
LUIS ANTONIO SIERRA | Últimamente en el debate público – o el ruido cotidiano, si somos más literales – se escucha a las hordas ultraderechistas clamar contra la, según ellos, invasión inmigrante que estamos sufriendo desde hace varios años, si no décadas. Sin embargo, no dicen ni mu sobre esos otros inmigrantes que habitan la llamada “pequeña Caracas” instalada en el barrio de Salamanca de Madrid, o sobre esos magnates – mangantes – rusos o árabes alojados en las costas del Mediterráneo, por poner algunos ejemplos de esa también invasión extranjera. ¿Dónde está la diferencia en la valoración? No radica en el color de la piel, la diferencia de idioma de algunos, o las creencias religiosas, sino en la cuenta corriente. Independientemente de que la ultraderecha no tenga corazón, existe un factor añadido a ese odio que profesan contra los inmigrantes, y es que son pobres y poco les importa que vengan a buscarse la vida huyendo de situaciones lamentables en sus países de origen. Así que tenemos el cóctel perfecto de la xenofobia más la aporofobia para señalar a un chivo expiatorio. Además de todo esto, no podemos perder de vista que esa inmigración “rica” aceptada por los ultraconservadores se alinea ideológicamente con ellos. Y da igual que profesen distintas religiones, hablen distintos idiomas, sus fortunas tengan la más diversa procedencia – casi siempre ilegítima –, o las hayan amasado dentro de sistemas económicos aparentemente dispares.
Aunque pueda parecer que el libro que nos ocupa hoy queda lejos de esta reflexión inicial, una lectura detenida nos acerca a muchas de las ideas que acabamos de exponer, amén de otros asuntos que también intentaremos diseccionar. Nos referimos a Último paso, la primera novela del dramaturgo búlgaro Yordán Slaveykov, publicada en 2015 y editada en enero de 2026 en España por la editorial La Tortuga Búlgara. Exceptuando un momento puntual en la vida de uno de los personajes, la historia familiar que Slaveykov nos cuenta está atravesada por la pobreza e independientemente del sistema económico en el que nos alojamos. Empezamos en la Bulgaria de las postrimerías del sistema comunista que colapsó tras la caída del Muro de Berlín, pero vamos avanzando hacia la irrupción del capitalismo más salvaje, sin tiempo de hacer lo que se suele calificar como una transición ordenada – sea eso lo que sea. La corrupción existente de la época comunista que deja entrever el autor se multiplica hasta la enésima potencia – como algo consustancial al capitalismo – en esos años de transición. De hecho, la fortuna temporal amasada por uno de los protagonistas tiene su origen en ese sistema corrupto de favores, de violencia y explotación. Como decíamos más arriba, la pobreza atraviesa a la familia retratada por Slaveykov. Bueno, la pobreza y todas las consecuencias que acarrea: inseguridad, violencia, situarse en los márgenes del sistema, lo cual puede acarrear circunstancias no deseadas que incluso llevarán a alguno de los personajes a la cárcel o incluso a la marginalidad más cruel.
Además de esa triste realidad económica que atraviesa a esta familia, la novela ataca asuntos más íntimos o privados estrictamente relacionados con las relaciones intrafamiliares, o cómo estos individuos son fiel reflejo de la sociedad heteropatriarcal, aunque las mujeres que conforman la familia protagonicen pequeños intentos de rebeldía contra el mismo que no prosperarán. Y es que en el contexto en el que nos encontramos, la realidad es tozuda y la consecuencia es que resulta tremendamente difícil romper un sistema tan asentado. Esta circunstancia, este contexto patriarcal, está directamente relacionada con otro asunto que afecta a los tres hombres de Último paso. Básicamente todos, aunque quizás el hijo pequeño se pueda escapar por momentos, son unos incapaces desde el punto de vista del manejo de los sentimientos: bien confunden las maneras de expresión cuando lo hacen, o bien directamente no los expresan cuando es necesario hacerlo. Esto contribuye a que las relaciones entre ellos y ellas se carguen de connotaciones extrañas, violentas en ocasiones, incomprensibles en otras. Y, por supuesto, ser homosexual en la Bulgaria homófoba de aquella época era poco menos que un riesgo vital del que el hijo pequeño da buena cuenta.
Como siempre, la buena literatura nos ayuda a interpretar el mundo en el que vivimos y a entenderlo mejor. Asimismo, las varias lecturas que una obra puede tener nos alimentan y nos sirven para entender mejor el lugar que ocupamos. Último paso es una de esas novelas que nos hacen mejores y contribuyen a todo esto.
Último paso (La Tortuga Búlgara, 2026) | Yordán Slaveykov | Traducción de Marco Vidal González | 208 páginas | 19 euros