
ELENA MARQUÉS | «Todo lo que de puro y noble y bueno buscamos en la vida, ya lo ha tenido el niño. De ahí en adelante todo será mancha y pérdida».
¡Qué mejor descripción de esos primeros años de nuestras vidas, de la pureza de la infancia, cuando nada ambicionamos y se extiende el futuro prometedor e infinito! ¡Qué hermosas palabras sobre la sabiduría de lo sencillo las que el poeta Juan Peña Jiménez dedica, como prologuista, al último libro de José Cenizo Jiménez! ¡Y cuánta verdad en ese salvado contraste entre aquel mundo que ahora nos parece soñado y los recuerdos que rescatamos de él! Porque ese mundo, el pueblo sevillano de Paradas, batido como Macondo por los embates del tiempo y la intemperie, permanece, sin embargo, intacto en estas páginas de Antes del provenir. Se hace, como los padres de Pepe, presentes en toda la obra junto a una población con nombres propios, origen y eternidad.
Compuesto por breves fragmentos en prosa al modo del Ocnos cerduniano y dividido en cuatro secciones bien diferenciadas, «El tiempo y el pueblo», «Jugando a vivir», «La casa familiar» y «Almas del pueblo», se presentan las escenas como luminosos fotogramas donde el autor se observa a sí mismo como el niño que fue. Con ese difícil pero logrado juego de guardar o rebajar las distancias para contener la emoción consigue Cenizo no caer en la sensiblería, tal como señala el texto de la contraportada a cargo de Eloy Sánchez Rosillo. En su lirismo, logra una serena contención sustentada en la naturalidad del ritmo y el léxico claro, donde se desliza algún término propio de las labores del campo, entre el cultivo del algodón y el maíz y la recogida de la aceituna, de ese mundo rural idealizado en su justa medida, pues el poeta (he dicho bien) sabe de sus rigores al proceder de ellos, al crecer y quizás huir y siempre volver a su pequeña patria.
Por eso el libro empieza con el tiempo, porque no otro es el protagonista de la vida, y también de la literatura. El milagro de la palabra consiste precisamente en eso: en que podamos palpar lo que solo es soplo inestable, anclar con un número limitado de siglos visiones, sensaciones, emociones para vivir y explicarnos. La palabra es herramienta para la memoria, escudo contra el olvido, eternidad del aire.
Pero no piense el lector que va a encontrar un cúmulo de reflexiones sobre la existencia y la muerte con ambición filosófica. Antes del porvenir fija sus ojos en los pequeños detalles, que, sin saberlo, significan la verdadera felicidad. Así lo anuncia en uno de los primeros fragmentos, titulado precisamente «La memoria»: «La memoria es una alforja donde depositamos aquello que salvamos del olvido. Más que grandes acontecimientos, importa lo pequeño, el detalle. Ahí está la esencia de la memoria, quizá de la vida».
Por eso los juegos (las canicas, el trompo, los futbolines), las botas de agua para la lluvia, el paso del heladero, el aullido del viento, la visita del cartero, las fiestas en el palomar o la llegada de los Reyes Magos se convierten en verdaderos acontecimientos plenos de significado y nostalgia. Y la repetición de los ritos («Los tambores de Semana Santa»), los símbolos del verano (la sandía, «redonda forma del gozo»), acentúan ese paso del tiempo y su carácter circular y, por ello, mítico.
Pero si todos esos pequeños detalles permanecen y cobran vida, aún más las personas que conforman en verdad el pueblo. Paradas no es un conjunto de casas. Tampoco la leyenda negra de su famoso e inexplicado crimen. Es la vida que alberga, desde las lagartijas y las periódicas golondrinas hasta las manos del padre, los vecinos más próximos, los amigos, con sus dolores y sus muertes. A ellos dedica las dos últimas secciones de un libro construido con un orden exquisito por mucho que la memoria sea traicionera y nos asalte con recuerdos caprichosos. Ahí aparecen sus seres queridos representados en objetos que conservan su esencia: el delantal de la madre, el quicio de la puerta, la mesa camilla, «donde sucedían las cosas»…
Y eso que aquí, en Antes del provenir, con esa doble referencia temporal ancha y contradictoria, el tiempo se detiene para la contemplación y el sentimiento, para el canto de la Pastora y de Miguel Vargas. Para que el niño que fuimos recuerde su propia Paradas, su infancia común pura y noble y buena. Para que descubramos nuestro origen y nuestra eternidad.
Antes del porvenir (Ayuntamiento de Paradas-Diputación de Sevilla, 2025) | José Cenizo Jiménez | 100 páginas | Edición no venal