
JUAN CARLOS SIERRA | Juan Marqués (Zaragoza, 1980), en su texto de ‘Presentación’ de El tiempo está cambiando. Nueva poesía española, mantiene un acertado tono humilde respecto a uno de los asuntos más complicados que existen en el mundillo literario; a saber, realizar una antología de poesía joven. Supongo que esta actitud proviene de la conciencia del antólogo acerca del berenjenal académico en el que se ha metido con un trabajo así, pero no descartemos que se trate también -o más bien- de una prevención, porque en ocasiones las calles de la poesía lindan con la extrema peligrosidad, a pesar de la escasísima población que las habita. Para muestra el botón de los dialécticos duelos a primera sangre que en la historia reciente de nuestra poesía han sido. Solo recordaré ahora, a bote pronto, el volumen editado, entre bromas y veras, bajo el título El sindicato del crimen. Antología poética dominante (Editorial Comares, 1994; Renacimiento, 2020) en mitad de la trifulca en los años noventa del siglo pasado entre poetas de la experiencia, de la disidencia, del silencio y de no sé cuántas entelequias más. Este turbulento horizonte parece cosa del pasado, ya que desde el inicio del siglo XXI las aguas se han apaciguado bastante, pero no hay que dejar de estar alerta porque, como lleva advirtiendo desde hace años el poeta y editor extremeño José María Cumbreño, «los poetas no son gente de fiar». En fin, ya se sabe que excusatio non petita, accusatio manifesta, pero en cuestiones de egos líricos nunca está de más protegerse humildemente.
Y yo también voy a hacer mi parte en este sentido. Me abstendré, por tanto, de meterme en mi propio berenjenal opinando acerca de la calidad o falta de ella de los poetas seleccionados, de la pertinencia o no de su inclusión en El tiempo está cambiando. Eso corre a cuenta del antólogo. Me centraré, por consiguiente, de forma exclusiva en las palabras de Juan Marqués, en sus razonamientos, en sus argumentos poéticos. Porque, además, qué se debería decir de una antología que no tenga que ver exclusivamente con la responsabilidad directa e intransferible del antólogo.
Así pues, para comenzar con este análisis señalaré algo que se dice y no se dice. Me refiero a otra suerte de tirita antes de que sangre la herida. Entiendo en la postura de Juan Marqués, en sus primeras palabras, que el antólogo parte de una máxima a la que yo me he aplicado también cuando me he metido a seleccionador nacional lírico: «Toda antología constituye un error» –Francisco Ribes dixit en Poesía última (Taurus, Madrid, 1963)-.Indirectamente, de forma sutil, Juan Marqués apunta a esta idea partiendo de su declarada bisoñez en el arte de ser antólogo. Esta conciencia de que quizá se esté equivocando en algo, más allá de una prevención, es un rasgo de honestidad que contribuye paradójicamente a que el lector confíe más si cabe en el trabajo que tiene en sus manos.
Esto se conjuga a su vez a la perfección con ese tono humilde del que hablábamos al inicio. Juan Marqués ni se engola ni se sube a la cátedra para sentar ídem, sino que echa mano para explicarse de una prosa amena, ágil, llana, con un toquecito de sano humor para destensar las posibles suspicacias que pudiera levantar en un contexto lírico hispano donde los egos a veces se revelan muy ásperos. A este rasgo además se suma la infinita amabilidad, el tacto envidiable y el inmenso cariño que reparte generosamente entre los poetas antologados.
Por otra parte, el escrutinio poético realizado en El tiempo está cambiando da buena cuenta de las líneas maestras de la poesía española actual más joven, en concreto de la escrita por quienes nacieron entre 1990 y 2000. Para empezar, acierta Juan Marqués en su reparto equitativo de géneros -13 chicas y 13 chicos-. Así pone de relieve un fenómeno que ha ido agrandándose a lo largo de lo que llevamos de siglo XXI: la poesía escrita por mujeres, como no podía ser de otra forma, le está comiendo terreno a la producción lírica masculina. No creo, en todo caso, que sea correcto plantear esto como lo acabo de hacer, es decir, en términos competitivos, sino que hay que ver más bien en este fenómeno una consecuencia lógica de los tiempos que corren, un acto de justicia poética. El título de la antología resulta, pues, muy afortunado y preciso en este sentido: El tiempo está cambiando, al menos en cuanto al género de quienes cultivan lo poético se refiere.
