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Realismo mágico y memoria familiar en la Guerra Civil

REYES GARCÍA-DONCEL | Lo documental oscila con lo fabuloso en La península de las casas vacías, una narración que no se atiene a los estrictos límites del testimonio histórico, sino que lo entrelaza con realismo mágico de una forma fluida, sin fisuras, como un todo orgánico. Mientras conocemos el trágico destino de la propia familia de David Uclés durante la Guerra Civil, aparecen plantas que congelan a los niños; muertos silenciosos que conviven con los vivos: «… quedaba condenada a una existencia puramente visual, como un espectro. Un espectador invisible del mundo de los vivos.»; heridas que se comparten entre familiares y que anuncian el futuro; o un inmenso volcán en el centro de la península que va acumulando toda la sangre derramada en la guerra hasta estallar y fracturarla aún más. El autor no se limita a documentar hechos, sino que entrelaza episodios de horror y violencia reales —como la matanza de unas cuatro mil personas en la plaza de toros de Badajoz a manos de los sublevados o la represalia de la Cárcel Modelo de Madrid por parte de los republicanos— con imágenes poéticas y fantásticas, imágenes que no son un recurso caprichoso e infundado pues en ellas resuenan la tradición oral, las leyendas campesinas y el legado cultural de nuestro país.

            Los Ardolento —o Arlodento, según la rama familiar— son el hilo conductor de la trama que transcurre en el pueblo imaginario de Jándula, y se expande por una Iberia imaginada, la que reúne a España y Portugal bajo el mismo destino trágico; trama en la que aparecen escritores, citas y referencias literarias, cantantes —algunos por nacer como Serrat—, referencias a obras de arte, a películas —por filmarse como Johny cogió su fusil —, y sobre todo piezas musicales —el autor nos propone escuchar determinados temas mientras se lee—, que al incorporarse en el relato, además de enriquecerlo, refuerzan la idea de que la memoria son los recuerdos y también una creación subjetiva.  

            Uno de los aspectos más originales de la obra es la figura del narrador. Lejos de ocultarse, interviene, dialoga con los personajes, con la lectora, corrige lo ya narrado, juega con los tiempos y cambia los destinos de los personajes ya sean reales o ficticios. Se atreve incluso a entrevistar a Franco en Toledo sobre los motivos de la guerra, que empieza con una partida de ajedrez jugada por Franco consigo mismo, un tablero de las estrategias militares y políticas que desarrollará durante esos tres años, y a las que volverá el autor cada vez que alguna de sus jugadas se haya hecho realidad­. Hay numerosas alusiones a la divinidad del narrador, al omnipotente que hace y deshace, que cambia las fechas y destinos de los personajes, los que, conscientes también de que su propia idiosincrasia, se dirigen a su Dios o a la lectora. Otras veces el narrador es uno más, y se le escapa confesar que ese personaje es: «mi abuelo» o «mi padre», o nos hace partícipe de algún hecho autobiográfico: «Aquí perdió la virginidad el narrador de esta historia, en el dormitorio principal cuyo balcón da a la peña». Este juego metaliterario convierte a la lectora en cómplice de una narración consciente de su propia ficción, lo que, si al principio resulta algo extraño, acaba siendo muy original y divertido, y le añade a la novela otra dimensión, otra perspectiva desde la que leerla. El autor no rehúye la reflexión sobre la posible conveniencia de su apuesta literaria: «¿Te crees que por que nos exilie en la fecha correcta le van a caer menos palos? ¡Le van a caer de todos lados! ¿A quién se le ocurre contar esta guerra de forma tan surrealista?»—conversación de exiliados, entre ellos Antonio Machado, en la frontera de Francia en fechas mucho anteriores a lo que les correspondería—.

            La prosa de David Uclés es ágil, fresca, de lectura muy fluida, con un rico léxico y unas imágenes potentes. A veces añade juegos gráficos con las letras para dar más sensación de desorden y desastre. Destacan especialmente en hondura emocional las escenas rurales donde la tierra, el campo, las huertas y el pueblo se erigen como símbolos de resistencia y pertenencia, como la raíz de la fuerza motora necesaria para el regreso. Nos presenta una población agrícola ajena a los debates políticos, que se ve envuelta en los crímenes y el horror de una guerra sin estar en ningún bando definido. Y son de agradecer los toques de humor que alivian, sin diluir, la tremenda tragedia de esta familia diezmada y dividida.

Sin embargo, esta meritoria apuesta también acarrea excesos pues con casi setecientas páginas su profusión de fantasía puede resultar cansina y restar intensidad al núcleo de la historia, ya que la intriga por el destino final de los personajes sí está conseguida. Muchos lectores sentirán que la obra funcionaría mejor con bastantes páginas menos. Aun así, la fuerza del relato persiste: una familia dividida entre bandos, un pueblo devastado por la guerra y la amarga certeza de que la envidia y los odios personales pesaron tanto como la ideología: «… aunque para ser miliciano —o militar sublevado— tampoco hacían falta demasiadas (nociones políticas), más bien conocer bien los odios que la mitad del pueblo íbero arrastraba contra la otra mitad desde hacía tanto tiempo».

Memoria, fabulación y lirismo se unen para conseguir una novela valiente, ambiciosa, excesiva, pero sobre todo conmovedora, en la que David Uclés reescribe su pasado familiar y el colectivo. La península de las casas vacías ha obtenido el Premio Andalucía de la Crítica 2025.

La península de las casas vacías (Siruela, 2025) | David Uclés | 695 páginas | 24,70 €

admin

Un comentario

  1. Creo que esta reseña de Reyes García Doncel cuenta muy adecuadamente de lo que trata el libro y cómo lo trata. Lo valora y anima a su lectura, sin eludir aspectos más discutibles, en los que coincido.

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