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Reemergencia del trauma

ARIADNA G. GARCÍA | Ismael Martínez Biurrun es uno de los grandes escritores que abordan el thriller fantástico y la narrativa de terror. Se dio a conocer con Infierno nevado y, desde entonces, ha publicado ocho novelas y tres relatos largos (Invasiones); así como ha obtenido los prestigiosos premios Celsius y Nocte. Confieso, de entrada, mi debilidad por Mujer abrazada a un cuervo, El escondite de Grisha (ambas en la añorada Salto de Página), Un minuto antes de la oscuridad y Coronación (una de las nouvelles).

En su nueva obra, La noche en equilibrio (la tercera en Aristas Martínez, tras Duración de un fantasma y Solo los vivos perdonan), aborda el motivo del trauma de un modo original, mezclando varios tropos de la ficción de horror. Por un lado, se nos habla del trauma heredado. La experiencia de un padre reemerge en su hijo, Serván. En sentido estricto, no se trata de que su herida individual le impulse a ejercer sobre su descendiente daño alguno, sino que su historia de dolor y de locura se hereda de una generación a la siguiente y, sobre todo, alcanza a una tercera, siendo este drama el centro neurálgico del libro.

En el fondo, el relevo del trauma se debe a un factor externo. La causa de la enajenación de todos los habitantes de la casa proviene del segundo de los tropos a los que recurre Ismael: el lugar maldito. Por supuesto, la casa Menagaray está en lo alto de una colina, aislada. A su espalda hay un bosque y, a escasos tres kilómetros, un río. Ni qué decir tiene que bajo el suelo de la primera planta se encuentra un sótano que, en épocas pasadas, fue usado de bodega. Siendo Serván un niño, su padre ocultó allí, en un bidón, los corales de Neptuno; unas piedras luminescentes que absorbían los pensamientos lúgubres, envolviendo a sus habitantes en una felicidad sin fin. Con el tiempo, sin embargo, tras un incidente traumático que la casa recuerda, se deshizo de los corales, como Alan Parrish de su juego cuando acabó la sobrecogedora partida de Jumanji.

Años más tarde —y aquí arranca el libro, in medias res (de todo lo anterior se nos informa por medio de flashbacks)— Serván —acompañado por su esposa, su hijo y por un amigo de este— regresa a la casa familiar para pasar el verano. El objetivo es simple, que cada uno descanse y encuentre tiempo libre para la puesta en práctica de su afición favorita: Serván, el bricolaje; Lili, célebre artista plástica, sus instalaciones; y Tiago, el risueño y servicial vástago adolescente, la composición de canciones con la ayuda de su guitarra. De este círculo artístico escapa Nereo, joven taciturno a cargo de Tiago, sobre cuyos hombros pesa la responsabilidad de entretenerlo sin la ayuda del móvil, por el que siente dependencia.

Será la recuperación de los corales, mediada la novela, el detonante de los primeros atisbos de que algo mal. El hecho de hundir las manos en el agua para coger las piedras y su ulterior depósito en el sótano (inconsciente simbólico donde se guarda el trauma) constituye el cruce de un umbral que pondrá en conexión el presente con la memoria de la casa. En lo sucesivo comenzarán las anomalías que insertan esta obra en el terror.

Con todo, la novela de Ismael es mucho más. El escritor indaga, y es marca de la casa, en las complejidades y en los miedos que agujerean a todas las familias. Así, por ejemplo, Serván no comparte con su esposa sus alucinaciones. La incomunicación puede deberse a la inefabilidad de las emociones que suscita la experiencia vivida; pero también admite otra línea de lectura: la entrada en crisis de una pareja que lleva junta cerca de veinte años y que, pese al sexo frecuente que mantiene, no ha sabido construir una intimidad compartida, de modo que cada uno es un extraño para el otro.

A mí, personalmente, el motivo que más me ha interesado es la progresiva transformación del hijo. Repito, el cambio puede ser un síntoma del trauma familiar, pero no es menos cierto que la adolescencia, en sí, es una etapa de tránsito por la que pasan todos nuestros descendientes en el mundo real. Y causa verdadero pavor no saber a ciencia cierta qué tipo de personas serán cuando rompan su crisálida.

La noche en equilibrio gustará a los amantes de la narrativa de terror no menos que a quienes les apasione explorar las grietas que se acaban abriendo en todos los hogares.

La noche en equilibrio (Aristas Martínez, 2026) | Ismael Martínez Biurrun | 285 páginas | 22,90 euros

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