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Qué quedará de nosotros cuando hayamos muerto

ELENA MARQUÉS | Al leer el prefacio a Semiótica nuclear no he podido evitar acordarme de la célebre película La llegada, de Denis Villeneuve, y una más reciente protagonizada por Ryan Gosling, Proyecto salvación, en la que el protagonista habla con un simpático extraterrestre con el que comparte la típica misión de evitar la destrucción de sus respectivos planetas. En ambas cintas un eje central es la comunicación entre mundos diferentes separados tanto por océanos de tiempo como por miríadas de estrellas.

Pero sigamos con las referencias cinematográficas.

Todos hemos visto en más de una película esas cápsulas en las que se guardan cosas importantes que merecen ser salvadas, mensajes para quienes nos visiten o nos sucedan dentro de equis años. Una manera de perdurar, de no morir, de manifestar la esencia de una civilización que, como enseña la Historia, terminará por sucumbir, dejará de ser comprensible para quienes no la habitan.

Aquí Ben Clark hace algo parecido: indagar sobre lo que nos trascenderá, cuestionarse cómo será el entendimiento teniendo en cuenta que «La lengua del futuro no ha nacido»; pero también preguntarse si el mañana no significará sino una vuelta al pasado, a esa desolación primitiva que recogen los versos de Shelley que sirven de proemio.

El nuevo libro de Ben Clark, publicado en Visor, enlaza con La policía celeste en su acercamiento a la ciencia como elemento transformable en reflexión poética. Anclado al mundo que vivimos, donde nada parece permanecer y cualquier novedad dura y se recuerda apenas unos segundos, el ibicenco se enfrenta a un horizonte incierto y desesperanzador por el que de algún modo hay que luchar a través de la palabra. Como reza la cita de Stephen Dunn en «El poeta descubre que su poeta favorito lleva varios años muerto», «Creo que seguiré describiendo las cosas para asegurarme de que en verdad han sucedido», otra versión de las clásicas Verba volant, scripta manent o de las pronunciadas por la Nobel Annie Arnaux en una entrevista reciente: «Si no las escribo, las cosas no han llegado a su término, solo se han vivido». Porque «no sucede nada / si no lo hemos leído en un poema», reconoce Clark. Para alguien que se gana la vida con el lenguaje y que desempeña el oficio de traductor, que es consciente de la importancia de ese trasvase entre códigos distintos para avanzar y no conocer el desastre de la torre de Babel, el tema, al que dedica especialmente el poema «Speaking to the future», le viene como caído del cielo.

Conocedor de la existencia de una agencia norteamericana, la Human Interference Task Force, dedicada a advertir sobre el peligro de los residuos nucleares, último vestigio de una civilización que se apaga, el poeta vertebra su obra en tres secciones en torno a la comunicación, esencia del ser humano, los miedos que nos componen, la evolución sufrida desde los «Miles de años fértiles / llenos de dioses gordos y de historias» grabadas en la piedra hasta las facilidades del MS-DOS y más allá.

Con múltiples ecos literarios, desde las referencias al postapocalíptico Soy leyenda de Richard Matheson pasando por la búsqueda para encontrar el desenlace de la historia contada en Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, y con una métrica muy bien medida y en ocasiones absolutamente clásica (algún soneto se desliza en nuestros oídos), recorremos espacios, convocamos a personas que solo se mantienen en pie si son narrados, visualizamos objetos cotidianos cargados de sentido que, como contara Socorro Venegas en el relato «La música de mi esfera» de su libro La memoria donde ardía, nos sobrevivirán. Y finalmente comprendemos que, aun hablando idiomas diferentes, lloramos y cantamos de modo semejante, habitamos la misma melancolía.

Ese es, creo yo, el de la melancolía, el tono predominante en Semiótica nuclear, cuyo título, aunque tomado de ese grupo de trabajo estadounidense, se abre a distintas significaciones, aunque no se deleita en el tópico manriqueño de «cualquiera tiempo pasado fue mejor», sino en la vida real, en el arte de la conversación, encontrando siempre una pequeña esperanza al hecho de escribir a ciegas, de lanzar mensajes sin saber si llegarán a escucharse. Como un náufrago que ve alejarse una botella de socorro, como un escritor que pergeña textos sin la certeza de que alguien llegue a leerlos, la incertidumbre planea por todo el texto. Aun así, merece la pena. Si el poema puede sobrevivir, junto o más allá de esos restos nucleares que amenazan hoy y a largo plazo; si su significado trasciende y logra su objetivo de explicar lo inexplicable, de verter en lenguaje sensaciones y emociones inmarcesibles, habrá merecido la pena. Algo bueno quedará de nosotros cuando hayamos muerto.

Semiótica Nuclear (Visor, 2026) | Ben Clark | 88 páginas | 11,40 euros

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