
ALEJANDRO LUQUE | Literatura y enfermedad han ido siempre de la mano. De La muerte de Ivan Ilich de Tolstoi a La montaña mágica de Mann, de la Perorata del apestado de Bufalino a Bajo el signo de cáncer de Zorn, una de las misiones de la escritura ha sido describir la lucha del hombre contra los males de la salud, inseparables del hecho de vivir. A esta larga tradición se suma el último libro de Hanif Kureishi, A pedazos, que no es exactamente la crónica de una enfermedad, sino de una convalecencia: la de un accidente sufrido en los últimos días de 2022, mientras disfrutaba de las vacaciones de navidad junto a su pareja. Un desmayo tonto, una caída aparatosa, un charco de sangre: cuando es llevado al hospital, los médicos diagnostican paraplejia.
El autor de Mi hermosa lavandería y El buda de los suburbios va a ir dictando y editando sobre la marcha la crónica de sus largos días de hospital, mientras rememora episodios de su vida anterior. Un viaje del presente al pasado y vuelta, que va dando forma a una autobiografía fragmentaria –la necesidad de saber quién has sido antes del accidente– y de diario de hospital –quién eres a partir del día D. Ambas tareas las asume Kureishi con esa prosa chispeante que le es propia, la que le consagró como enfant terrible de las letras británicas de los 80.
Una de las cosas que más me atraen de este tipo de libros es el hecho de recordarnos la fragilidad de la salud y la dificultad de recuperarla después de un suceso tan dramático como el que nos ocupa. Hasta cierto punto, es natural que vivamos ajenos a la posibilidad, siempre latente, de que todo se arruine en un segundo, porque esa conciencia nos aplastaría. Pero también solemos ignorar, supongo que merced a las espectaculares sanaciones y rehabilitaciones del cine, que lo que se rompe en nosotros necesita, sobre todo a partir de ciertas edades, una paciencia infinita y unos cuidados escrupulosos, no siempre para volver al estado inicial, sino para mejorar levemente incluso.
Recuerdo, en este sentido, que lo que más me impresionó de El colgajo, el libro en el que Philippe Lançon describía su recuperación tras sobrevivir al atentado de Charlie Hebdo, fue el minucioso y lentísimo proceso que hubo de atravesar para recuperar algo parecido a su rostro. Aquí Kureishi tampoco escatima detalles médicos, con especial énfasis en los que tienen que ver con su trasero. Cosa curiosa, porque en las memorias terminales de su compatriota, el cantante heavy Ozzy Osbourne, se insiste también muchísimo en esta región anatómica. Parece que nos pasamos la vida hablando del cerebro y del corazón, pero al final el centro de nuestra vida resulta ser el culo.
También nos habla Kureishi de la impotencia de estar en cama y la culpabilidad que se siente por alterar las vidas de tus parientes y amigos, de la pérdida de la líbido (“es como perder uno de los sentidos”) o de la convivencia con otros pacientes, todo ello salpicado de anécdotas personales de su existencia anterior al desmayo fatal. La literoterapia también parece hacer su trabajo, prestando un eficaz asidero al autor y arrojando, de paso, agudas reflexiones sobre el oficio de escribir.
Desde su salida a la luz, A pedazos fue recibido como una obra maestra, uno de los grandes libros del año. Yo no diría tanto, ni falta que hace. Sí me parece una lectura amena, a pesar de lo escabroso del tema, e iluminadora, que ya es mucho. Y un recordatorio de que, cuando sufrimos un apagón, seguir escribiendo es una irrefutable prueba de vida.
A pedazos (Anagrama, 2026) | Hanif Kureishi | 256 páginas | 19,85 euros | Traducción de Mauricio Bach