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Ser jardín

ALEJANDRO LUQUE | Fui testigo de la escena hace apenas unos días, en una librería de Sevilla. Un cliente algo azorado puso un objeto sobre el mostrador. “Verá, ayer mismo compré este libro, me habían hablado muy bien de él y seguro que es estupendo, pero al llegar a casa vi de qué iba y… Me pareció un poco escabroso. Ni siquiera he empezado a leer, ¿podría cambiarlo por otro?” “Por supuesto, no se preocupe”, respondió el librero. No pude evitar mirar de reojo el título del volumen: se trataba de El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodínov

Últimamente he leído varios libros a los que les iría bien la etiqueta de escabroso, incluyendo ese que al final no ha llegado a las librerías. Este de Gospodínov no me lo parece. Sí es cierto que se trata de una obra que nos enfrenta a cosas que están a nuestro alrededor, o en nuestro horizonte, y que preferimos no mirar demasiado: la enfermedad y la muerte de un ser querido, en este caso del padre. El escritor búlgaro, autor de obras tan notables como Las tempestálidas o los relatos de Acerca del robo de historias, acompañó a su amado padre en sus últimos días y fue llevando un cuaderno en el que anotaba impresiones, anécdotas, recuerdos, informes médicos y reflexiones.

Si aquello era un ejercicio terapéutico o una forma de homenaje o de superstición a lo Mil y una noches –la vida continúa mientras hay relato–, o si ante la desesperación lo único que un escritor es capaz de hacer es escribir y escribir, es algo irrelevante ahora, en que el cuaderno se ha convertido en un libro en manos de otros, y se inserta en una larguísima tradición que no nos resulta en absoluto ajena a los españoles, que tenemos desde las coplas de Manrique a un infinito catálogo de seguiriyas sobre el tema.

Asunto, pues, universal, que Gospodínov aborda con un talante muy búlgaro desde el amor y la ternura, haciendo buen uso de su oficio de narrador que no excluye la imagen poética ni el aforismo de alta precisión, avanzando hacia la despedida inexorable a paso lento, entre abismos de tristeza y terror. 

Freud hablaba de la necesidad de matar al padre, pero -que se sepa- no dijo nada de cómo encajar que la muerte se adelante y nos lo arrebate antes de poder hacerlo nosotros. En todo caso, Gospodínov nos recuerda que enterrar a los padres es una idea temprana en nuestras vidas, y que una vez sucede “nos queda el consuelo de que pasaremos por ello una sola vez en nuestras vidas”, cito de memoria, mientras que “por nuestra propia muerte no pasaremos ni una sola vez”.

No obstante, hablar de este tema no es solo ensayar un adiós. Recuerdo un viejo poema de nuestro estadista Mané García Gil, una elegía a su padre en la que hablaba de ese momento en que, de mañana, era él el primero en afeitarse. La muerte del padre nos obliga a pensar en nuestra propia muerte, en nuestro siniestro turno, y en la de los demás padres y en los demás duelos. Ahora que los estoicos vuelven a estar de moda, quizá este libro sirva también como manual de aceptación.

“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín” es la frase inicial de este relato en el que ese jardín es algo más que un pedazo de tierra con flores y frutos, sino esa idea de reducto a mimar, acaso el único sobre el que tenemos de verdad soberanía, que Pangloss le transmitió al Cándido de Voltaire.          

Entiendo, sin duda, a quienes no quieran leer un libro como este. Pero si se animan a hacerlo, incluso cuando pasen por una situación análoga, se sentirán acompañados y comprendidos, y hasta puede que reciban ese consuelo que solo da la buena literatura.

El jardinero y la muerte (Impedimenta, 2025) | Gueorgui Gospodínov | Traducción de María Vútova | 224 páginas | 22,95 euros

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