Lo que no se está alterando tanto son las tendencias, los caminos por donde se mueve la poesía más joven, si la comparamos con generaciones poéticas anteriores, no muy lejanas en el tiempo. Aunque Juan Marqués se esfuerza por definir lo que no es poesía, llega un momento en que no le queda más remedio que apuntar más o menos las líneas estéticas por las que circula la nómina de poetas seleccionados. Las corrientes que señala y que se desprenden coherentemente de la lectura de los autores elegidos me confirman en la idea que hace poco subrayé a propósito de la poesía más joven en Andalucía (‘Poesía andaluza hoy. Última hora’. Paraíso. Revista de Poesía. nº 24. 2025): por un lado, algo que podría denominarse como nueva poesía social y, en el extremo contrario, una poesía experimental libérrima; en, entre, por y a través de ambas coordenadas los matices son frecuentes, las tonalidades variadas, las mezcolanzas variopintas,… En cualquier caso, no parece superarse del todo la dialéctica revelada por Luis Antonio de Villena en su antología La inteligencia y el hacha (Visor, 2010) entre lo que él denominaba voz lógica y voz órfica, que se corresponderían respectivamente con las dos líneas poéticas principales entre las que se mueven los 26 poetas de El tiempo está cambiando.
En este ecosistema poético más joven descrito por Juan Marqués quedan excluidos por inanes los instapoetas y demás ralea digital. El antólogo alaba la actitud de la poesía más auténtica respecto a estos: un «rotundo y maravilloso ‘no’», a pesar de que esta postura pueda no resultar muy rentable a sus autores. En cualquier caso, no es ajeno Juan Marqués a la influencia de las redes entre los elegidos en El tiempo está cambiando. Pero no creo que solo se refiera a la tiranía que puedan ejercer las redes sociales estrictamente digitales. Aunque no acabe de señalarlo el antólogo, de su estudio se desprende que estos poetas están en red, quizá más que nunca, pero en red lírica, estética y de afectos; una interconexión que se manifiesta en citas, colaboraciones, introducciones, prólogos,… Resulta altamente curiosa esta red de influencias, guiños, coincidencias estéticas y, sobre todo, amistad. Lo que no sé si alguien les ha advertido a estos jóvenes poetas del riesgo de cortocircuito que puede generarse con tanta buena vibra.
En cualquier caso, de todo esto que hemos apuntado lo importante, si hacemos caso de Bécquer en la Rima VI, es lo poético en sí: «…podrá no haber poetas/ pero siempre habrá poesía» -aunque, a ver, Gustavo Adolfo, alguien tendrá que escribirla, ¿no?-. Vale, de acuerdo, lo esencial es el fenómeno, pero por el motivo que sea parece que estamos necesitados de listas, clasificaciones, rankings,… Este imperativo casi entomológico explicaría el volumen que analizamos aquí, El tiempo está cambiando, y la publicación unos meses después de que esta antología estuviera en las librerías de otro volumen de similares características, Un estallido, cuyos responsables son Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández y la editorial Cátedra, aunque esta de espectro de edad más amplio. Como dato quizá innecesario, diré que solo coinciden cuatro autores entre ambas antologías: tres son chicas y tres de cuatro, andaluces.
Pero no pienso añadir nada más respecto a los poetas. En esto a mí no me van a pillar. No diré ni pío, que luego ya se sabe…
El tiempo está cambiando. Nueva poesía española (Fundación José Manuel Lara, 2025) | Juan Marqués | 384 páginas | 19.90 euros