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Narrar, jugar

Las fuentes del Nilo

Gonzalo Suárez

Alfaguara, 2011

ISBN: 978-84-204-0766-1

832 páginas

27 €

Sara Mesa

Antes de comenzar, una advertencia. 832 páginas, como se indica en la ficha técnica superior, son muchas páginas: este es un libro gordo, un recopilatorio considerable. Pero ha estado circulando por ahí una edición incompleta de 685, que tampoco son pocas, y que es la edición que yo he leído. Imagino que ya la habrán retirado y sustituido por la completa, pero si alguien se va a hacer con el libro debe tenerlo en cuenta: hay que exigirlo entero, porque Las fuentes del Nilo es un buen libro, y en este caso cuantas más páginas tenga, mejor, aunque después sea más difícil llevárselo a la cama.

En Las fuentes del Nilo se reúnen, por primera vez, todos los relatos y novelas cortas que publicó Gonzalo Suárez desde sus inicios como escritor, en 1963, hasta 1994, lo que comprende una producción literaria singular, extravagante en cierto modo, muy personal y, desde luego, poco complaciente con moldes comerciales. El humor, la desintegración de la frontera entre ficción y realidad o verdad y mentira, un universo onírico y el juego continuo de las identidades son las señas que caracterizan la trayectoria literaria de Suárez, de una manera constante, desde los primeros libros hasta los últimos (pienso ahora en su reciente novela El síndrome de albatros), rasgos que, a mi modo de ver, lo emparentan con autores como Boris Vian o Mario Levrero.

Defensor de los llamados géneros menores, dice Suárez en su prólogo al libro: “Opté por escribir libros que asumieran su condición real. Es decir, no serían verdades de mentira sino mentiras de verdad, cosas que ocurrían porque se me ocurrían y que, petulantemente, traté de homologar como género y di en llamar acción ficción. Opinaba que las obras maestras y sus sucedáneos nos amueblaban la casa, pero los llamados géneros menores nos abrían las ventanas”.

La cita me interesa porque describe un rasgo peculiar de la narrativa de Suárez: el tono de mentira constante, la escasa preocupación por la verosimilitud en sus historias y la teatralidad de las acciones y de los personajes, que gustan de confundirnos escondiéndose tras sus máscaras. Esta atmósfera de mentira o inverosimilitud, que suele presentar de un modo juguetón y humorístico las más de las veces, se acomoda a la perfección en esos llamados “géneros menores”: la novela negra, de aventuras, los cuentos fantásticos, etc., que él utiliza como molde.

Cuando uno lee este libro se ríe, pero también tiene la sensación de que el autor se ríe de él, de que lo está sometiendo a un experimento. Suárez juega con el lector, juega a confundirlo y juega a vencer. El desconcierto final, para mí, se traduce en un éxito lector, porque me gusta la literatura que me descentra de algún modo. Así que no es el juego por el juego, o el humor por el humor, sino una forma de decir que hay varios modos de representación, y que esto no es realismo ni tiene pretensiones de realismo, pero que tampoco es exactamente fantasía: es acción ficción, narración que avanza por sí misma, sin sostenerse en otra cosa, es metanarración incluso, o el juego de crear mientras se narra. Quizá por eso en la cubierta del libro aparece un personaje conformado de letras, que además no se están quietas, sino que fluyen.

De todo el volumen, me han llamado especialmente la atención los relatos de «De cuerpo presente», «El roedor de Fortimbrás» y «Rocabruno bate a Ditirambo». En los tres casos, más bien podríamos hablar de novelas cortas.

En «De cuerpo presente», que el mismo autor califica de “un divertimento pop avant la lettre” he encontrado una inocencia encantadora, una especie de humor absurdo un poco tontorrón pero muy absorbente. La peripecia es simple: un muerto, que resulta no estarlo, huye de sus asesinos y, por azares que le sobrevienen, termina convirtiéndose en un sátiro en pijama. Fue la primera obra de Suárez, y ya despuntaban en ella sus rasgos estilísticos propios: un lenguaje sencillo y cortante, un argumento disparatado y el comienzo in media res, que dirían los filólogos. El libro pasó totalmente inadvertido en su época. Debe tenerse en cuenta: 1963, pleno apogeo de la narrativa de corte realista y social.

«El roedor de Fortimbrás» es para mí lo mejor del volumen. A Cortázar, al parecer, también le gustó mucho: lo calificó como “una de las sátiras más corrosivas del militarismo y del régimen franquista”. No se nombra la dictadura en ningún momento, pero sí aparecen un castillo asediado, una marquesa y varias damas, espías y agentes secretos. El lenguaje se adensa, la trama se complica y uno se da cuenta que está ante algo más que un divertimento.

En «Rocabruno bate a Ditirambo», Suárez convierte en literarios sus célebres personajes cinematográficos de Epílogo. El periodista y el detective se baten en un duelo de letras que se articula en gran parte a través de cartas, Caperucitas rubias y Caperucitas negras, y un baile de indentidades desconcertante.

El volumen incluye también los relatos de «Trece veces trece», «Gorila en Hollywood» y «El asesino triste», en los que vuelven a encontrarse, en distinta medida, los rasgos ya descritos: la creación de un orden lógico dentro de un contexto ilógico, personajes enfrentados a juicios y persecuciones que no comprenden, el juego con los personajes y sus máscaras, el humor.

Para terminar, no me resisto: transcribo aquí la conversación de dos de estas máscaras en un momento de «De cuerpo presente». Aquí Gonzalo Suárez nos traza su poética:

«- Shakespeare dijo que la vida es un cuento narrado por un idiota. Pero sólo la humanidad es culpable de que la narración de ese idiota se haya convertido en una auténtica idiotez. Otros idiotas trataron sin fortuna de imitar al primer idiota, y el mundo entero se fue llenando de narraciones, plagios, vulgares plagios, pretendidamente crudos, amargos, violentos, nauseabundos “como la vida misma”…
Ríe sarcástico.
– Y este constante diluvio literario consiguió que, puesto que las imitaciones no lograban parecerse a la vida, fuera la vida la que acabara pareciéndose a las imitaciones. Es monstruoso, intolerable. Pero es así.
«

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