
ILYA U. TOPPER | ¿Se puede escribir poesía después de Auschwitz? Esta frase, con certeza la más famosa del último siglo de crítica literaria, se ha discutido hasta la saciedad, tanto que circula en mil versiones. La que acabo de citar no es la original. La original, la frase que Theodor W. Adorno escribió en 1949, no es una pregunta, sino un veredicto: La crítica cultural se halla frente al último escalón de la dialéctica de cultura y barbarie: escribir un poema después de Auschwitz es una salvajada.
La frase podría ilustrar el ombliguismo de la intelectualidad alemana: como si no hubiera habido en la historia innumerables episodios de crueldades indescriptibles —algunos cometidos en siglos muy cercanos por potencias europeas, incluida la época colonial— y no se hubiera escrito poesía en todas partes, de Pekín a Isfahan y Addis Abeba. Quizás Adorno quisiera decir: escribir un poema en alemán después de Auschwitz es una salvajada. Interpretaciones no faltan. El escritor Imre Kertesz lo reinterpretó: «Tras Auschwitz ya solo se puede escribir de forma auténtica en un lenguaje atonal». Si atonal quiere decir rompiendo con la estética clásica, basta un solo poema del gran Paul Celan para refutarlo. El crítico Peter Szondi lo transformó en «Tras Auschwitz no hay poema posible, salvo a causa de Auschwitz».
¿Y después de Gaza? O quizás cabría formular: ¿durante Gaza? Porque a diferencia de Auschwitz, cuyas imágenes debieron de sacudir consciencias después de ocurrido el crimen, lo que sucede en Gaza lo estamos viendo en directo. Muchas consciencias se sacuden, pero no las de quienes tienen el poder de intervenir. Hablo en presente, porque pese a la momentánea calma en la Franja, nada se ha resuelto, nada garantiza que las masacres no continúen cualquier día, y además se siguen sucediendo, a una escala mucho menor, pero con la misma mentalidad y la misma impunidad, en Cisjordania. ¿Se puede escribir poesía en el rato entre el gesto de apagar el televisor con las imágenes de Palestina y el de entrar en Twitter y volver a verlos? Intentarlo ¿es una salvajada?
Quienes no ven estas imágenes en televisión sino en su propia calle, quienes experimentan el genocidio en su piel, sus oídos, sus ojos, sus estómagos, sí escriben. Gaza escribe. De forma atonal, quizás, sin buscar formas líricas. Eso sucede, esto lo he visto. No se escribe solo sobre Gaza: se escribe a causa de Gaza.
Esta es una reflexión posible a partir de El libro negro de Gaza. Testimonios de un genocidio, una obra compuesta por el periodista segoviano Gonzalo Delgado y lanzada por Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, quién si no. El título alude, así lo explica el propio Delgado en la introducción, al Libro Negro de los judíos soviéticos que los periodistas rusos Ilya Ehrenburg y Vasili Grossman compusieron en 1944, recogiendo testimonios de judíos perseguidos por las tropas alemanas y auxiliares durante la invasión de la Unión Soviética por la Alemania nazi. Documentar es la divisa aquí también. Recoger el relato. Fijar la memoria. Son ocho hombres y nueve mujeres, todos jóvenes, incluso muy jóvenes: diecinueve años, veintidós, veinticuatro, alguno de treinta y dos. Todos viven en Gaza, siguen ahí en el momento de publicarse el libro.
La mayor parte de los textos son prosa. A veces es un relato lineal de lo vivido, con sus fechas, sus datos, una simple voluntad de registrar lo ocurrido. Otras muchas, el narrador perfila con plasticidad un episodio concreto, normalmente —y naturalmente— uno violento, un rozar la muerte, presenciar cadáveres, heridos, lamentos. Textos bien escritos y difíciles de leer, precisamente por la ausencia de florituras, por acercarnos en toda su crudeza lo presenciado. Ghaydaa Kamal al Abadsaa, 24 años, traductora: «Tenía los pies desgarrados por los cristales, el cuerpo atrapado por lo que me había caído encima. Con el teléfono que había cogido de debajo de la almohada, iluminé el camino hacia Ashraf, el hijo de nuestros vecinos. Dios mío, no podía creer lo que estaba viendo: la parte superior de su cuerpo, inmóvil, suspendida en el aire…» Lo dejo aquí. No, no es gore. Nadie se recrea en la sangre, nadie. Solo que la muerte está cerca, demasiado cerca para quienes solo la hemos visto en televisión.
