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¿Otro libro sobre Semana Santa?

RAFAEL ROBLAS CARIDE | Hoy en día cualquiera es periodista. Basta crearse una cuenta de twitter (ahora x), rellenarla de contactos y ponerse a enviar como freelance al ciberespacio bulos sin contrastar con tratamiento de exclusiva. En el romanticismo quedaron las redacciones viciadas por el humo del tabaco, la mirada tensa ante el teletipo traicionero, el perseguir la noticia al filo de la calle. También quedan en el ayer los grandes profesionales de la pluma: aquellos periodistas de raza que aporreaban la máquina de escribir –o el teclado del ordenador– hasta ordeñarle su último jugo. ¡Cuántos grandes escritores ha dado la historia del periodismo español! Sin remontarme a Larra, pronuncio César González Ruano y me pongo a llorar al compararlo con los niñitos blandos que salen ahora de la Facultad con aires de sabelotodo. Y también con faltas de ortografía. ¡Total, si hasta Juan Ramón Jiménez escribía nostaljia! Y se quedan tan panchos…

Por eso, cuando uno lee a un tal Jorge Bustos –subdirector de El Mundo– aprecia en su justa medida aquello que, como el valor en el ejército, se le supone también al periodista: una aceptable manera de expresión acorde con la profesión que ejerce. Y a fe que este tío escribe bien. Bastante bien. Pero hasta aquí el destripe, o el spoiler que dicen los modernos; porque hemos venido a reseñar un libro y no a reflexionar sobre el crítico estado en que se encuentra tanto el periodismo patrio como local. Un libro sobre Sevilla. Un libro sobre sus cofradías. ¿Otro libro más?

El pretexto es la primera Semana Santa después de la pandemia de COVID. La primavera de 2022 arriba a la ciudad y, con ella, el periodista Bustos desciende desde allende Despeñaperros para tratar de desentrañar sus misterios y los arcanos más recónditos de la capital andaluza. Como bien desarrolla Juan Bonilla en su extraordinario prólogo, tres han sido frecuentemente los modos de afrontar literariamente su fiesta mayor: “uno, los libros escritos con voz queda, íntima, hacia dentro; dos, los libros pomposos, adscritos a la exageración y con el tambor como instrumento más fino; tres, los libros externos, los que acogen la mirada de quienes pasan por Sevilla y, aunque se vayan, de alguna forma se quedan en lo que la ciudad les ha hecho escribir”. La pena alegre se adhiere rotundamente a esta última tendencia, a la estela de Joseph Peyré, de Roberto Arlt, de Eugenio Noel. Mas, por el agudo instinto de su autor y por la fineza de su prosa, igualmente la podríamos igualar con otros títulos paradigmáticos del primer grupo, emparentando de este modo con Antonio Núñez de Herrera, con Joaquín Romero Murube, con Rafael Laffón. Rara avis, pues, donde no cabe mayor piropo para el que lo sepa entender.

Porque estas Crónicas sevillanas de la Semana Santa –crónicas sentimentales, podríamos remachar– van más allá del recorrido visual de una semana plena de emoción y espectáculo. La pena alegre puede definirse como un breve ensayo sobre la naturaleza y el ser de la ciudad, con el valor añadido de que sus razonamientos están previamente neutralizados por la objetividad del foráneo.

Mirad y ved ese puñal de orfebrería que se clava en el pecho de la Virgen. Dolor y gloria, metáfora acabada de una fiesta cristiana y pagana, sacrificial y hedonista. En el puñal que lleva metido la Esperanza se cifra el sentido profundo de la Semana Santa sevillana que actualiza la advertencia de Gide: nada es más profundo que la propia piel. De esa íntima quemazón nace el flamenco, de la arrimada al pitón surgen los buenos toreros y de las lágrimas calientes de la madre ante su hijo muerto brota la fe barroca de Andalucía. O entendéis esta paradoja que cose el tacto al espíritu o no entendéis la lección que quiere daros abril cuando se pone sevillano.

Dolor y gloria en comanda. “A la gloria, sevillanos, se va por el dolor” comenzará el opúsculo sin ningún tipo de disimulo, perforando el alma de la ciudad como ningún otro observador. Y tras esta advertencia, el desarrollo no lineal de la Pasión según este pueblo tan singular, que celebra la Semana Santa desde antes de Jesucristo en la carne pagana de Astarté. De Domingo de Ramos hasta Domingo de Resurrección. De este modo, Campos caminará de la mano del ínclito Carlos Herrera y de su séquito de amigos candelarios –hermanos de la Candelaria en la traducción al profano– por las calles de esta Jerusalén andaluza sorteando nazarenos y pasos al azar, aprendiendo y aprehendiendo en el aire espeso de azahares las claves de la celebración, fundiendo cuerpo y alma con la bulla indefinida:

El momento, vivido de cerca, es impresionante. Y justifica los empellones de la policía y la vergüenza de colarse entre los ciriales para ver llorar a los cofrades que llevaban dos años esperando este aquí y este ahora. No nos consideramos gente sentimental, y sin embargo la orilla del paso despide una gravedad intimidante que nos anega. Hombres, mujeres y niños, más de mil niños bajo su capirote blanco distribuyendo orgullo y caramelos, aprendiendo el rito que legarán a sus hijos dentro de tres décadas, como sus padres hicieron con ellos.

