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Sin miedo, con convencimiento

JUAN CARLOS SIERRA | Como dicen los versos de Ángel González que encabezan Miedo, el último poemario hasta la fecha de Rocío Rojas-Marcos (Sevilla, 1979), “Hay que ser muy valiente para vivir con miedo”. Pareciera que el poeta ovetense nos quisiera distraer con un ingenioso juego de palabras entre términos antagónicos, los referidos al miedo y al valor. Pero que nadie se llame a engaño: no se trata de un entretenimiento ocurrente para pasar el rato. En ese verso hay mucha verdad, la que es capaz de captar y escribir un buen poeta por encima de los lugares comunes cuando pone su verso en la llaga donde se encuentran y sangran los aparentes contrarios. No se trata, pues, tampoco de un simple oxímoron superficial o de una paradoja chispeante; es la vida, amigo, amiga, la vida vista a través de las gafas de aumento de la poesía, de la auténtica poesía, ya sea la del añorado escritor ovetense en esta cita o la que propone Rocío Rojas-Marcos en Miedo a partir de los versos del primero; y muy especialmente a través de su generosidad al extender negro sobre blanco su perspectiva acerca del miedo en un libro que desde su título no busca subterfugios. La poeta que trasiega con las palabras, la que no tiene más remedio que trabajar con ellas, al final, como queda explicado en el poema de la página 49 de Miedo, se ve abocada a profundizar en ellas y, por consiguiente, en la realidad, con el fin de “ponerle nombre al miedo” y poder escribir un poemario útil “para perder este miedo informe”.

            Así pues, no descubro nada si digo que el conjunto del poemario es todo un recorrido analítico acerca de lo que hay detrás de la palabra que da título al libro. Sí resulta algo novedoso, por el contrario, la estructura general del poemario: dos partes  -MIEDO y GAMAN- aparentemente inconexas, como los conceptos de valor y miedo antes mencionados; de ellas, será la primera la que desarrolle el tema central del libro.

Esta parte evolutivamente se inicia con la localización del fenómeno -‘Algunos miedos’, la sección más extensa-, pasa a la presencia cotidiana de este en ‘El nombre del miedo’ -segunda sección- y desemboca en la escapatoria literaria y luminosa de sus dos últimas secciones -‘Nuevas palabras’ y ‘Colofón’-. La literatura y el lenguaje, la poesía en definitiva -me temo-, aparecen como tablas de salvación al ser capaces de deletrear de forma diferente la palabra ‘miedo’ y la palabra ‘futuro’. Se asumen  en ‘Nuevas palabras’ expresamente como un mantra los versos de un poema anterior (¿metacita, autocita?) –“Hoy garbanzos. Mañana ya veremos/ Mientras, miras de frente a la suerte/ siempre sonriendo” (página 55)-, unos versos que suenan a la vez a aceptación y a sermo humilis. Al mismo tiempo se quema, como en la hoguera de San Juan, todo lo viejo: “…saltar pisando ascuas/ notar en las plantas de los pies el ardor:/ principio del exilio/ principio y final de ti misma/ que pisoteas y calcinas.” (páginas 55-56)

No obstante, quizá lo más relevante de este recorrido sea que la voz poética transita de la segunda a la primera persona, hecho este subrayado por la autora en el inicio del poema perteneciente a ‘Colofón’: “Y ahora en primera persona/ dejo de mirarme desde fuera/ dejo que se filtre la luz entre mis dedos/ dejo que el aire ventile la casa…” (página 59). Hasta estos versos asistimos al diálogo con y desde la segunda persona. En ‘Colofón’, pero también y especialmente una vez fuera del poemario, toca hablar, ya con las cartas del miedo boca arriba, desde el yo que ha transitado por toda una vía casi ascética hasta desprenderse a su manera de los demonios particulares, quizá exorcizándolos al asumirlos y enfrentarlos: “Ahí mirando de frente./ Ahí está el miedo./ Ahí la salida iluminada./ Ahí estoy yo de pie”. Pero se trata de un yo que se trasciende a sí mismo, que puede llegar a ser un nosotros, el de cada quien que, habiendo leído el libro completo, asuma su propio recorrido hacia la luz, hacia el cara a cara con el miedo, con los miedos particulares y tome su propia decisión.

