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Saber envejecer

ALEJANDRO LUQUE | En el Cádiz de los 90 en el que echamos los dientes poéticamente hablando, le guardábamos a Javier Salvago, no diré ojeriza, pero sí cierta reserva, porque su libro Variaciones y reincidencias había ganado el premio Rey Juan Carlos al que también optaba nuestra poeta, Mercedes Escolano, y en aquel tiempo lo vivíamos todo así, con espíritu de hinchas de fútbol. Pero como hinchas, también, reconocíamos cuando el equipo rival metía un buen gol, y todos entendíamos que aquel poemario publicado por Visor –que era el Santiago Bernabeu, el Maracaná, la Bombonera– tenía méritos para colgarse los mencionados laureles.

El tiempo ha pasado, Salvago y la Escolano han seguido escribiendo, nosotros, los de entonces, aprendimos que esto no es una competición deportiva, y que hay que aprender de los éxitos pero más de los fracasos. El poeta de Paradas ha publicado unas estremecedoras memorias, novelas, relatos, aforismos, recuerdos de su trabajo con Jesús Quintero, del que fue eficaz amanuense, y por supuesto poesía. A esa casa primera regresa el hijo pródigo con un título elocuente, La vejez del poeta, que parece el colofón de una vida dedicada a los versos.

Desde el principio, el tono es de profundo pesimismo, derivado de una concepción de la vida que solo conduce “a la muerte,/ a la nada y al olvido”. Claro que los poetas, como buenos fingidores, siempre posan de depresivos, de modo que no acertamos a saber si esa angustia existencial es real o un disfraz para imprimir fuerza y carne a los poemas. ¿Importa? No, lo importante es el resultado final, el texto y su efecto sobre quienes leemos.

Esta mirada catastrófica va a dominar buena parte del volumen, y aunque la ironía acuda de vez en cuando al auxilio del poeta, lo hace menos que en entregas anteriores, o al menos yo recordaba a un Salvago algo más luminoso. No pasa nada, también nos gustan las sombras, los desencantos incurables, los descensos a los infiernos. Ah, de pronto nos encontramos con unos versos que dicen: “No posar, no fingir/ aunque Pessoa diga/ que somos fingidores…”. La cosa va en serio, entonces. Continúan los poemas que hablan de la vida, “empresa/ fallida”, y de la vejez, “la aridez/ no esperar/ ningún tren”.

Parece que Salvago quiere echarse en los brazos de la desesperación, jugando en lo formal con las formas clásicas y acento contemporáneo (¡ah, la estirpe de Bécquer sigue viva!), pero también hay melancólicas evocaciones de la infancia y declaraciones de amor a las mascotas, como ese Aleluyas del ordenador y el gato que se me antoja de las mejores piezas del libro. También abunda el asombro por seguir escribiendo, las preguntas sobre el sentido de hacerlo como de seguir viviendo, para qué, por qué, quién soy, de dónde vengo y adónde irá a parar toda esta tinta impresa. Preguntas sin respuesta, o de respuesta imposible, que giran una y otra vez alrededor del escritorio de Salvago, en forma de “variaciones y reincidencias” a menudo obsesivas. Al final, todo parece un ejercicio para envejecer con dignidad, al pie del cañón de la escritura, dejando al descubierto una paradoja indisimulable: detrás de todo ese pasmo ante el absurdo de la existencia, de la “insoportable carga” de la existencia, yo entreveo un hondo amor por la vida, y en concreto por esa vida que se nos va (¿o se nos viene?) emborronando papeles, doblegando las palabras, contando sílabas. Hay quien envejece tiernamente ante la mesa del dominó o las agujas de croché. Yo le agradezco a Javier Salvago que lo haga, una mañana más, ante el abismo burlón del folio en blanco.       

La vejez del poeta (Renacimiento, 2026) | Javier Salvago | 92 páginas | 14,90 euros

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