Otros transforman en literatura la paz. Los momentos de tranquilidad entre bombardeos, una tarde en el café, una conversación. Hay quien consigue crear algún relato breve, con su estructura de planteamiento y desenlace. Son los menos, pero se puede. Aún en Gaza se puede. Mi favorito es el del librero que no lee nunca, pero se sabe a Camus, Nietzsche, Maquiavelo como si fueran colegas. Porque. No, no lo voy a contar. Esto es literatura. El autor es Malek Alshanbari.
Otros se atreven con el verso, aunque sea para llevarle la contraria a Adorno. De atonal, nada. Taqwa al Wawi, 19 años, poeta, escritora:
Me siento, la espalda contra la pared.
Una taza me templa las manos.
El aire se vuelve denso.
Un tenue zumbido.
Lejos.
Veloz.
(…)
También la introducción de Delgado tiene valor poético, trazando la universalidad del conflicto palestino, buscando la conexión literaria con los grandes de esta tierra: Ghassan Kanafani, Mahmud Darwish. Lo que se echa en falta, sin embargo, es algo de información terrenal sobre el origen del libro; hay que acudir a la prensa para entender, de la boca del propio Delgado, que se trata de un proyecto que él mismo lanzó durante la guerra de Gaza y que algunos jóvenes de la Franja difundieron entre sus colegas. No para recoger muestras de la literatura joven, sino para crear textos expresamente para esta obra colectiva.
Hay un segundo detalle, que tampoco se explicita y solo se intuye a través de la línea en la página del copyright: «Traducción del inglés: Jose Elías Rodríguez». A primera vista puede parecer extraño que esta muestra de escritos gazatíes recoja una creatividad artística en inglés; a la segunda no lo es tanto: el árabe escrito en el que estos jóvenes podrían desarrollar su imaginación literaria tampoco es su idioma materno —nadie en el mundo habla árabe literario como idioma materno— y el esfuerzo de trasponer lo vivido, sentido, pensado, a palabras distintas de las propias quizás sea similar para ambos idiomas.
De atonal, nada, repito. Ahora bien: sí, a causa de Gaza. Y con esto me doy cuenta de que nadie ha aclarado si la frase de Adorno se refiere a que es imposible escribir poesía tras haber sufrido Auschwitz o si es una salvajada hacerlo después de haber perpetrado Auschwitz. Paul Celan, Peter Szondi, Imre Kertesz y el propio Theodor W. Adorno se encuadran en la categoría de quienes lo sufrieron, por persecución, muerte de familiares o exilio. Quizás la pregunta no debería ser cómo escriben los gazatíes después de Gaza sino: ¿pueden los israelíes escribir poesía después de Gaza?
También a esto responde el libro de Gonzalo Delgado. Porque la obra incluye un anexo de 40 páginas que transmite la visión de los israelíes. La de los pocos que «no miramos hacia otro lado», como formula el texto introductorio de la gran periodista Amira Hass, la única corresponsal israelí en Cisjordania. La de «la minoría que reconoce el genocidio», como lo expresa Yair Oren. Y de quienes, sin reconocer nada en concreto, lo están perpetrando y dan testimonio anónimo. «Recibimos la orden de eliminar a los tres [objetos] porque estaban entrando en nuestra zona letal. Los eliminamos con una ametralladora MAG y una Naiger. Con dos armas. Después resultó que eran dos niños, de entre diez y doce años, y su madre. Al final, los tuvimos que eliminar siguiendo las órdenes».
No, aquí no hay poesía. Es imposible escribir poesía después de perpetrar Gaza. O sí. Hay un poema en este anexo. Lo firma Liat Amrami, nacida en Tel Aviv, residente en Berlín. Ha renunciado a la ciudadanía israelí.
El libro negro de Gaza (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2026) | Gonzalo Delgado (ed.) | Traducción de José Elías Rodríguez | 326 págs. | 18 €