            Llegados a este punto, entenderíamos que el poemario debería cerrarse precisamente en su ‘Colofón’. Su lógica interna parece que así lo demanda: hasta aquí hemos llegado, no hay nada más que añadir, señoría. Sin embargo, Rocío Rojas-Marcos, como ya se ha apuntado, suma un bonus track, una segunda parte titulada GAMAN, una treintena de haikus aparentemente desgajados de todo lo anterior.

Para los no iniciados en japonerías, como le ocurre a un servidor, es necesaria una explicación de este título. Según la página japonismo.com y sin entrar en profundidades, “Gaman(我慢) puede traducirse de varias formas, desde paciencia, perseverancia o resistencia hasta estoicismo o capacidad de autocontrol”. De modo que la autora sevillana cierra su poemario trasladándonos al país del sol naciente y su filosofía pero sin movernos demasiado del sitio poético que ha propuesto desde el principio o, más bien, con el que finaliza la primera parte -MIEDO-, hallando y mostrando al lector los puntos de unión, como ya lo hizo con conceptos tan antagónicos a priori como valor y miedo. Estos haikus guardan una coherencia estrecha con la mirada que se aprecia en ‘Colofón’, una visión de la realidad diferente, equilibrada, contenida, despojada de lo que la ensucia, la contamina, y no solo a ella sino también al sujeto poético en sus diferentes miedos; una manera, por tanto, de intentar mantenerlos a raya, en concreto la manera gaman.

Lo que sí creo que rompe esta última parte de Miedo es el tono general del poemario. Al contrario de lo que sucede en los poemas que la preceden, aquí se contiene el chorro creativo característico del conjunto del libro en un ejercicio de moderación y autocontrol gaman a través de los versos con sílabas contadas (5/7/5) del haiku. Hay, pues, contención, comedimiento, mesura, estoicismo poético, más que paciencia en el sentido más extendido del concepto filosófico y vital de gaman. Resulta curioso, en cualquier caso, este contraste, ya que en la página 53, en el primer poema de la sección ‘Nuevas palabras’, la poeta sevillana parece apostar por una táctica compositiva, central en el conjunto del poemario, que deje de deletrear la palabra ‘miedo’, de contar sus sílabas, como se cuentan las de un verso; parece que la propuesta de Rocío Rojas-Marcos se orienta a liberarse de esa constricción compositiva, a desligarse de ciertas normas poéticas, igual que uno se libera del miedo al “…cerrar los ojos y creer que vas en un barco/ por mitad del Estrecho/ y escuchas las gaviotas que se acercan”. No obstante, no se trata de una tendencia frenético-anárquica, como el vuelo de las gaviotas en este poema, sino más bien, en coherencia con los haikus finales, de mantener en el versolibrismo cierto equilibrio, cierto comedimiento, cierta mesura.

Esta poesía sin estridencias, sosegada, se aviene bien con su tono conversacional, próximo a una prosa -en el mejor sentido de la palabra- con la carga justa y necesaria de imágenes, metáforas,… la imprescindible para hacerse entender y explotar las capacidades expresivas de los versos. Poesía cercana, pues, que ha aprendido de poetas como quien abre el libro que analizamos, Ángel González. Poesía, además, sin miedo, con convencimiento. Un poemario que dentro del contexto del miedo proporciona más bien luz y esperanza. Porque “Hay que ser muy valiente para vivir con miedo” o para hablar en versos libres del miedo, como hace Rocío Rojas-Marcos en su último poemario.

Miedo (Fundación José Manuel Lara, 2025) | Rocío Rojas-Marcos | 96 páginas | 11.90 euros

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