
LUIS ANTONIO SIERRA | Este verano he estado viajando por Rumanía. Era un país al que llevaba tiempo queriendo ir, pero, entre unas cosas y otros destinos que se han cruzado por el camino, finalmente a caballo entre estos pasados meses de julio y agosto por fin se han dado las circunstancias y ha podido ser. Recuerdo que el primer día en Bucarest el guía – por cierto, excelente – con el que hicimos una visita (free tours los llaman ahora; maldita moda esa de denominar todo con expresiones inglesas para que suene todo más cool – nótese la ironía) nos comentó que desde la caída de Ceaușescu Rumanía ha ido a dos velocidades y así las diferencias entre el campo y la ciudad han ido incrementándose, lo cual ha incidido directamente en una desigualdad muy patente entre ambos ámbitos. Mientras las ciudades han ido, poco a poco, acumulando recursos materiales y acercándose a Europa – sea esto bueno o no –, las zonas rurales han avanzado poco en lo económico y todavía, siguen estando muy aisladas, por ejemplo, en el terreno de las comunicaciones, y así continúan viéndose por las carreteras y pueblos carros arrastrados por caballos, o permanecen vigentes tradiciones y costumbres que en zonas urbanas han ido mitigándose o incluso desapareciendo.
Quien esté leyendo esta reseña puede estar pensando por qué narices le estoy contando mi vida, o a cuento de qué le comento que he estado de vacaciones en Rumanía. Pues bien, sí hay una razón y es que la novela sobre la que hablamos en esta ocasión trata muy directamente este asunto de las desigualdades en el país de los descendientes de los dacios. El libro en cuestión se titula Primero llega el silencio y es obra de Ioana Maria Stăncescu, licenciada en lengua y literatura francesas por la Universidad de Bucarest y actualmente locutora en la sección francesa de Radio Rumanía Internacional, trabajo que acompasa con su creación literaria, siendo esta obra su segunda novela después de su exitoso debut con Todo lo que le prometí a mi padre.
Como reza el título del libro, el eje en torno al cual se desarrolla la novela es el silencio intergeneracional impuesto a las mujeres por el patriarcado dentro del contexto de la sociedad rumana. Esta es una novela de mujeres, protagonizada por mujeres y en la que la presencia física de los hombres es prácticamente nula, aunque la influencia y el poder de estos es más que patente.
Dora, mujer residente en Bucarest, divorciada y con una hija adolescente, es el personaje principal. Como el resto de las mujeres de su familia y a pesar de vivir en un contexto urbano y en esa Rumanía moderna, sigue arrastrando esas taras heredadas generación tras generación e impuestas por el patriarcado. Dora es un potencial ejemplo de emancipación femenina, pero es muy complicado deshacerse de todo lo que viene arrastrando durante siglos: sigue manipulada y utilizada por los hombres y las concepciones más tradicionales sobre el amor romántico, sin embargo, le preocupa el futuro de su hija y no quiere que ella repita los mismos errores – silencios – que han cometido todas las mujeres de su familia y, por extensión, del país.
Como decíamos más arriba, las desigualdades materiales en la Rumanía actual entre el campo y la ciudad son evidentes, pero no parece que no sean tales – o al menos, no existe tanta distancia entre ambos contextos – cuando se trata de la emancipación de la mujer. Tanto Dora como su madre o su abuela siguen silenciadas por esa sociedad machista, preocupadas por las apariencias y el qué dirán, sobre todo en lo tocante a la soledad-soltería, bien sea deseada o no. En el caso de la madre y la abuela, estas han sufrido no solo el contexto rural, sino también una época marcada por la falta de libertades, por lo que, por así decirlo, sus silencios están más justificados que los de Dora.
A pesar del gran potencial de la novela, de las posibilidades temáticas de la misma que pueden hacer de este libro un arma contra la barbarie machista, una herramienta de asunción de conciencia feminista tan necesaria, conforme vamos pasando las páginas de esta narración, esta se nos antoja plana, sin un desarrollo de las historias y/o de los personajes que enganche a quien se pone delante del libro. Y es una auténtica pena que, aunque la novela tenga una lectura amena y fácil, no llegue a profundizar más en esas mujeres – no solo Dora –, en sus conflictos y en sus historias personales que aparecen, pero desinfladas. Se echa en falta que la novela nos agarre por la pechera y nos zarandee en un ejercicio de toma de conciencia.
Primero llega el silencio. (Impedimenta, 2026) | Ioana Maria Stăncescu | Traducción de Marian Ochoa de Eribe | 232 páginas | 22,50 euros.