
MANÉ GARCÍA GIL | La narradora argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) regresa a las librerías con El buen mal, un nuevo volumen de relatos, diez años después del aclamado Siete casas vacías, que obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero y el National Book Award. El libro, publicado por Seix Barral —editorial que recupera también su novela Distancia de rescate—, reúne seis cuentos de variada extensión en los que la autora vuelve a demostrar que es en este género literario donde mejor se desenvuelve y en el que se ha convertido en un referente indiscutible de la actual narrativa latinoamericana.
Muy conocida es aquella autopsia que del cuento hacía Ricardo Piglia, compatriota de Schweblin, que concluía que este siempre cuenta dos historias. Un relato visible o cierto esconde un relato secreto o extraño que, en un determinado momento, se manifiesta y altera sin remedio el destino del o la protagonista y, por extensión, también el del lector. Esta teoría nos sirve, como ya ocurría en el citado Siete casas vacías y en el anterior Pájaros en la boca, para interpretar las historias que componen El buen mal. Al seguimiento de esta idea del cuento, bien desarrollada y mejor defendida desde la más pura ficción (algunas leves referencias biográficas se recogen al final del libro), la narradora argentina aporta una escritura sólida, sintética, concisa y personal.
Una de las enfermedades del hombre actual tiene que ver con los problemas de comunicación. A su vez, esa misma comunicación es la base de las relaciones humanas. Sobre estas dos ideas, la dificultad que tienen los personajes de estas historias para comunicarse y el papel trascendente que esta incapacidad tiene sobre dichas relaciones, pivotan estos relatos. Unas relaciones que son el resultado de la tensión entre el aislamiento que sufren quienes están condenados a relacionarse y la necesidad que tienen de establecer un vínculo (o de no perderlo), entre el deseo de ayudar o solidarizarse entre ellos y el extrañamiento o la confusión de unos con respecto a otros. La autora, heredera de Raymond Carver o Flannery O’Connor, acaba por condensar con maestría estas dualidades en narraciones que transcurren en varios tiempos: sus personajes necesitan regresar al pasado desde un presente perturbado porque, precisamente, en ese tiempo remoto erraron en algo muy íntimo que, mediante ese viaje temporal, aspiran a reparar.
La difícil comunicación de los adultos con los niños en varios relatos, entre una mujer y un extraño vecino que conoce su tentativa de suicidio en «Bienvenida a la comunidad», el primer cuento; entre la madre de un niño que muere en un extraño accidente y la narradora a la que llama décadas después para que le cuente su última noche; entre un padre y un hijo que tras un accidente doméstico pierde la voz en «El ojo en la garganta»; entre dos niñas descarriadas y una poeta alcoholizada que ve en ellas la inspiración a su mutismo poético en «La mujer de Atlántida»; el bloqueo de la protagonista del último relato frente a un intruso descontrolado —pero también con respecto a su hija— que la amenaza con una pistola en su propia casa. La complejidad de establecer una comunicación fluida en el curso de todas estas situaciones que, con origen o destino en una tragedia, cabalgan a vueltas con el dolor o la culpa como pago a la supervivencia.
A la célebre idea de Piglia, Schweblin contribuye introduciendo en sus historias lo anómalo, lo fantástico, el enigma: las llamadas telefónicas desde el pasado de «El ojo en la garganta», el caballo al que parece que transmigra el alma del niño que muere al precipitarse desde una cornisa en «Un animal silencioso», el gato muerto que se aparece en «William en la ventana», el misterioso disparo que suena en «El superior hace una visita». Colocadas en cada cuento de una manera sutil por la autora, solo los personajes creados por ella son capaces de percibir esas cosas que permanecen ocultas para la mayoría de la gente. Solo a ellos se les permite cruzar el espejo sin romperlo, situarse fuera de la normalidad establecida, en ese espacio que, visto desde afuera, se parece un poco a la locura, pero donde de pronto se encuentra la solución a lo que buscamos. Hay algo fascinante en la tensión existencial que Schweblin crea a través de esas fuerzas invisibles que interfieren en los miedos, en las culpabilidades, en las reacciones y sensaciones de unos personajes que acaban dudando de su capacidad para interpretar correctamente la realidad y para discernir lo que sucede de verdad de lo que es creado por la imaginación. Y quizá eso explique la atmósfera onírica de unos relatos en los que la narradora argentina vuelve a demostrar sus dotes para explorar los modos en que se sobrevive a la tragedia.
¿Cuánto hay de bueno en lo malo?, se pregunta Samanta Schweblin en el título. «No hay mal tan malo del que no resulte algo bueno» se leía ya en la historia del pícaro Guzmán de Alfarache. Un refrán popular que transmite una visión optimista de la realidad, la idea que, de una contrariedad, se puede extraer algo bueno, de que hay una oportunidad, ya sea en forma de sueño, de apego o de cuidado, de aparición fabulosa e inesperada, de reparadora despedida a un padre moribundo o del vulgar arreglo de una lámpara como compensación al delito. Gracias a esos resarcimientos, tras derivas trágicas e imprevistas, los relatos acaban en un estado de calma, en una especie de paz o de relajación de sus protagonistas.
El buen mal (Seix Barral, 2025) | Samanta Schweblin | 208 páginas | 19,90 euros.