
EDUARDO CRUZ ACILLONA | Que Juan Ramón Biedma es, en la actualidad, uno de los mejores escritores de género negro, tiene poca discusión. Pero no contento con ello, el autor se empeña, obra a obra, en demostrarnos que se puede escribir novela negra sin necesidad de usar el comodín del protagonista recurrente, ya sea un policía, un detective o similar. Cada propuesta de Biedma es radicalmente distinta a las anteriores y uno se zambulle en la primera página con la seguridad de que esa piscina tiene agua de sobra para nadar o hacerse el muerto, según gustos, con plena satisfacción.
Si en 2015 nos trasladaba al Londres de finales del XIX (Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado), en 2020 nos hacía meternos en el barrio de las Tres Mil Viviendas (El sonido de tu cabello) y en 2023 nos narraba una historia de fantasmas con la Guerra Civil española de escenario (Crisanta), por poner sólo algunos ejemplos más o menos recientes, en El club de los primogénitos nos propone acompañarlo en la noble tarea de rizar el rizo de una historia que transcurre en la actualidad y que se instala en lo mejor del género negro sin necesidad de que se produzca un solo asesinato en sus casi trescientas páginas de extensión.
La originalidad, en esta ocasión, también viene de la mano de la composición de la novela, estructurada en seis grandes capítulos compuesto cada uno de ellos de numerosas y breves escenas, entendiendo este sustantivo en su acepción más cinematográfica, tanto por los títulos que las preceden (Portal del edificio / interior / mañana, Cementerio / exterior / noche, etc….) como por el lenguaje utilizado para narrar la historia, repleto de pasajes absolutamente visuales sin perder ni un ápice de esa exquisita literatura a la que nos tiene acostumbrados. Así arranca el primer capítulo, para que se hagan una idea: “Lo primero que encuentra la cámara es al pianista, un viejo sin brazos que toca las teclas con los dedos de los pies”. Y así termina otro: “De pronto se desplaza una de las sombras de la calleja de enfrente. Una sombra que coincide exactamente con la suya. Desaparecen los dos al mismo tiempo”. Frases estás que hacen que la novela merezca una segunda lectura sólo para poder disfrutarlas como merecen.
Se nota que cada página escrita está trabajada y disfrutada, permitiéndose el autor desplegar un humor contenido que combina perfectamente con lo sórdido de la trama sobre la que se sustenta la novela. Así, por ejemplo, los miembros del club de los primogénitos, una suerte de reunión de Alcohólicos Anónimos compuesto por variopintos personajes que tienen en común haber salido con vida de un secuestro pero con graves traumas psicológicos, todos ellos, digo, son apodados con nombres de escritores cuyo apellido comienza por B (Baudelaire, Bernal, Byron, Bolaño, Brontë o Bazán, por Emilia Pardo Bazán, que es quien dirige el cotarro). Que el autor se apellide Biedma es ¿casualidad?…
No todos los integrantes del club tienen protagonismo en la novela, pero los que lo hacen están perfectamente dibujados, y llegan al lector de manera directa con toda la carga de miserias y angustias que arrastran. Sus caracteres, tan sórdidos como su pasado, se mezclan con un ramalazo de ternura que el autor ha sabido impregnarles para hacernos sentir que no todo es lo que parece y que la realidad puede desmontarse fácilmente a nada que se tengan a mano los adjetivos adecuados.
El club de los primogénitos es una novela rica en matices, intensa en su fondo, deliciosa en su forma y adictiva en su conjunto. Una novela que no tendremos ningún interés mayor en que sea llevada al cine porque, ya de por sí, es cine puro.
El club de los primogénitos (Almuzara, 2025) | Juan Ramón Biedma | 296 páginas | 19,95 euros