
LUIS ANTONIO SIERRA | Cuando yo era un chaval, el telón de acero no había caído todavía y se seguía hablando de la Unión Soviética y sus países satélites como némesis del capitalismo en el que nosotros vivíamos. Dependiendo de quién fuera tu interlocutor, las alabanzas o las críticas al bloque comunista se alternaban. Curiosamente, al menos desde mi experiencia adolescente y preuniversitaria, había varios asuntos en los que tanto detractores como partidarios de los regímenes comunistas coincidían: además de que había trabajo para todo el mundo en estos países, daban un valor extraordinario a la formación, a la educación de sus ciudadanos. Así, recuerdo las alabanzas que hacía mi padre a la educación soviética cuando veíamos en televisión, en Informe Semanal, los reportajes de los corresponsales de TVE en la URSS sobre los logros de la ciencia en ese país o la increíble formación musical y/o artística de sus jóvenes. Todo un referente para la clase obrera española que, todo sea dicho de paso, empezaba su lento pero constante proceso de desclasamiento. Sin embargo, la vieja guardia, nuestros padres y abuelos que habían perdido una guerra y se habían comido una casi eterna dictadura fascista, continuaban idolatrando la educación que los niños y niñas soviéticos recibían, sobre todo porque era universal, porque el proletariado podía acceder a todos los niveles de formación, oportunidad que ellos ni por asomo habían tenido.
Sin embargo, y como dice el refrán, no es oro todo lo que reluce; esa educación también tenía sus luces y sus sombras. Y es que no es solo la escuela la que educa, sino que es la tribu, la sociedad en general, y la casa, en particular. Independientemente de la educación formal o académica, el régimen soviético tenía sus particularidades que, a lo mejor, no eran ni tan envidiables ni tan distintas de los regímenes capitalistas. En la Unión Soviética también existían las élites culturales, la aristocracia del conocimiento y las artes que entendía estar por encima del bien y del mal, por encima de sus compatriotas menos cultivados. Las miserias de los egos, la competición entre ellos, el extrañamiento más o menos impostado, características que vemos en ciertos círculos culturales de nuestra sociedad capitalista que no distan demasiado de los que presenciamos en el debut narrativo de Olga Medvedkova, La educación soviética.
El libro de esta moscovita afincada en París desde 1991 – siguiendo la estela de grandes autores como Joseph Conrad, la novela está escrita originalmente en francés –, entra de lleno en esas miserias de la élite cultural rusa de los años 80 del siglo pasado, pero también en cómo el sistema, la historia y el pasado ha condicionado y moldeado a toda esa gente, algunas de las cuales en tiempos habían pertenecido a la aristocracia rusa. Por otro lado, el peso de la historia es evidente y se hace notar en la influencia que la Revolución de Octubre de 1917 o la Segunda Guerra Mundial – la Gran Guerra Patriótica para los rusos –, la invasión nazi y el exterminio de los judíos tienen sobre los personajes. Pero también no deja de estar presente de manera opresora esa educación social que en la Unión Soviética criminalizaba la homosexualidad.
A pesar del potencial, de las posibilidades temáticas y narrativas del libro, este no termina de cuajar, no es capaz de retar al lector, de zarandearlo para mantener la atención en la historia. Los pasajes oníricos a veces desvían innecesariamente el hilo de la narración y ciertas digresiones, aparentemente pertinentes, acaban por producir desapego hacia personajes y situaciones. No se puede decir que sea un libro redondo y es, ciertamente, una pena y, a la vez, da un poco de rabia disponer de un material tan potencialmente prometedor y que no sea desarrollado conforme a dicha potencialidad.
Aun así, para un lector criado y educado en el bloque capitalista, tiene mucho interés el contexto sociopolítico que Medvedkova presenta y que solo por ello, por la curiosidad histórica, hace que la lectura de este libro merezca la pena. No será gran literatura probablemente, pero como lección de historia social nos vale esta novela.
La educación soviética. (Acantilado, 2025) | Olga Medvedkova | Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego | 216 páginas | 16 euros.