La semana avanza luego con la lluvia como protagonista para renacer en su meridiano, en vísperas de los días grandes. Y el visitante entonces aprovecha para lanzar la caña y diversificar la pesca. Aquí el barrio de Santa Cruz y sus locales hosteleros con ínfulas literarias de Tenorio y camareros obsequiosos ad limitum (“Con tal de que no se me vaya soy capaz de tumbarme yo ahí debajo [de la mesa coja]”); allí la magnífica Casa de Pilatos, palacio-hogar de los duques de Segorve, donde “sus muros abrigados por un sofisticado fular de buganvilla te gritan tu insignificancia a cada paso”. Y procesiones, muchas procesiones –una vez librados los escollos– en esta “Castilla del Sur”, para eclosionar en la Madrugada única en la que el Gran Poder y la Macarena transitan por la Campana dejando atónito al periodista. Sin palabras ni razones.

Oímos expresiones de aprobación a través de los respiraderos. Suena la señal y la Macarena sube al cielo para caer con violencia sobre los cuellos penitenciales de los costaleros. Todo el paso tiembla, toda la ciudad aplaude, // La Madrugá no ha llegado aún a su ecuador y el cronista se palpa las costillas. Él quisiera ser preciso, narrar sin clichés lo que ha pasado, cuantificar sin excesos lo que ha sentido. Apenas ha empezado a decir de ti, Sevilla, todo lo que debería decir.

Y, efectivamente, el cronista yerra al haberse sincretizado de tal modo con la ciudad que ya son suyos también sus defectos. Y la hipérbole lo vence. Y cree que una simple parte se ha transmutado en un todo que absorbe por ósmosis las mil Sevillas diversas que conviven en una misma Sevilla de mil fauces. Pero se le perdona. A Campos se le perdona que obvie la urbe perimetral del Vacie o las Tres Mil. O el ateísmo recalcitrante del estudiante de Alcosa. O el lánguido exilio por el que opta la familia del Aljarafe que toma posesión el Jueves Santo de su adosado en Matalascañas. Al fin y al cabo, son pecados de principiante que absuelve la Semana Santa. También la Feria.

Lo que no se le perdona a Bustos es que prefiera vivir un Viernes Santo entre los tristes muros de un tablao flamenco. Tristes, al fin y al cabo, porque ningún fandango kitsch justifica que una persona de orden pueda perderse el regreso del Cachorro por el puente (“Quién te trajo hasta mí, quién levantaba / tu belleza, tu cuerpo como un río, / lanza de luz nocturna en el costado…”). O a Monserrat por Molviedro. O a la Mortaja por Doña María Coronel en esa leyenda de Bécquer rediviva que es el entierro de Cristo emergiendo desde el compás del ex convento de la Paz. ¿Acaso no te previno el Herrera? ¡Pecado mortal de lesa sevillanía!

Mas dulcificaremos el tono con él, al habernos calado de lleno antes de abandonarnos y retornar a los madriles. Los sevillanos “son los del cliché y son los que se ríen del chiché. Son hospitalarios con el cronista hasta el aturdimiento, y sin embargo no se privarán de recordarle la desgracia de no haber nacido en Sevilla” escribe el cronista en su última entrega, para concluir que la sevillanía “es una exageración muy medida, una disposición teatral que pisa con idéntico garbo los terrenos de la hipérbole como los del eufemismo, los de la sorna y los del respeto”. Análisis certero como una radiografía del alma. Nada que añadir. Como todo lo que sigue a continuación, incluido aquello de que en nuestra amada –y paradójica– ciudad “puede haber esperanza en la desdicha, que hay trombas de luz tras las de agua y la misma calle huele a incienso y meado”. Touché, maestro. Sobre todo durante los siete días de nuestra Semana Santa que tantas desdichas camufla bajo el socorrido terciopelo de los antifaces.

Por esto, y por mucho más, La pena alegre que ahora edita Renacimiento es algo más que la compilación de aquellas crónicas periodísticas publicadas por Jorge Bustos en el diario El Mundo durante el desarrollo de la histórica Semana Santa sevillana de 2022. Al fin y al cabo, bajo su modesta apariencia de obra minúscula y circunstancial, se esconde una ya indispensable aportación que resultará muy necesaria para intuir el alcance de la celebración religiosa más importante del sur de occidente en el futuro. Y, además de alternar filosofía, antropología, lírica y periodismo, está magníficamente escrita. Por eso, quizás, pasará desapercibida en esta ciudad nuestra de desastres y desvaríos. Otra vez más. Qué le vamos a hacer. El sevillano también es así.

La pena alegre (Renacimiento, 2025) | Jorge Bustos | 74 páginas | 13,90 euros.

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