0

Museo de papel

ALEJANDRO LUQUE | A la hora de reseñar, hay libros con los que cuesta más tomar distancia que otros. En el caso de Elogio del artista, la selección de la poesía del cubano José Pérez Olivares que nuestro estadista Mané García Gil ha realizado para la colección de colorines de Renacimiento, me resulta una empresa imposible. Porque conozco a Pepe desde hace más de 25 años, porque he estado en su casa de Guanabacoa y él en la mía de Cádiz, porque quiero a su familia y él a la mía, porque lo he visto escribir y pintar, porque hemos discutido y hemos reído hasta las lágrimas. Porque, en definitiva, ese misterio llamado amistad nos mantiene unidos, seguramente, hasta que la muerte nos separe.

Hecha esta advertencia, toca señalar otra, y es que mi amistad con este poeta nace de un hecho previo, y es la admiración por su obra. Corrían los últimos años 90 cuando cayó en mis manos un libro, Cristo entrando en Bruselas, que hacía realidad lo que uno siempre anda buscando como lector: una poesía que lo caliente, que le haga vibrar y, sobre todo, que lo saque de la atonía generalizada, de esa clonicidad que sigue imperando en la lírica actual, pero que en aquel momento imperaba mucho más. Ese entusiasmo de encontrar algo distinto y valioso lo compartí con el propio Mané y otros amigos, y fue aún mayor cuando supimos que el autor caería por Cádiz y podríamos conocerlo en persona. Aquel fue el principio de esa hermandad de la que hablaba antes, cuya llama se mantiene viva hasta hoy.

Tal vez por eso, leer este Elogio del artista se me hace como volver a mirar un viejo álbum o escuchar de nuevo las canciones de un disco muy querido. Una obra poética, la de Pérez Olivares, reconocida con un buen montón de premios importantes, pero que nunca ha llegado a ser mainstream, en parte por las escasas habilidades sociales de su autor, y en parte por las perversas dinámicas del mercado literario. A la luz de los tiempos actuales, a mí me sigue pareciendo una de las obras más sólidas de la poesía iberoamericana de los últimos 30 años, a la altura de otros grandes ignorados (al menos en España) como el chileno Jorge Teillier o el colombiano Juan Manuel Roca.

Desde que empezaba a escribir, por su doble condición de poeta y pintor, Pérez Olivares encontró en el arte una fuente de inspiración inagotable. La otra la encontró en su propia isla, Cuba, de la que salió en los primeros 2000, pero que como todo desterrado lleva consigo. El arte le regaló motivos y figuras de las que extrae como nadie reflexiones universales, mientras que en la mayor de las Antillas experimentó la fuerza de la utopía y la asfixia del poder omnipresente. La mezcla de ambos influjos puede darnos los grandes temas de su poesía: la búsqueda de la belleza y la búsqueda de la libertad.

Resisto la tentación de copiar algunos extractos, e invito al lector a que se asome por sí mismo a sus poemas. Que entre en este Elogio del artista como en un museo fabuloso, se demore ante el doble placer del fondo y la forma, la historia que se cuenta –la poesía no es aquí un simple sonajero ni un artefacto meramente contemplativo, todos los poemas tienen su dimensión narrativa– y el trabajo por encontrar la expresión precisa, el máximo efecto con el mínimo de recursos. Algo que lo aleja de las posiciones más extremas de la literatura caribeña, con Lezama Lima a la cabeza, para acercarlo a otras menos barrocas, Eliseo Diego por ejemplo, o a la estética borgiana (que todavía algunos empecinados se obstinan en despreciar: hay gente para todo).

La de Pérez Olivares es, pues, una poesía al alcance de cualquier persona mínimamente alfabetizada. No hay nada de oscuridad, y mucho menos de retórica elitista. Este museo puede recorrerlo con placer incluso quien no haya visto ninguno de los cuadros aludidos, pues no se trata tanto de hablar de arte como de la vida. De los grandes asuntos que comprende la vida, la felicidad, el miedo, la comunidad, el azar, el poder, el amor, la muerte… Con todos se las arregla el autor para mostrárnoslos desde un ángulo que no habíamos contemplado antes, para huir de la simpleza de los lugares comunes y demostrar que siempre se puede ir un poco más allá. El último verso es su arma secreta: Pérez Olivares es el autor de algunos de los últimos versos más redondos y fulminantes de nuestro idioma. Pero para que sean tales, para llegar a esos remates magistrales, antes hay que labrar el camino adecuado con el poema. Puede que sea inútil insistir en ello, pero repito que no me ciega la pasión. Tengo amigos que escriben mucho peor que Pérez Olivares, algunos incluso rematadamente malos, y los quiero igual. En esta reseña no hablo por boca del compadre, créanme, sino del lector veterano y devoto. De hecho, pienso que el principal problema que tiene nuestro cubano es seguir escribiendo después de haber alcanzado alturas como las que se reflejan en este Elogio del artista. También pienso, con algo de tristeza, que Pepe nunca conquistará galardones oficiales de relumbrón, solo porque no ha orientado su carrera en esa línea, no ha cortejado debidamente a los padrinos adecuados ni ha doblado el espinazo ante los administradores de la gloria. ¿Qué más da? Su victoria es seguir, ahora en su casa de Montequinto, dedicado a su arte, excitado al terminar un poema o un cuadro como si fuera la primera vez. Como si fuera la primera vez.

Elogio del artista (Renacimiento, 2025) | José Pérez Olivares | Edición de José Manuel García Gil | 180 páginas | 14.90 euros.

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *