
JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | La aparición “inesperada” de otro libro de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barceona, 2003) nos pone en principio a la defensiva. Tras la edición, hace justo un año, de Los detectives salvajes ilustrada por el artista argentino Luis Scafati, nos llega ahora la publicación en Alfaguara de una amplia selección de sus entrevistas. Una recopilación que no es del todo novedosa, puesto que hace veinte años, en 2006, se editó en Chile la obra Bolaño por sí mismo (Ediciones Universidad Diego Portales), un volumen también de entrevistas admirablemente escogidas y armadas por Andrés Braithwaite (para él escribió Bolaño la mayor parte de sus columnas periodísticas) que constituyó el primer intento crítico por reunir y ordenar un material que andaba disperso en distintos medios de comunicación. El libro se convirtió en una herramienta imprescindible —no sin razón se considera un libro más de Bolaño— para que lectores e investigadores pudiesen acercarse a la personalidad y al ideario del escritor chileno. Tras la publicación póstuma de 2666, Bolaño se había convertido en uno de los narradores fundamentales de la generación posboom latinoamericana. Y aquel libro de Braithwaite resultó una inmejorable “introducción”, entretenida y amena, pero también trascendente, acerca de su vida y de su obra. Llevaba, además, un magnífico prólogo —uno de los textos más clarificadores que sobre el chileno se hayan escrito— del mexicano Juan Villoro.
Por desgracia, el libro no tuvo el recorrido que merecía y ni siquiera llegó a circular en España. Jorge Herralde, su editor mientras el autor chileno vivió, se hizo con los derechos, pero cuando ya estaba en proceso de producción recibió un conminatorio burofax en el que se le avisaba de la rotunda oposición de Carolina López, su viuda, a que Bolaño por sí mismo viera la luz en nuestro país. La razón: Braithwaite hacía, sin llegar a citarla, una muy velada alusión a la última pareja de Bolaño, Carmen Pérez de Vega —“una dama castellana prácticamente insobornable”, decía— en una breve nota de agradecimientos.
El libro cancelado reunía un buen número de las entrevistas que Bolaño concedió a diarios, revistas o televisiones en Chile, México, España y otros países. Prácticamente todas iban de 1998 a 2003, los seis años que van de Los detectives salvajes hasta su muerte, los años de su consagración literaria. La última que Andrés Braithwaite recoge es la que Mónica Maristain le hizo para la edición mexicana de Playboy en julio de 2003. Bolaño por sí mismo no era solo un exhaustivo trabajo de búsqueda y recopilación, sino un ejemplo brillante de cómo editar es también pensar. Braithwaite convierte las entrevistas seleccionadas en un verdadero tejido argumental. Divide, tras el prólogo de Villoro, el volumen en tres partes. En la primera, “La literatura o la vida”, selecciona las once entrevistas que considera más significativas. La segunda sección, “Balas pesadas”, recoge fragmentos de otras tantas conversaciones (con sus referencias bibliográficas) evitando reiteraciones sobre aspectos de la biografía y del trayecto literario de Bolaño. La última parte, “Diálogos digitales”, reúne dos encuentros vía internet del escritor chileno: uno con Rodrigo Fresán y otro con Ricardo Piglia. El libro se completa con varias fotografías del autor chileno, solo o en compañía de sus amigos.
¿No bastaba con este Bolaño por sí mismo y con las innumerables entrevistas que circulan por la red? ¿No había dicho ya en ellas el escritor chileno todo, una y otra vez? ¿O, por el contrario, había material inédito para esta nueva edición, entrevistas que no se conocían hasta ahora? ¿Iba a depararnos, en ese sentido, este Notas para una autobiografía alguna sorpresa extraída de ese archivo bolañesco tan celosamente custodiado por sus herederos? Todas las respuestas a estas preguntas son decepcionantes.
Lo cierto es que el material con el que Braithwaite trabajó en 2006 y el utilizado dos décadas después es prácticamente el mismo. La diferencia radica en el planteamiento y en la ejecución final del libro. En el caso de Bolaño por sí mismo, el editor logra que este se lea como una obra unitaria y en las Notas para una autobiografía, no. En realidad, las virtudes pueden ser las mismas: las provocaciones, las salidas de tono, las bromas, las afortunadas desmesuras, las rarezas, están en uno y otro libro. En ambos aparece el espíritu polémico y contestatario de Bolaño como una de las características señaladas de su personalidad: “La unanimidad me jode muchísimo”, dice; “cuando veo que todo el mundo está de acuerdo en algo, cuando veo que todo el mundo anatematiza algo a coro, hay algo a flor de piel que me hace rechazarlo” (pág. 204). En las dos ediciones, las contestaciones contribuyen a crear la imagen de un Bolaño convertido en escritor rebelde más preocupado por desafiar un cierto estado de cosas (vital, político, literario) que por elaborar un pensamiento crítico coherente y profundo sobre la literatura o el campo literario (lo que no quiere decir que no lo tuviera).
