
Estaba claro que no era normal
Que tanta raya fuese algo casual
Obús, La raya
ALEJANDRO LUQUE | La cosa va de cocaína. Quien la probó lo sabe. Quien no, se lo imagina. O no. David López Canales, periodista, compañero de Eldiario.es y autor de un par de curiosos libros sobre el flamenco en Japón, ha querido escribir sobre el tema en la colección de libritos de colores de Anagrama. ¿Por qué? La pregunta debería ser, más bien, por qué no. O cómo no. Lo extraño es que no haya en España veinte, treinta libros de amplia circulación sobre un tema que atañe tan seriamente a la salud pública, y que afecta de manera directa a varios miles de ciudadanos.
El autor, de hecho, dedica buena parte de sus esfuerzos a manejar y leer estadísticas. Quien escribe esta reseña agradece el empeño, pero no lo necesita: ya sabemos que la cocaína está en todas partes, en los despachos ministeriales y en los suburbios, en los bares y en las casas, en las aulas universitarias y en los camerinos. ¿Cómo es posible, entonces, que sea tan invisible? ¿Lo es como la carta robada de Poe, de puro evidente, o es su extrema discreción lo que ha permitido su ubicuidad?
López Canales plantea cuestiones parecidas en un ensayo necesariamente telegráfico, que no obstante quiere aportar muchas perspectivas: la cocaína en España y en el mundo, su éxito, su modo de adquisición, consejos para un consumo responsable, un alegato en favor de la legalización (idéntico al que oíamos en los 80, luego en los 90, y seguiremos oyendo en las décadas sucesivas, me temo), una cartografía de su producción y del tráfico… Todo ello en un centenar largo de páginas que bien podrían ser un borrador de un libro más extenso y minucioso, pero que bien sirve para que los profanos se hagan una idea de las dimensiones del fenómeno.
Poco que apuntar a los datos y conjeturas del breve volumen, salvo quizá profundizar en algunos hechos. Uno de ellos, fundamental, sería el modo en que la cocaína, que convive durante años con la heroína en nuestro país, acaba ocupando el trono por una simple razón: mientras que ésta destrozaba a sus consumidores y disparaba los índices de inseguridad ciudadana, la cocaína se ha presentado siempre como una droga limpia, que ni mata ni incita a la delincuencia. Ambas cosas son falsas, pero los tiempos del veneno esnifado permiten esa apariencia de vicio inocuo y festivo, frente al ejército de zombis que el caballo arrojó a las calles.
Alguien dijo que la heroína era una buena droga para una mala vida. ¿Es la cocaína una buena droga para una buena vida? El alucinante márketing que la acompañó en sus inicios, y que López Canales resume muy bien, quiso mostrarla como un producto para las élites, lo que sumado a su seductor rito (secretismo, ceremonia, turnos) garantizó su consagración. Pero también se menciona, y se podía haber subrayado mucho más este hecho, su sintonía con los tiempos que –nunca mejor dicho– corren. “Ahora toda la vida es urgente. La prisa se ha introducido como un virus en nuestro sistema operativo. Y con ella, también, la prisa por salir de la prisa. Eso también es la coca: prisa. El ritmo de la sociedad hoy es el de la cocaína”.
Sí, la coca es prisa, pero no solo. O no exactamente: yo diría que es más bien ausencia de descanso. Echo de menos, en la descripción histórica del fenómeno en España, una alusión a la ruta del bakalao, ese viraje radical en las formas de ocio juvenil que abrió enormemente el nuevo mercado de las pastillas, pero que no se entiende sin aquel polvo blanco que permitía estar sin dormir tres días seguidos, prolongar la fiesta más allá de los límites humanos. Lo mismo sucedía con los jugadores de bolsa, que podían apostar en mercados globales mientras todos a su alrededor dormían. En este sentido, la cocaína tiene algo de pócima mágica, porque tras obtener sus poderes leemos el siguiente capítulo: no se trata de un préstamo de energía a fondo perdido, sino con intereses, ya se llamen estos resaca atroz o ictus. Cuándo va a llegar el cobrador del frac, es algo que nunca se sabe. Pero que llega, llega.
Volviendo a la pregunta de López Canales (¿Por qué no se habla de ello?) solo podemos balbucear una respuesta: mueve demasiado dinero, demasiado poder y demasiada gente. Lo cual no debería ser óbice para plantear un debate sereno y en profundidad. Y deberían promoverlo los poderes públicos. Mientras tanto, bien vale aprender y pensar un poco con un librito como el del periodista madrileño.
A pesar de los muchos números que maneja, resulta imposible calcular cuántas víctimas dejó la heroína en sus años fuertes (70, 80 y 90) en España. Tampoco conoceremos nunca los de la farlopa, porque algunos de sus efectos son tan diferidos que el rastro queda reducido a conjetura. Y lo mismo puede decirse de los delitos asociados a esta sustancia. Hablando con un amigo juez, oí que son incontables los casos de robos, violencia doméstica, peleas, etc que tienen detrás un gramo de cocaína. Sí, está por todas partes, pero sobre todo está agazapada en problemas cotidianos. Su conclusión era sorprendente: la heroína era terrible, pero esto es peor.
¿Una rayita? (Anagrama, 2025) | David López Canales | 120 páginas | 11,90 euros