
ELENA MARQUÉS | Un tipo de espaldas ante un paisaje marítimo. Hasta ahí, todo bien. De hecho, la primera vez que ojeé la cubierta de Mapa de soledades ni siquiera me percaté del «error». Y eso que presumo de observadora. Pero, conociendo un poco la mirada particular de su autor, el escritor cántabro Juan Gómez Bárcena, que la azul línea del horizonte se alce en vertical en medio de la imagen y no de la forma prevista no debería provocarnos ninguna extrañeza.
Si en Lo demás es aire (puede leerse reseña en Estado Crítico) se aventuraba el santanderino en un particular viaje en el tiempo al concentrar, en un único punto geográfico, toda la historia de su patria chica, en este peculiar ensayo nos traslada por espacios muy distintos presididos por la soledad; esa epidemia silenciosa que, según demasiados psiquiatras, se ha convertido en el mayor mal de este siglo presidido por el individualismo, del que no se sabe si es causa o consecuencia.
Dividido en 13 extensos capítulos, con Mapa de soledades recorremos paisajes que habitualmente se relacionan con el concepto (quién no se encontrará solo en una «Isla», o en medio del «Desierto», o perdido en una barca en el «Océano»; quién no se siente desamparado en la «Frontera» en que suele convertirse un aeropuerto), a la vez que profundizamos en el término en sí, con sus variantes desusadas y/u olvidadas. Porque no es lo mismo la soledumbre que la solitud; ni la soledad épica masculina que la «brujeril» femenina; ni la buscada y deseada en la que uno puede dedicarse a fabricar nuevas realidades, escribiendo o simplemente soñando, que esa a la que nos obligan y nos provoca una profunda tristeza porque se considera un fracaso (el hombre es un ser social y «ningún hombre es una isla», dicen que dijo John Donne). La de las personas mayores, por ejemplo, en una sociedad en la que ser joven es un plus y que se mira cual Narciso en el espejo para ignorar que no cesa de envejecer.
Evidentemente, el tema tiene miga, una gran complejidad y múltiples aristas. Cada lector tendrá una experiencia muy distinta y poderosa de la soledad, y su soledad será siempre la más terrible porque es la suya y le duele. Reunir tantas voces solas en un libro donde únicamente escuchamos la del escritor profundizando en este tema ciertamente espinoso podría abocarnos directamente a la depresión si no fuera por su grácil y aseada prosa, capaz de conducirnos con naturalidad y sin perder el interés por lugares que él mismo ha recorrido, directamente o a través de los libros. A nadie se le escapa lo literario (y durable: hasta Cien años de soledad) que puede ser el asunto. Baste con recordar títulos como La invención de la soledad, de Paul Auster, El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, o las Soledades de Góngora. Así, el primer capítulo nos recuerda una de las vidas más desafortunadas y huidizas de la Literatura, la del cuentista (no hay segundas intenciones) Horacio Quiroga, autor de Cuentos de amor, de locura y de muerte, sumergido en la «Selva» argentina y tocado por alguna maldición y el peso de sus propios sueños.
Pero, aparte de esas referencias, no olvida Gómez Bárcena otras más actuales, como el ejemplo de la deportista Beatriz Flamini, encerrada voluntariamente en una cueva, o los inquietantes hikikomori recluidos en sus dormitorios a la luz mentirosa de un flexo. Todos ellos lo hacen reflexionar sobre un sentimiento que cualquier hijo de vecino experimenta en primera persona. De hecho, el mismo autor, en una entrevista, se confiesa solitario y creador de personajes marcados por ese contradictorio desamparo capaz de afirmar que «toda isla desierta es una cárcel, pero hay que añadir que toda isla es también un reino», según mitos y filmografía variada se han encargado de transmitir. Por supuesto, uno de esos paisajes protagonistas de este libro es la propia «Ciudad», cuanto más grande, más capaz de hacerte notar tu soledad y tu insignificancia. La ciudad en la que uno puede morirse tranquilamente sin que nadie lo eche en falta durante años pero también donde uno puede actuar con mayor libertad que en su terruño, espacio en el que todos los ojos vigilantes esperan que recorras el único sendero posible.
(Nota con otro «sin embargo», pues, si nadie nos mira, «ignorados por la atención de los demás, nosotros mismos no nos sentimos reales»; no me diréis que con este intrincado laberinto de sensaciones contradictorias no hace falta un mapa que trate de poner orden en la complejidad del hombre.)
Es evidente que la lectura de este libro cae en algunos tópicos (la soledad en medio de la multitud o la necesidad de una habitación propia), incluso que en ocasiones las biografías de quienes lo cruzan podrían pasar por las que se encarga de ofrecernos la Wikipedia; pero también nos enfrenta a nuestra propia situación de una manera amable y casi terapéutica. A mí, por ejemplo, una de las partes que más me ha sorprendido, por la sensibilidad con que está escrito, es la dedicado a la maternidad dentro del capítulo «Hogar». Un espacio, por cierto, donde puede sentirse mucho frío a pesar de su etimología y del sentido que siempre hemos querido darle. «Si la promesa del hogar existe es porque alguien, en el corazón del frío, se ha esforzado por mantener encendido el fuego», dice el autor. También es esa etapa vital, la de quien deja de ser mujer para convertirse en madre o en ama de casa, un espacio, un paisaje, tanto de soledad como de extravío, de extrañeza al comprender en esa consagración nuestra insignificancia. Y sabe Gómez Bárcena retratarlo con una humildad y sencillez dignos de mención de la misma manera que con la distancia precisa reflexiona sobre las maniobras de los totalitarismos para aislarnos dentro de una masa y manejarnos a voluntad; una breve lección de sociopolítica que también tiene cabida en este mapa.
En fin, creo que es un libro que contiene, como los atlas o las cartas de navegación, muchos itinerarios habitados y habitables, con una voz propia que sabe bien hacia dónde se dirige. Seguramente solo, pero bien acompañado.
Mapa de soledades (Seix Barral, 2024) | Juan Gómez Bárcena | 400 páginas | 21,90 euros