
JUAN CARLOS SIERRA | Cada nuevo poemario del cordobés Pablo García Casado, tanto para los que lo seguimos como para cualquiera que estime en algo el género poético, es una fiesta, un acontecimiento esperado y dichoso al mismo tiempo. Tras La cámara te quiere (2019) en el terreno de lo poético y la novela La madre del futbolista (2020), por fin tenemos en las manos Cada uno es mucha gente.
Para empezar habría que señalar que se trata de un libro absolutamente reconocible. Quiero decir que en él podemos apreciar nítidamente la marca de la casa, el sello García Casado. En este sentido, en primer lugar, deberíamos atender al aspecto formal, al hecho de que se utilice como estrategia compositiva el poema en prosa, tan característico del poeta cordobés en sus últimos libros, en particular desde García (2015), primero de los suyos escrito íntegramente de esta guisa. El hecho de insistir en la producción poética en prosa, que no es lo mismo que hablar de prosa poética, sitúa a los poemas de Cada uno es mucha gente en un horizonte de lectura buscado desde siempre por el poeta, un espectro de lectores amplio, a priori y presumiblemente más extenso que el de la lírica en verso tradicional, aunque sin concesiones a la galería, es decir, sin bajar el nivel ni la exigencia literaria, al contrario de lo que sucede con quienes se creen poetas porque dicen escribir en verso a partir de la fullería de cortar su prosa pedestre y melodramática por donde les aconseja su olfato de mercader. El sentido de la responsabilidad poética le impide a Pablo García Casado caer en estas trampas, porque si existe algo también característico en él que lo sitúa a años luz de estas banalidades seudoliterarias es su honestidad lírica, su buen oficio y, sobre todo, una mirada comprometida, poco complaciente, divergente, incisiva. He aquí quizá el punto de intersección entre esta variante del poema en prosa y su necesidad de llegar a los lectores que no suelen acceder a la poesía formalmente más convencional.
En Cada uno es mucha gente culmina, de momento, esa contemplación caleidoscópica de la realidad tan particular del poeta cordobés y, lo más interesante en este poemario, desde un diálogo continuo entre el yo y el nosotros a partir de la constatación, quizá propia de la madurez, de que nadie es unívoco, sino el recipiente donde habitan muchos otros yoes y, entre ellos, los de los demás. Cuando me aparece este asunto, suelo acordarme del poema de José Carlos Rosales ‘Declaración de dependencia’, incluido en su libro Años larguísimos (Fundación Huerta de San Antonio, 2019); entre sus versos aparece, frente a las fuerzas centrífugas del individualismo que parecen dominarlo todo, la constatación de que no somos nadie sin formar parte de una comunidad. El libro de García Casado que nos ocupa no va exactamente en esta línea, pero sí tangencialmente, ya que nos conmina a pensar en una comunidad interdependiente, la que habita dentro de cada uno de nosotros y que de alguna manera refleja la complejidad del exterior, esa colmena que es el yo y que al mismo tiempo es el nosotros, el ruido que zumba en el interior de cada individuo y que a la vez representa el zumbido de lo social. Por eso, no puedo dejar de pensar también en Camilo José Cela y su archifamosa novela La colmena mientras leo los poemas en prosa de Cada uno es mucha gente. Y, por supuesto, también me acuerdo de Fernando Pessoa, de quien toma prestado Pablo García Casado el título de este su último poemario; en concreto, me lleva a los heterónimos del poeta portugués, porque, como hiciera Pessoa en su propia escritura, cualquiera de nosotros es muchos yoes actuando a veces al mismo tiempo. Por eso quizá la poesía de García Casado resulta tan variada en Cada uno es mucha gente. Porque, si leemos el libro en clave biográfica, algo que creo que es posible e incluso conveniente en ciertos tramos, apreciamos que en él se dan cita los múltiples yoes del escritor, que es lo mismo que decir los yoes de cualquiera de los lectores, porque aquí se habla en horizontal: el poeta no es distinto de sus conciudadanos, el poeta ya no es un ser especial, un individuo tocado por la genialidad o por la varita mágica de los dioses.
