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Pedigrí canario

JUAN CARLOS SIERRA | Desde Canarias, más allá de eso que se denomina ahora el mainstream -los Quevedo, Ana Guerra, Valeria Castro,…-, no paran de llegar últimamente buenas noticias en lo referente a expresiones artísticas de lo más variado; y, cómo no, también en el terreno de la literatura. Entre los más jóvenes y emergentes valores literarios, desde aquel territorio insular nos llega un viento fresco y particularmente femenino, cuyas figuras más sobresalientes a día de hoy serían Andrea Abreu (Icod de los Vinos, 1995) y Lana Corujo (Lanzarote, 1995). La primera, con su novela Panza de burro, estuvo presente durante un buen tiempo prácticamente en todos los espacios culturales nacionales, incluido, por supuesto, Estado Crítico. Y a Lana Corujo le está sucediendo algo parecido desde que en enero de 2025 sacara su novela Han cantado bingo; y, como no podía ser de otra manera, aunque con algo de retraso, ahora mismo le hacemos un hueco en Estado Crítico.

            ¿Sería lícito o, al menos, pertinente abordar en paralelo ambas novelas y ambas escrituras? ¿Podríamos sacar conclusiones a partir del análisis de ellas acerca de un sesgo narrativo generacional y canario? Sí creo que es posible observar en las dos novelas citadas cierta voluntad de estilo algo rupturista, pero no sé si tan marcada y contagiosa como para determinar una orientación insular en la novelística última en español. Yo no me veo en condiciones de afirmarlo con rotundidad. Supongo que será el tiempo quien lo determine.

            En cualquier caso, como de alguna manera ya se ha adelantado, entre Panza de burro y Han cantado bingo es fácil apreciar puntos en común en su abordaje de la escritura. Quizá no tanto en lo relativo al horizonte léxico y semántico, canario al fin y al cabo, donde Abreu sobrepasa en varios cuerpos a Lana Corujo: la cercanía a lo dialectal en Panza de burro, incluso en la fonética, se encuentra bastante alejada del uso de lo canario en la novela de Lana Corujo, limitado a lo estrictamente imprescindible; pero sí que coinciden ambas autoras en cierto atrevimiento estructural a la hora de arropar la trama.

En Han cantado bingo, la historia gira en torno a una tragedia familiar insoportable que, como es lógico, no voy a desvelar para no destrozar las expectativas de cada potencial lector. Lo más llamativo en el tratamiento de un asunto tan duro e incómodo es la arquitectura narrativa utilizada. Lana Corujo va a optar por una serie de fragmentos sin coherencia cronológica que ha de contar inevitablemente con la colaboración del lector para ordenar el argumento de la obra, para darle sentido, para encontrárselo. Lo más importante, novedoso, atrevido -y avisado desde la primera página de la novela- en esta estructura fragmentaria es que cada uno de los ‘capítulos’ va acompañado de un número que señala la edad de la voz narrativa principal y protagonista de la novela. En este asunto, la autora salva las contradicciones, no cae en la inverosimilitud, ya que se trata de una voz perfectamente adaptada a la edad marcada, especialmente en lo relativo a sus diferentes grados de madurez y a sus maneras de interpretar y de contar, por tanto, una vida que en un momento dado de la narración la va a atropellar.

Según avanza el relato, va tomando más relevancia la voz joven-adulta de 22 años, la de la muchacha que estudia algo relacionado con las artes plásticas fuera de Canarias y que vuelve a su lugar de origen, es decir, a su entorno familiar. Es el momento de intentar resolver todo lo que se rompió diez años atrás, especialmente por la inesperada aparición de la culpa, esa losa judeocristiana tan pesada, tan incisiva, tan presente y, por consiguiente, tan difícil de superar. En este aspecto, es fundamental el capítulo titulado una cruz2 (página 170), ya casi al final del libro.

El tratamiento de los diálogos en Han cantado bingo entra también dentro de la voluntad de estilo que abarca toda la novela. Además, coincide con lo anteriormente citado en lo relacionado con la verosimilitud, a pesar de lo poco convencional del recurso de señalar las palabras de los personajes en cursivas, entre llaves, subrayadas,… para diferenciar el habla de cada uno en el devenir atribulado del libro. Aquí a ratos se da la mano Lana Corujo con la Andrea Abreu de Panza de burro en lo dialectal, pero, como ya hemos apuntado, de una forma bastante más controlada en la lanzaroteña.

Otro elemento significativo, un poco más allá de lo meramente constructivo, de eso que se llama estructura externa, es el paisaje canario, en concreto el elemento volcánico de este, que guarda en la novela una doble faz, una especie de dichosa condena. El volcán, en concreto el conocido en la novela como ‘El Ahorcado’, contribuye en el relato a introducir en su lógica un halo imaginativo, fantástico, que ayuda a dotar de coherencia y de continuidad al elemento sobrenatural que sostiene a su manera el relato; un componente central de la narración denominado ‘la herencia’, que funcionará como lenitivo, como amortiguador de la amargura, de la crueldad, del dolor provocado por el hecho dramático que funciona como eje de la narración. Es este quizá el único ingrediente narrativo que chirría en el armazón narrativo de Han cantado bingo, ya que, bajo mi perspectiva como lector, se aviene relativamente mal a un contexto tan terrenal, tan duro, tan violento, como el que se encuentra al fondo del relato.

En cualquier caso, a pesar de estas reservas, la historia narrada en Han cantado bingo logra conmover y remover al lector, si es que acaso no es lo mismo. Incluso para alguien moderadamente alérgico a lo real maravilloso, a lo espectral y ectoplasmático.

Han cantado bingo (Revervoir Books, 2025) | Lana Corujo | 184 páginas | 18,90 euros

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