
EDUARDO CRUZ ACILLONA | Cada vez que me han pedido consejo u orientación sobre por qué libro empezar a leer a Stefan Zweig, y ante la inercia de querer decir “cualquiera es el mejor de todos”, siempre solía decantarme por dos: Momentos estelares de la Humanidad o Clarissa. Dos títulos que resumen, de buena manera, los intereses y géneros literarios del autor austriaco: los acontecimientos históricos y las biografías.
Sin embargo, tras leer el libro de relatos El vendedor de libros viejos, a partir de ahora será este título el que recomendaré a quien de aquí en adelante me pregunte. En primer lugar, porque los tres relatos que componen la obra, contienen esos dos aspectos, el memorístico / histórico y el biográfico, tan marca de la casa. Y en segundo lugar por lo que de cántico y exaltación rezuma por el amor a los libros (“…hace que sean tan importantes en nuestras vidas que ahora, en el siglo XX, no podemos ni imaginar qué sería de nuestra vida interior sin el milagro de su presencia”)
Esa frase se incluye en el primer relato, “Los libros son la puerta del mundo”, en el que Zweig relata el encuentro con un interesante y atractivo joven marinero en un viaje en barco y la zozobra que le produce descubrir que, a estas alturas de la vida, el joven sea analfabeto. El relato, tierno y pesimista a partes iguales, sitúa al libro como uno de los mayores inventos de la Humanidad, sólo comparable al de la rueda, que permitió al ser humano moverse, desplazarse, experimentar nuevos mundos, igual que el libro, esa puerta al mundo sin necesidad de moverse del sillón favorito en el salón de casa.
En el segundo relato, “El vendedor de libros viejos”, y como en gran parte de su obra, como mencionábamos más arriba, Zweig convierte este relato en una suerte de biografía de Jacob Mendel, vendedor ambulante de libros (pues no contaba con la pertinente licencia para abrir una librería al uso), que se convierte, página a página, en un sentido homenaje a todos aquellos que hacen del libro su modo de vida: autores, editores, libreros…
“…creamos libros solamente para unirnos a otros seers humanos cuando ya hayamos desaparecido, y así defendernos de los enemigos inexorables de toda la vida: la transitoriedad y el olvido”.
El tercer relato, “La colección invisible”, tiene a la pérdida como la protagonista central de la historia a la vez que resulta un reconocimiento a la magia del coleccionismo. Un bello texto donde la desgracia de la posguerra se mezcla con la ternura de quien se considera afortunado por poseer un tesoro acumulado desde años.
Estos tres relatos se publicaron juntos originalmente en 1937. A ellos, Zweig les quiso añadir un breve pero profundo y sentido texto titulado “Gracias a los libros”, que cierra la edición. Se trata de un elogio al libro como tal, digno de incluirse en cualquier pregón de cualquier Feria del Libro. Los libros como “Pedacitos de eternidad silenciosamente desplegados a lo largo de la pared lisa (…), vuestras palabras nos llevan como en un carro de fuego, de la mezquindad a lo eterno”.
La ausencia de libros, su pérdida, el dolor que ello produce en el librero Jacob Mendel (detenido y encerrado en un campo de concentración) o en el anciano ciego que sigue disfrutando de una colección de grabados que ya no obra en su poder… Todo ello parece un desgraciado juego premonitorio cuando, diez años más tarde, Stefan Zweig ve cómo el ejército nazi saqueó y prendió fuego a su biblioteca en Salzburgo.
Leer a Zweig siempre es un delicado y placentero ejercicio para el alma, da igual que nos cuente la biografía de grandes autores a quienes conoció de primera mano, que nos dé fe de acontecimientos históricos de los que fue testigo presencial o comparta con nosotros la carta que le escribe a una desconocida.
Leer El vendedor de libros viejos, además, es introducirse en la contundente y generosa personalidad de uno de los más grandes autores del siglo XX.
El vendedor de libros viejos (Ediciones Ulises-Editorial Renacimiento, 2025) | Stefan Zweig | Traducción de Aurora Rice | 116 páginas | 14,90 euros