En Cada uno es mucha gente aparecen algunos de los asuntos ya tratados por el poeta cordobés en libros anteriores como, por ejemplo, la paternidad o la patria –sea eso lo que sea- y otros novedosos en su registro poético –el fútbol como metáfora de la vida resulta especialmente interesante-. Pero en cualquiera de los casos se lleva a la práctica poética desde una perspectiva proporcionada por el paso inevitable de los años, eso que llaman madurez, y desde una mirada también madura -¡qué importante es la mirada en Pablo García Casado!- ya anticipada, no obstante, en sus primeros poemarios, particularmente en Las afueras (1997) y Dinero (2007), donde se pone al descubierto el peso ominoso de la lógica capitalista, sus mecanismos más crueles, que, al contrario de lo que cabría esperar, se ha recrudecido con los años y su neoliberalismo.
Esa madurez de alguna manera también obra a favor de cierta libertad o desacomplejamiento en el poeta cordobés. Como ya hemos apuntado, por fin aborda un tema muy querido por él –incluso practicado- como es el fútbol. Se podría decir que este deporte no goza tradicionalmente de muy buena prensa entre muchos letraheridos y escritores y, por tanto, frecuentemente ha sido soslayado y disimulado por aquello del qué dirán. Pero llega un momento, quizá esa madurez de la que estamos hablando, en que importan bien poco las tiquismiquerías –perdón por el palabro-. Y entonces va Pablo García Casado y escribe un par de poemas muy potentes con el fútbol como telón de fondo simbólico –‘Cesarini’ (página 29) y ‘Césped artificial’ (página 35)-. Además, fuera de lo futbolístico y sin intención alguna de disimular lo más mínimo la carga biográfica del libro, le dedica Cada uno es mucha gente a Rafi Valenzuela y escribe en él poemas en los que aparecen, junto con la anterior, los poetas amigos queridos y ya fallecidos –especialmente conmovedor es el dedicado a Eduardo García, el titulado ‘ITV’ (página 64)-. O se lanza a meter a Rocío Jurado como eje central del poema ‘Elegía contemporánea para Rocío Jurado’ (página 59), o a titular un poema con el nombre de una canción de Mecano –‘Barco a Venus’ (página 67)-, o a rezar una plegaria a Walt Whitman en ‘Un supermercado en Andalucía’ (página 69), o a desmitificar los afectos familiares en ‘Amor’ (página 51) o a destrozar el paraíso perdido de la infancia a partir de las verdades que explica el poema ‘Blue’ (página 76), o a escribir una serie de poemas sobre la crianza y el ciclo vital natural en la parte titulada ‘Genoma’, tercera sección del libro, que no solo trastoca el devenir del conjunto del poemario con textos breves a ratos cercanos a lo aforístico, sino que parte al lector por la mitad por su calidez, por su carga emotiva y por su verdad –otra vez-.
Detrás de todo esto que comentamos, en la raíz más profunda de esta madurez vital y poética de Pablo García Casado, podemos apreciar un rasgo definitivo y vertebrador de Cada uno es mucha gente: la aceptación de la realidad, de la vida tal cual es, una aceptación limítrofe con la derrota que saca a la luz a muchos antihéroes, pero que se niega a la resignación. Sería, pues, una derrota que se parece más bien a un empate –“Llega un momento en la vida en que firmas el empate, y ese momento es ahora. Balones fuera, centrocampismo, dejar que corran los minutos, un empate. Que no colma las expectativas, los éxitos que prometías en pretemporada. Pero un punto vital que te aleja del descenso” (‘Cesarini’)-; un empate despojado de misticismos y de cursilerías, de moñerías azucaradas y de sentimentalismos vacuos, cargado, por tanto, de realidad.
Por todo esto que hemos apuntado aquí y por muchas otras facetas que se nos escapan es necesaria la poesía –la mirada madura- de Pablo García Casado. Por eso es necesario Cada uno es mucha gente y seguirá siendo necesaria la poesía futura del autor cordobés.
Cada uno es mucha gente (Visor, 2025) | Pablo García Casado | 96 páginas | 12 euros | XLVIII Premio Ciudad de Burgos