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No envejecer: morir

ILYA U. TOPPER | ¡Putos críos! Es lo que uno quisiera suspirar en más de una escena de esta novela. Por ejemplo en los capítulos que transcurren en la isla noruega de S., tan al norte que ya no hay prácticamente nada, donde los hombres se dedican a beber vodka, fumar porros, mirar revistas porno, y preguntarse, cuando están suficientemente borrachos, si las osas polares se depilan el parrús. Además de contarse mutuamente su vida para explicar cómo acabaron aquí: por tener deudas de juego o de amor. Lo que ellos creen que era amor.

Solo se lo cuentan Marko, el finlandés, y Bekim, el refugiado bosnio, porque con los demás hombres del poblado no tienen ganas de hablar (probablemente, los demás hombres del poblado tampoco tengan ganas de hablar con nadie). Ahora que lo pienso, no sé si el bosnio se llama Bekim en la novela, porque es el narrador en primera persona, y Bekim es simplemente el nombre del autor, Bekim Sejranovic (1972-2020), y como la novela está escrita en un tono como autobiográfico, es fácil confundir personaje y escritor. Dicen los que saben —es decir: dice en el epílogo Marc Casals, que sabe mucho de Bosnia— que efectivamente la novela traza una historia muy cercana a la trayectora vital de Sejranovic, desde su pueblo natal de Brcko, pasando por su juventud en Rijeka, Croacia, hasta su exilio en Escandinavia, incluidas tensiones con alcohol y drogas.

Si una historia es real o no, a mí, plin. Quiero que sea buena. El problema con De ningún lugar a ninguna parte es que es demasiado real como para ser buena. Es difícil creer que cualquiera de las escenas sea inventada: todas tienen una frescura de recuerdo vívido, un apunte del natural, un trazo de acuarela. Y como toda acuarela son hojas sueltas, escenas que iluminan momentos decisivos de la vida, pero no componen una trama específica, un relato concreto.

Al principio se intenta. Durante la primera mitad del libro aún creemos que el autor está erigiendo un marco que podría funcionar como arco narrativo: arrancando con el entierro del tío Alija y la técnica de narrar la infancia en el pueblo bosnio de Brcko mediante unos recuerdos insertados en el hilo de un paseo con el abuelo. No, en realidad no. En realidad, la historia de la infancia en una república aún dominada por la veneración ofrendada a Tito, intercalando historias familiares sobre bisabuelos, abuelos y el mencionado tío Alija, minero y bala perdida, avanza de forma bastante lineal durante unas 80 páginas, apenas pespunteada por unas breves líneas al inicio de cada capítulo para recordarnos que aún estamos saliendo del cementerio con el abuelo.

No tengo mucha afición a las sagas familiares, ni a las infancias narradas como si fuesen algo histórico que tiene que importarnos, pero el estilo de Bekim Sejranovic es ágil, fluido, ligero, socarrón a ratos, con una ironía disimulada que convierte la lectura en placer, dando exactamente con el tono de un niño que cuenta lo que vive. Y así sigue en las 20 páginas que relatan la adolescencia en el internado de Rijeka, donde el narrador se mete en una banda punk, sin saber tocar o solo sabiendo tocar cosas de rock que un punk jamás puede tocar ante los colegas.

Es allí en Rijeka, Croacia, donde al narrador, aún sin cumplir los 20 años, le pilla el descalabro de Yugoslavia y la repentina necesidad burocrática de ser no ya un ciudadano sino miembro de una etnia. Le asignan la de bosnio, es decir musulmán, y tocan un par de años de semiclandestinidad en Croacia —narrada con un humor algo más amargo que la infancia— antes de ser aceptado como refugiado en Noruega. Que es donde la novela toma fuerza, por fin: la fuerza de la oscuridad.

No, a partir de ahora tampoco habrá argumento ni trama, incluso menos que antes, el marco del cementerio y el tío Alija se van perdiendo y ya no hay siquiera un avance lineal del narrador por su vida, sino tramos sueltos, relatados hacia adelante y hacia atrás. Tramos vitales estructurados principalmente alrededor de dos islas, dos historias de amistad —Lars y Marko— o de algo que podríamos confundir con amistad, y dos historias de amor —Sara y Selma— o de algo que podríamos confundir con amor, si no fuera tan obvia la necesidad mutua de compañía de los desheredados, los que llevan a cuestas su soledad como si fuese la vida entera. Ellos y ellas. Bekim, Lars, Sara, Marko, Selma.

Es una Escandinavia oscura, de trabajos que nunca se convierten en oficio, sueldos que raramente llegan más allá del próximo bar, borracheras que raramente llegan más allá de una tremenda resaca, resacas que raramente llegan más allá del próximo porro, amistades que raramente llegan más allá de un día de pesca, amores que raramente… bueno, los amores llegan donde llega la mayoría en la literatura: a celos, pelea y olvido; esto no es un drama particular en esta historia de desarraigo.

Desde el propio título de la novela, De ningún lugar a ninguna parte, se plantea ese desarraigo como motivo y cadencia de la obra, destacando la clandestinidad, el exilio, el regreso esporádico a una tierra que ya no es la propia, porque solo alberga a abuelos, recuerdos, sagas familiares: hasta quienes se quedaron allí, los amigos de la banda de punk y otros colegas, están igual de desarraigados, se suicidan, se pierden en la droga. Todo Balcanes, parece, está desarraigado.

Podríamos leer la novela como una denuncia de lo que la guerra civil, las guerras civiles, han hecho con los pueblos balcánicos, y no andaríamos descaminados. Pero la cita que lo resume todo —»La insatisfacción conmigo mismo, en primer lugar, y luego con todo lo demás en el mundo, ha sido y sigue siendo la base de mi ser espiritual»— es de Ivo Andriç, escritor yugoslavo que murió veinte años antes del sitio de Sarajevo. Y además, los dos personajes masculinos de Noruega, el exmarinero sueco Lars y el finlandés Marko, son todavía mucho más oscuros, perdidos, alcohólicos, incapaces de tener una vida, que el propio narrador, putos críos. Y no llevan ninguna guerra a cuestas.

No se nos escapa que Sejranovic ha echado chorros de tinta opaca sobre su vida en Noruega, en la medida en la que la novela efectivamente refleja su vida, algo que hace con certeza, porque de otro modo no tendría sentido que el narrador salga perfilado como poco más que un jornalero que se emborracha en antros baratos con colegas que casi llegan a hez de la sociedad, y al mismo tiempo se apunte que no solo estudia en la universidad de Oslo sino que trabaja incluso en ella como docente. Eso es real, desde luego, pero Sejranovic ha querido contar su otra cara, la de ser una bala perdida de una guerra que nunca fue la suya.

Lo cuenta bien. Eso no hay quien se lo quite. O eso me parece gracias a la traducción de Patricia Pizarroso y Marc Casals, a la que hay que aplicar todos los adjetivos arriba mencionados sobre la fluidez, agilidad, sorna, la tierna socarronería del autor: ojalá más gente escriba, traduzca así. Lo cuenta bien: una infancia, una juventud, una inmadurez, siempre una inmadurez. Porque la vida, para Sejranovic, muerto a los 48 años, de vuelta en Bosnia, lamentablemente iba en serio, como comprendió quizás demasiado tarde. Dejar huella quería, podemos decir con Gil de Biedma, pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: no envejecer, morir, morir por autodestrucción en lugar de senectud, es el único argumento de la obra.

De ningún lugar a ninguna parte (La Caja Books, 2025) |  Bekim Sejranovic | Traducción de Patricia Pizarroso y Marc Casals | 240 págs. | 22,50 €

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