
ELENA MARQUÉS | Hace unos días repasábamos algunos reseñistas de Estado Crítico los requisitos que había que cumplir a la hora de enviar una recensión para la revista. Algo así como que, obviamente, intentáramos no leer y comentar todos el mismo texto (aunque a veces hemos contrastado nuestras visiones porque ciertas novedades tiran mucho) y que el libro de marras fuera de reciente publicación (a lo más que podíamos remontarnos es al año anterior). Medio en broma comenté que igual nos vendría bien abrir una sección de clásicos, cuya lectura e interés se nos vuelven imprescindibles en cualquier tiempo.
No estaba pensando en nada cuando dije aquello en un whatsapp, o a lo mejor el subconsciente me estaba lanzando un aviso subliminal; pero da la casualidad de que recientemente se publicó en la Biblioteca del Humanismo Renacentista de Cypress Cultura un librito de Francesco Petrarca, traducido por la investigadora de la Universidad de Santiago de Compostela María José Martín Velasco, tan vivo y actual que no tengo más remedio que traerlo a estas páginas aunque su escritura se remonte al siglo XIV. Pero ya advierto que no incumplo ninguna norma porque esta edición vio la luz en abril de 2025. Si además el título es De su ignorancia y la de muchos, digo yo que más de uno se aprestará a comprarlo. O al menos debería.
Por lo pronto el libro consta de un prólogo de José Luis Trullo, alma máter del proyecto, que aclara y define algunos elementos como la fórmula narrativa que emplea el italiano («Una invectiva con formato epistolar») y el desarrollo del concepto de la docta pietas, por la que se unían la erudición clásica y la devoción cristiana dando así alas al humanismo del siglo entrante, en el que el ejercicio de la virtud se erigía en modus vivendi del hombre bueno y la felicidad solo era posible bajo la luz de la fe y la inmortalidad.
Con esto que acabo de decir muchos lectores darán un paso atrás, presas del desinterés. Como si se les hubiera abierto un abismo insalvable impuesto por el laicismo de la modernidad. Formarán parte, como dice el Petrarca, de «ese rebaño mentecato que desprecia la piedad, sin importar quién la practique, y que reduce cualquier sentimiento religioso a una mera manifestación de debilidad». Bueno, mejor dar marcha atrás porque creo que esas son las palabras más duras del filósofo en este texto y tampoco quiero predisponer ni indisponer a nadie.
La cuestión es realmente más sencilla de lo que pudiera parecer, pues al iniciar el texto Petrarca nos explica el motivo por el que traza estas líneas, que es tan simple y legítimo como responder a las críticas de cuatro amigos (con amigos así no hacen falta enemigos), y eso ya nos ofrece un punto de morbo. Esperamos entonces asistir a una agarrada de tertulianos, que es algo que siempre entretiene, aunque en este caso solo podamos escuchar una voz en defensa propia tachada básicamente de engreída y sabihonda.
Pues sí, parece ser que al pobre poeta aretino lo acusaban de pedante («la verdad es que hoy se desprecia la elocuencia como si fuera una cualidad impropia de un hombre culto», se queja), aparte de que se declaraba más platónico que aristotélico, que en aquel momento debía ser más o menos como manifestar hoy una pecaminosa querencia por la moderación. Como no vamos a poder tratarlo en persona será algo que nunca averigüemos, lo de la afectación lingüística; pero lo que no negaremos es su lucidez al hablar de temas filosóficos fundamentales como la felicidad o la verdadera sabiduría («¿de qué sirve conocer tantos detalles sobre la naturaleza de bestias, aves, peces o serpientes, si ignoramos o menospreciamos el estudio de la naturaleza humana, si no nos interesa comprender para qué hemos nacido y hacía dónde nos dirigimos?»; o, glosando a Demócrito: «Nadie repara en lo que pisa, pero todos se afanan por escrutar las regiones celestes», así como sus apuntes sobre cómo somos y nos comportamos: ignorantes, envidiosos y más simples que un cubo, poco dados a la reflexión y al análisis porque nos conformamos con lo que nos viene dado, prejuiciosos y un largo etcétera. O sea, que aun con el paso de los siglos seguimos tropezando en las mismas piedras.
Yo confieso que no he parado de subrayar frases que podría haber encontrado en cualquier estudio sociológico actual, como «no puede haber virtud cuando hay orgullo y altivez» o «el poder es el único valor que los seres humanos de hoy reconocen»; u otras más propias de un comentario defensivo en las redes, como «Y lo cierto es que, aun careciendo de conocimiento, no dudan en opinar sobre cualquier asunto. Y aunque son conscientes de su ignorancia en algunos temas, no sienten ni vergüenza ni pudor al dar su opinión» (o, en la misma línea, «La ignorancia hace a los hombres locuaces y audaces»); alguna me ha recordado a afirmaciones de algún poeta amigo abogado de la claridad, como Javier Salvago («la insensatez de escribir para ser admirado más que comprendido»); otras las pongo en boca de profesores frustrados con el sistema educativo («al no ser posible que todos destaquemos, prefieren optar por algo más sencillo: que todos pasemos desapercibidos»)…
¿Hace falta seguir? Aparte de que he aprendido mucho sobre otros clásicos ya casi olvidados, como Cicerón, famosos precisamente por su elocuencia y su oratoria; esa rama podrida de la política que a algunos nos hace añorar tiempos mejores. Al menos lingüísticamente hablando.
Por eso he decidido titular así esta reseña: Ponga un clásico en su vida. No hace falta justificar nada más. Creo que ha quedado más o menos claro que repasarlos es como seguir leyendo el presente.
De su ignorancia y la de muchos (Cypress, 2025) | Francesco Petrarca | 106 páginas | 12,00 euros | Traducción de María José Martín Velasco
Muchas gracias, Helena. Me ha encantado traducir este libro y realmente lo que dice es totalmente atemporal, aplicable a cualquier situación actual. Un saludo