En uno y otro caso, la figura que Bolaño construye de sí mismo debe mucho al espíritu infrarrealista de su juventud en México, a la importancia que atribuye a la fusión entre la vida y la obra y a su visión de la literatura como un combate: “La literatura se parece mucho a la pelea de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura” (pág. 90). En este sentido, es evidente su pretensión de destacar aquellas experiencias vitales que más se ajustan a esa figura de outsider: su condición de letraherido, de fundador de vanguardias literarias y de inmigrante, expatriado y errabundo, que ha atravesado momentos de pobreza, de marginalidad, de discriminación o de exclusión.
En las entrevistas, Bolaño se presenta como un gran conocedor de la tradición literaria, respetuoso de los escritores que admira —Borges, Parra, Lihn, Cortázar— y crítico y mordaz con los que rechaza: la narrativa chilena de su generación, Allende o Gabriela Mistral. En ese sentido, la ironía y el humor son trazos decisivos de su personalidad que van deslizándose a través de estos diálogos con entrevistadores que renuncian a colocarlo en situaciones incómodas (ya lo hace él en sus respuestas) o a hurgar en episodios oscuros. Humor e ironía que funcionan a veces como contrapunto a esa visión melancólica que Bolaño tiene de la existencia conforme se avanza en la lectura.
Para el seguidor de todo lo que se publique acerca de Bolaño, el libro es un banquete donde abundan las referencias y se pone de manifiesto su interés por el oficio. Reúne, de nuevo, no solo un archivo indispensable para seguir pensando al escritor chileno, sino también una cartografía afectiva y política de los lugares donde vivió, donde resistió y narró. Organizado cronológicamente, estas conversaciones pueden leerse, como señala el título, como una autobiografía sentimental. Su lectura continua hace que los lectores perciban en sus respuestas los cambios vitales del escritor, de sus intereses, de su pasión por la poesía antes de consagrarse en la novela, de su paso de Chile a México y de México a Cataluña, de su progresiva visibilidad pública y de la evolución de su enfermedad. Notas para una autobiografía funciona como una radiografía íntima hecha a contraluz: en cada entrevista, al margen de los entrevistadores y del agendismo en muchos de ellos, aparece ese sujeto irreverente y tierno, punzante y sentimental, capaz de convertir su propia vida en estética, política y literatura.
No obstante, para los que hemos leído Bolaño por sí mismo, Notas para una autobiografía es un libro innecesariamente engordado. Sus más de 400 páginas vuelven a reunir los diálogos de Roberto Bolaño en distintos medios de comunicación, pero sin el cuidado que una nueva edición merecía. La publicación de Alfaguara no solo desconoce el antecedente de Braithwaite, sino que adolece de defectos editoriales evidentes: la omisión de algunas entrevistas relevantes (la citada de Maristain no se incluye al parecer por decisión de su autora, fallecida en diciembre de 2025, pero siendo la última su ausencia no se señala en ningún sitio), el hecho de que nadie firme una nota inicial iluminadora (en otras reediciones de Bolaño Alfaguara ha contado con prólogos, bien es cierto que desiguales, de escritores como Jorge Volpi o Lina Meruane para introducir las obras), la ausencia de material significativo o desconocido, la falta de un índice que facilite la consulta puntual de las entrevistas o de un índice onomástico para localizar rápidamente nombres propios de las personas y personajes mencionados. Uno siempre espera que la vuelta sobre un mismo material, las entrevistas de Roberto Bolaño, mejore la inmersión anterior y resuelva las carencias de entonces si es que las hubo. Sin embargo, salvo la inclusión —ya circulaban publicadas en la red— de las entrevistas del propio Bolaño a tres autores estridentistas (Arqueles Vela, Maples Arce y List Arzubide) y al narrador chileno de los sesenta Poli Délano en noviembre y diciembre de 1976, nada hay ciertamente especial en estas Notas para una autobiografía. Tan solo la oportunidad perdida si la intención era enriquecer la bibliografía de uno de los autores más lúcidos e indomables de la literatura latinoamericana, dando a esta no tan nueva compilación de las entrevistas que concedió, un sentido y un aporte inédito y diferente del que ya existía.
Notas para una autobiografía. Entrevistas 1975-2003 (Alfaguara, 2026) | Roberto Bolaño | 448 páginas | 23,90 euros.