
ALEJANDRO LUQUE | Cuando el 22 de julio del año pasado se anunció el fallecimiento de Ozzy Osbourne, las redes se llenaron de mensajes de condolencia como solo sucede con las grandes estrellas. Debo decir que esa reacción me sorprendió menos que la noticia en sí, pues el cantante había esquivado tantas veces la muerte que empezaba a parecernos eterno. En cuanto a las desmedidas expresiones de dolor, daban una idea de la trascendencia del personaje, mucho más allá de la parroquia metalera que siempre lo veneró. Ozzy se había convertido en un icono popular a nivel global, especialmente a partir del éxito del reality show ‘The Osbournes’, un remedio de la familia Addams protagonizado por él mismo, su esposa y sus hijos.
Incluso los analistas de los medios insistieron tras su muerte en las facetas más extravagantes de su vida, empezando por la famosa paloma decapitada de un bocado, el murciélago vivo igualmente mordido sobre el escenario o los célebres excesos revelados por sus amigos de Mötley Crüe en ‘The dirt’: esnifar una columna de hormigas, lamer la orina recién vertida en el suelo por Nikki Sixx… En fin, Ozzy era sinónimo de vida al límite, adicción a todo tipo de sustancias y locura sin freno, mientras que, paradójicamente, se hablaba muy poco de su música. Pero Ozzy había producido mucha, y muy buena. Primero, como cantante de Black Sabbath, banda a la que se atribuye la paternidad del heavy metal, y más tarde con una brillante carrera en solitario, llena de discos maravillosos en todas sus etapas, revelando de paso un talento excepcional para rodearse de buenos músicos.
Hago esta larga introducción para explicar que llegué al libro póstumo del cantante, Últimos ritos, con ciertas prevenciones. Demasiados productos de este tipo son catalogables como catecismos para fans o discursos para convencidos, trufados de anécdotas hagiográficas y efectistas. También era consciente de que el de Aston ya había publicado una biografía bastante completa, Yo soy Ozzy, por lo que cabía la posibilidad de que se tratara de una simple repetición de sus hazañas con algún piadoso añadido, un refrito oportunista, al socaire de su desaparición. No digo que Últimos ritos se libre por completo de esos riesgos, pero puedo asegurar que su lectura vale la pena.
Empezaré advirtiendo de que las viejas historias aparecen una vez más: los episodios de la paloma y el murciélago; el intento de estrangular a su mujer, Sharon, en medio de una crisis psicótica; sus desavenencias con los viejos colegas de Black Sabbath; sus legendarias melopeas, y por supuesto la tragedia de la que nunca se recuperó: la muerte de su guitarrista Randy Rhoads en un estúpido accidente de avioneta… Lo interesante aquí no es tanto lo que cuenta, sea más o menos conocido, sino el lugar desde donde lo cuenta, que no es otro que la vejez. Y no una vejez cualquiera, sino la de un rockero que se ha pasado tres pueblos durante décadas, con el considerable deterioro físico y mental que ello implica.
A esto se van a añadir todo tipo de males, desde una infección de estafilococos o un aparatoso frenazo en el que le cayó encima un quad, a la aparición estelar del mismísimo Covid-19 (¡supuestamente provocada porque alguien se comió un murciélago!), pasando por toda suerte de intervenciones quirúrgicas y tratamientos. Todo ello se va contando en un tono entre testamentario y jocoso, y con un estilo divagatorio en el que las referidas anécdotas y otras muchas se van injertando sobre la marcha, sin avenirse a ninguna cronología concreta.
Sin ánimo de destripar mucho más el contenido, adelantaré que el lector puede sorprenderse con la enumeración de algunos de los discos favoritos de Ozzy, así como de algunas jugosas anécdotas en torno a compañías tan ilustres como los AC/DC, Led Zeppelin, Motörhead, o Guns’n’Roses. Se asomará, al menos un poco, al proceso de creación de algunas canciones y discos memorables, y también –al menos un poco– a la intimidad del personaje. Pero sobre todo se dejará llevar por una narración amenísima, pasando fácilmente del estupor a la carcajada.
De hecho, y toca ya decirlo, tengo mis serias dudas de que el propio Ozzy haya escrito Últimos ritos. Las celebridades suelen apoyarse en escritores profesionales para que se hagan cargo de sus biografías, aunque luego solo unos pocos aparezcan reconocidos como autores. Cuesta creer que aquel Ozzy asediado de dolores y enfermeras se tomara un año y medio o dos para escribir estas 300 páginas, pero más aún para trazar la sutil arquitectura del relato, o combinar el tono malhablado de viejo rockero con una prosa fresca, fluida y aguda. Todo es posible, claro, pero no querría dejar de felicitar al verdadero autor, sea quien sea, por su magnífico trabajo. Aunque los suplementos culturales al uso nunca lo reconozcan, este libro es como el Hanif Kureishi de A pedazos, pero mejor.
Es cierto que a veces el narrador peca de jactancioso, repitiendo las mansiones y los coches que se ha comprado. O de moralista, recalcando sus arrepentimientos y recomendando a la juventud que no tome su ejemplo. Pero la voz que nos habla, y este es otro logro del autor, sea Ozzy o su amanuense, nos resulta esencialmente honesta. La voz de alguien que ha vivido el cambio de la industria musical entre dos siglos desde dentro, que podría haber sido uno de tantos náufragos urbanos de la Inglaterra industrializada, pero a quien la suerte le tenía reservada una vida de película, e incluso el final soñado de un maravilloso concierto (¡in extremis!) de despedida. Alguien que se maltrató a sí mismo cuanto pudo, pero que a los 70 años hubo de sobrellevar con la mayor dignidad achaques, contratiempos y postraciones.
La verdadera grandeza de Últimos ritos reside en contar la trastienda de la vejez en una estrella de rock, esa decadencia que ni todas las luces ni todo el maquillaje del mundo pueden ocultar indefinidamente. Y ahí se nos revela ese Ozzy que, millonario y todo, rompe una lanza por la sanidad europea, universal y de libre acceso, frente al sistema americano, que trata al paciente como cliente y endeuda hasta las cejas a los enfermos y sus familias, cuando no lo estafa directamente. Un motivo, uno más, para simpatizar con este ídolo que nos deja un testimonio impagable de su paso por la Tierra, pero que deja en el aire una incógnita: ¿Ha acabado Ozzy en el cielo, o en el infierno?
Últimos ritos (Cúpula, 2026) | Ozzy Osbourne | Traducción de Fernando Gari | 304 páginas | 25.95 euros