrofa que de alguna manera lo desafía como poeta. Aunque parece fácil, porque se trata de una estructura de tan solo tres versos (8a, 8-, 8a), hay que tener oficio y borrar mucho para que la soleá salga redonda en su brevedad y en su aparente sencillez, para que el último verso recoja a los demás, los abrace y los cierre de forma definitiva, sentenciosa, contundente,… para dejar el aliento del lector en suspenso o directamente cortado. Esto es, en definitiva, lo que vamos a encontrar en Tiros al aire, aunque, a decir verdad, no en todo momento, porque resulta extremadamente complicado mantener ese nivel a lo largo de todo el libro.
Tiros al aire, como ya se ha apuntado, está compuesto por cien soleares, cien textos que tienen una clara intención, según se desprende de los versos que presiden el poemario: “Le pego tiros al aire./ Siempre habrá versos perdidos/ que, si estás cerca, te alcancen”. Sin embargo, no todos esos versos -perdidos o no- van a acabar acertando en la diana del lector. Inevitablemente se aprecian altibajos, momentos de lucidez absolutamente brillantes –los más- y otros que no acaban de conmover, de zarandear al lector. Me imagino que es algo que resulta lógico cuando se pretende alcanzar un número redondo de soleares. Quizá una labor de poda más fina habría mejorado el conjunto y probablemente hasta podría haber planteado otro título al poemario.
En cualquier caso, estas pegas de lector un poco quisquilloso no invalidan al conjunto del poemario, ya que podemos apreciar en él muchas otras virtudes; por ejemplo, su estructura. Víctor Jiménez se ha encargado de pensar y trabajar muy concienzudamente la arquitectura de Tiros al aire. Ha dividido su poemario coherentemente en bloques temáticos que recorren inquietudes de lo más humanas, las que a todos en un momento dado nos rondan o nos van a rondar -el diálogo social con los demás, el amor, el paso del tiempo, la presencia ineludible de la muerte-, pero también se encarga de algunas más restringidas, más particulares, como las cuitas propias del homo scriptor o poeticus. De las cinco secciones en que está dividido este poemario, por su cercanía al tono popular de las soleares flamencas, por su desenfado, por el jugueteo, por los guiños, por los requiebros lingüísticos,… la más sabrosa es quizá la que incluye las soleares dedicadas a amores y amoríos, agrupadas bajo el título ‘Cantos de sirena’, encabezamiento éste que remite a la última composición de este apartado: “Olvida ya aquel amor,/ que son cantos de sirena/ llamando a tu corazón” (XLVIII). En este apartado también se aprecia otro rasgo interesante del conjunto de los Tiros al aire de Víctor Jiménez. Me refiero a la mezcla de lirismo y sentido del humor, que en cuestiones del corazón anda cerca de la picardía -“A mí me encanta tu alma./ Pero, si a ti no te importa,/ quiero abrazarla en tu cama” (XXIX)-.
Otra de las virtudes -y no menor- de estos Tiros al aire de Víctor Jiménez es su modernidad. Esta afirmación puede resultar a priori algo contradictoria, incluso paradójica, pues el poeta sevillano se sitúa en el terreno de una estrofa popular, tradicional, algo pasada de moda, si se quiere; sin embargo, Víctor Jiménez sabe encajarla dentro de inquietudes contemporáneas que, a su vez, remiten en multitud de ocasiones a universales que a ningún ser humano le van a resultar ajenos. Supongo que es esta la fórmula más digna de que un género con cierta solera no huela a cerrado, la manera idónea para que pueda sobrevivir, evolucionar, aportar algo más que la mera repetición de unos esquemas métricos, por mucho virtuosismo que se pueda alcanzar en su manejo.
En este ámbito adaptativo contemporáneo, las soleares de Tiros al aire nos ponen en contacto con otros géneros también breves como el haiku y el aforismo, que tanto se cultivan de un tiempo a esta parte entre la gente de letras. Se trata de caminos literarios diversos que, en los tiempos apresurados y superficiales que vivimos, se encuentran en un objetivo común: llegar a expresar una similar profundidad, ya sea a través de la contemplación de la fisicidad del mundo o de la atención a los vericuetos metafísicos del ser. En esta época vertiginosa que vivimos, parece que ni en literatura se nos permite estar perdiendo el tiempo en fruslerías. De ahí quizá el éxito de las composiciones breves como el haiku, el aforismo o, en el caso que nos ocupa, de la soleá.
De ahí también la pertinencia de libros como Tiros al aire; porque “A veces, menos es más./ Y basta con los tres versos/ de una buena soleá” (XCIX -y última-).
Tiros al aire (Libros de la Herida, 2026) | Víctor Jiménez | Prólogo de Lutgardo García Díaz | Aguadas de José Mateos | 96 páginas | 12,95 euros