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Para hacer Literatura son precisos varios ingredientes

ELENA MARQUÉS | Para hacer Literatura son precisos varios ingredientes. Hay quienes la alimentan de dolor; muchos beben de sus propias vidas. Ni una cosa ni otra garantiza un buen resultado. Ni siquiera el conocimiento exhaustivo del lenguaje, aunque es algo que contribuye al enriquecimiento de la creación y se agradece. Tampoco una estudiada estructura que haga traslucir la erudición narratológica de quien escribe la historia es aval suficiente.

La playa de Marina Perezagua, Premio Ciudad de Estepona 2023 y publicada por Pre-Textos el año pasado, tiene, por lo que yo sé, mucho de biográfico y otro tanto de aflicción. También una fórmula fragmentaria y un tono confesional que nos aproximan a la literatura diarística, aunque caben, entre las muchas reflexiones personales, descripciones de contenido médico, científico, histórico, biológico y sociológico de una gran precisión y agudeza que nos hablan de un gran dominio lingüístico. Pero por lo que capta de inmediato al lector que se atreve a acercarse a sus orillas es por la absoluta autenticidad que emana de sus páginas, una verdad alimentada por el estilo personal de Perezagua, que es capaz de embellecer el más terrible de los padecimientos y contar tantas cosas a través del espacio en blanco.

Dividida en ocho bloques, con breve pero reveladora advertencia previa («Una petición», «Contexto») del tema que va a plasmar en sus páginas, de las tres personas que van a caminar por sus arenas, asistimos al crecimiento extrauterino de una niña desde las veinticinco semanas, cuando se produce el parto accidentado/inducido de la criatura, a las treintaicinco, momento en el que lo que antes fue un feto se convierte por fin y verdaderamente en MiNiña; algo que la narradora-protagonista celebra como un milagro y con una oración (me voy a permitir llamarlo así) de agradecimiento. En ese recorrido, la voz en primera persona del trasunto de la autora, que utiliza su propio nombre (de ahí, como digo, la carga emocional y la verosimilitud con que la novela se reviste) y en muchas ocasiones se dirige a su hija, se plasman recuerdos de infancia dirigidos especialmente a su madre y a un acontecimiento familiar doloroso, la muerte de una prima en la playa, ese espacio intermedio entre la vida y la muerte (el mar tiene siempre esa carga simbólica) que no siempre nos conduce a la calma y que, en este caso concreto, se materializa en el sentimiento de culpa.

He de advertir que este no es un libro para todos los ojos ni todos los corazones. Pusilánimes del mundo, absténganse de leerlo. Lectores deseosos de aventura, busquen otros volúmenes en los que perderse. Si antes he enumerado apenas dos ingredientes para hacer brotar la literatura, es el momento de descomponerlo en sus dosis. Porque en esta playa hay mucha incertidumbre, como suele ocurrir cuando el espacio en que se desarrolla la historia es un hospital. Hay, precisamente por eso, cierta claustrofobia, al no salir prácticamente de esos muros salvo en los explicativos saltos al pasado. Hay mucho miedo al error, a asumir responsabilidades (cada nueva intervención en ese cuerpo frágil ha de pasar por un ciego consentimiento). Hay una definición real de la maternidad («Ser madre es algo que no se entiende si no tienes hijos. / Ser madre es algo que no se entiende si tienes hijos. / Ser madre sólo se entiende cuando estás perdiendo a uno»). Hay mucho resentimiento, mucha soledad, lo que crea en el lector una incondicional empatía hacia quien se abre con tanta libertad a nuestros ojos y confiesa su deseo de recuperar a su madre ausente.

Porque, y eso es quizás lo mágico, por encima de todo (parezco imbuida por san Pablo) se respira el amor. Yo diría que es el sentimiento predominante en todo el libro. El amor por ese nuevo ser que se debate entre la ceguera y la normalidad, cuyo corazón se detiene en demasiadas ocasiones. El amor de un equipo médico que va más allá de sus tareas profesionales y que, entre otras cosas, le sirve a la narradora para reivindicar el «idioma de las muertas» y la oficialidad lingüística de la compasión. El amor previo de Marina en su deseo de ser madre, con sus sangrantes desilusiones cuando el embrión, como se dice vulgarmente, no llega a cuajar. Y, aunque no lo entendamos, el amor hacia una madre misteriosamente cruel y distante de la que solo me permito dejar estas palabras porque me resultan reales y cercanas: «Mi madre siempre vence por el drama. Esa es su estrategia. Mi madre cree que puede cambiar la realidad a su favor gritando y llorando».

Quien lea cosas como estas puede pensar que Marina, la narradora encerrada en un hospital, la joven superviviente en manos de las horas, ha utilizado este libro como un acto de venganza. A mí, la verdad, no es algo que me quite el sueño. Porque la Literatura (otro ingrediente más, siempre a mi humilde parecer) también nos sirve para conocer y conocernos, para encontrar en las historias ajenas nuestras propias historias. Para mirarnos en su espejo. Y, eso es igualmente verdad, para seguir alimentando nuestras preguntas y nuestras dudas, nuestra fragilidad y nuestra extrañeza. Para seguir siendo hombres.

La playa (Pre-Textos, 2024) | Marina Perezagua | 336 páginas | 25,00 euros

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