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Pastillas para no dormir

JORGE ANDREU | Tiene la literatura de Isaac Rosa una gran virtud que trasciende lo meramente literario. Cada vez que aparece una novela nueva –es decir, cada dos, tres o cuatro años más o menos–, sea cual sea su tema, enseguida el público se echa a hablar sobre aspectos que van más allá de la propia obra literaria. Pasó cuando nos dimos cuenta de los pequeños miedos cotidianos que invadían nuestro día a día, pasó cuando nos pusimos a pensar en los límites éticos del comportamiento humano cuando se da rienda suelta a la imaginación, pasó cuando a las relaciones de pareja se les veían las costuras y pasó cuando la incertidumbre por los robos e invasiones aumentó el número de alarmas en el hogar. Tiene interna esa semilla que florece más allá de lo estrictamente literario, ya se trate de un argumento sólido o imprevisible, ya de una técnica novedosa, de carácter narrativo-ensayístico o memorístico. Todas las novelas de Isaac Rosa, sin excepción, sacan a relucir otras cuestiones de hondo calado en la sociedad actual, y ese es su principal punto fuerte.

Las buenas noches (Seix Barral, 2025) plantea una cuestión de suma importancia para el mundo agitado en que vivimos: la incapacidad, la imposibilidad incluso de dormir por las noches, debida en gran parte a las preocupaciones cotidianas, pero también a la carga de trabajo que toda población activa arrastra a sus espaldas. En esta nueva visión del mundo del escritor sevillano, un yo protagonista –¿autoficción, quizá, que es tendencia en nuestro tiempo?– se dirige, a lo largo de una noche en vela, a una mujer con la que ha compartido una extraña relación. Se conocieron por casualidad en un hotel mientras ambos viajaban por trabajo, y en ese primer contacto hubo un cierto flechazo, pero bien lejos de cualquier historia de amor y de adulterio –pues ambos están casados y terminan por conocer el nombre de sus respectivos cónyuges–, la historia clandestina que inician a partir de ese momento consiste en encuentros, primero fortuitos, luego pactados, con el único objetivo de echarse a dormir. Compartir el sueño que les quitan sus parejas en su plácido descanso en su lado de la cama, inducirse mutuamente el descanso para reponer fuerzas una vez a la semana, haciendo de la necesidad algo prohibido que ni Óscar ni Inma –marido y mujer respectivamente de los dos durmientes– estarían dispuestos a aceptar. Y con este propósito, el narrador recorre toda su relación de soñadores clandestinos estirándola hasta sus propios límites.

Evocada en una sola noche de insomnio, con episodios insertos que constituyen un diario del sueño tal como recomiendan algunos médicos, donde salen a relucir todos esos problemas, graves y menos graves, que mantienen en vela al ciudadano de hoy en día, la novela se articula en busca de una explicación a la razón que los llevó a unirse de tan atípica manera. Se trata de un largo monólogo interior en el que los vaivenes del discurso giran en torno a repeticiones de una misma expresión, a darle vueltas a una misma frase en busca de un sentido cada vez distinto, nuevo cada vez, como el insomne que queda poseído por una idea fija cada noche. Esa noche ha tocado el recuerdo. Ese recuerdo se mezcla con las propias reflexiones por escrito del protagonista y las razones de la pérdida del sueño.

Acaso en estos episodios intercalados encontramos la doble virtud de la novela. Por una parte, la batería de preguntas que uno se hace mientras intenta conciliar el sueño, la rememoración de acontecimientos banales que conllevan una excesiva pérdida de tiempo –como ese ilustrativo episodio donde el protagonista pasa una noche entera revisando la forma de hacer una factura electrónica, sin llegar a conseguirlo y dejando que finalmente la burocracia gane la batalla–; por otra parte, el propio descanso del lector para alimentar el terreno reflexivo. Es aquí, es gracias a estos episodios que constituyen la mitad del volumen de lectura, que nos inducimos a nosotros mismos a pensar en la pérdida de tiempo y en la carga de trabajo que nos llevamos a la cama sin saber cómo remediarlo. Pastillas para dormir que no conseguimos dejar, inútiles ejercicios de respiración, actividad física en las horas adecuadas que nunca existen o que no son tan adecuadas para otros, gusanos cerebrales que rondan por nuestra conciencia mientras luchamos sin éxito por agarrar el sueño.

Apuesto a que todos, o casi todos, los lectores de Isaac Rosa habrán pasado cuando menos unas cuantas horas de su vida –las que no han ocupado leyendo la novela, que se lee de un tirón y casi resuena en voz alta como la vocecilla interior que surge de la almohada con canciones absurdas e ideas disparatadas– pensando o hablando sobre su propia incapacidad para conciliar el sueño. Porque visto desde ahí, aunque no desde el argumento ni desde la propia obra literaria, Las buenas noches es una novela de las que quitan el sueño.

Las buenas noches (Seix Barral, 2025) | Isaac Rosa | 256 páginas | 19,90 euros

admin

Un comentario

  1. nada en esta novela es creíble, ni los personajes ni la historia ni lo que se dice ni lo que se sueña. no me va a quitar el sueño pero que una novela como «Las buenas noches» nos las queráis vender como literatura comprometida solidaria anticapitalista… es una pesadilla.

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