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Sobre ese espejismo llamado Estrella distante

JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL – CARLOS WEIDER- | «Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo». Esta célebre frase que Camilo José Cela pone en los labios de mi colega Pascual Duarte marca el inicio de uno de los debates más profundos de la literatura española: ¿es Pascual un psicópata sin escrúpulos o un producto de la fatalidad y de un entorno asfixiante? Más de cincuenta años después, Roberto Bolaño me presenta a mí mismo, Carlos Wieder —o Carlos Ramírez Hoffman o Alberto Ruiz-Tagle o Jules Defoe o R. P. English, entre otros posibles seudónimos con los que borré mi rastro— como un adalid del pinochetismo, de la práctica del terror como respuesta óptima ante el marxismo y el socialismo. Porque cometo actos atroces (incluyendo el asesinato de mis supuestas amigas, las hermanas Garmendia), los críticos literarios debaten si encajo en la definición estricta de psicopatía. ¿Pueden mis crímenes ser interpretados como arrebatos impulsivos y desesperados, fruto de la frustración animal más que de la frialdad calculadora de un psicópata? Os aseguro que no.

Bolaño selecciona mis peores actos y en ellos el lector puede analizar mis patrones criminales, la naturaleza y los rasgos de mis víctimas o las investigaciones iniciadas (y nunca concluidas) contra mi persona. Soy un libro abierto, como se dice. Es lo que tiene estar en manos de un narrador todopoderoso. Crezco sintiéndome distinto, superior, uno de los elegidos por el nuevo régimen militar: vivo como quiero y vive quien yo quiero. Me basta con la libertad y el aire libre. No necesito afecto ni amistad. En realidad, no echo de menos a nadie. Quienes me rodean son amistades prescindibles. Tampoco mi padre es para mí referente o sostén. En la novela, como en mi vida, su aparición es intrascendente. Así me dibuja este escritor chileno, saludado por los críticos como un notable fabulador.  

Leí de un tirón la novelita, claro. Ciento cincuenta y siete páginas se leen de una sentada. La he leído como quien examina el expediente de un crimen mal resuelto: buscando las huellas del investigador, no las del sospechoso. Y debo decir que Roberto Bolaño ha fracasado. No en la escritura, que es ágil, obsesiva y melancólica, sino en la empresa más ambiciosa que se propuso: encerrarme entre sus páginas. Ese chileno, concursante de premios municipales de relatos literarios, personaje errante y marginal, ese romántico trasnochado, intentó copiar en esta novela la trágica comedia de mi vuelo. Pero su ojo es el de un fotógrafo de crímenes, no el de un piloto de la verdad. Me describe, sí: las acrobacias con un avión de la Segunda Guerra Mundial en el cielo de Concepción, los versículos de la Biblia escritos con humo que Zurita me copió luego, las sesiones privadas de fotografías en mi apartamento. Pero falta a lo esencial: no entiende que la poesía no es un mensaje en una botella, sino la botella estrellándose contra un acantilado.

Su protagonista —ese Arturo Belano, narrador, coautor y patético doble suyo— se queda en la barrera. Yo soy el centro, la figura principal, la que se alza única de entre el vértigo y el balbuceo de una década maldita. Belano cree que la violencia y la creación son antagónicas. Grave error. Mi mayor poema fue una desaparición. Mi mayor performance, un silencio de años. Él, en cambio, necesita cadáveres y detectives para continuar vivo algunas páginas más.

Se nota mucho que Estrella distante no es más que un cuento hábilmente alargado. Bolaño me necesitaba para llegar a ser uno de los más originales, imaginativos y audaces narradores de su tiempo. Con esa finalidad engorda una biografía, una copia del último episodio de La literatura nazi en América. Para eso, para triunfar, me quiere clavado en una cajita, como un insecto. Pero yo ya no estoy en ninguna parte. Sobrevuelo sobre su libro como sobre un mapa equivocado. Que los demás lo lean como una novela negra o policiaca. Yo lo leo como un aullido desde una fosa común que nunca encontraron. Según él, yo soy Carlos Wieder: poeta aéreo, dandi del horror, asesino y fotógrafo del miedo, artista de la desaparición, figura espectral que atraviesa los años oscuros de Chile dejando tras de sí una estela de sangre y belleza. Según él, soy una alegoría. Un síntoma. El monstruo que la literatura necesita para justificarse a sí misma. Pero Bolaño se equivoca. Los monstruos nunca necesitan autores. Los autores, en cambio, sí que necesitan monstruos.

La novela me sigue —me persigue— con la paciencia de un cazador y con la fascinación de un admirador clandestino. Finge un busca y captura para juzgarme, pero en realidad no contempla otra justicia que la de la venganza. A eso se debe que haya momentos en que sospecho que el libro no trata sobre mí, sino sobre el miedo que los demás tienen de parecerse a mí. Rechazo este planteamiento porque intenta reducirme a una explicación histórica y moral. Porque quiere convencer al lector de que finalmente he sido comprendido. Porque imagina que un detective como Abel Romero con la ayuda de un tipo como Belano, recopilador de rumores, testimonios incompletos y recuerdos deformados —veo en sus modos los modos del autor— pueden cerrar el caso. Repetir el crimen, ¿es acaso una manera moralmente digna de hacerlo? Al terminar Estrella distante, sigo siendo más grande que la investigación, más ambiguo que la condena y más persistente que la memoria de mi autor.

Debo confesar, no sin curiosidad, que no todos los días uno tiene la oportunidad de asistir a su propia deformación literaria. Roberto Bolaño me ofrece ese espectáculo: me toma, me transforma en personaje y luego me exhibe ante el lector como una criatura patológica, una anomalía moral, una especie de psicópata ilustrado surgido de las ruinas de la historia chilena. No puedo aceptar semejante simplificación. La crítica, los lectores y el propio autor parecen compartir una superstición: la de que todo arte que los incomoda debe ser explicado mediante una enfermedad. Si una obra perturba, si rompe las convenciones morales de su tiempo, si obliga a mirar donde nadie quiere mirar, entonces el artista deja de ser artista y se convierte en un caso clínico. Es una vieja estrategia. Más cómoda que enfrentarse a la obra.

No comprende que la verdadera cuestión nunca estuvo ahí. La verdadera cuestión es el arte. Mis fotografías de mujeres torturadas definen la fotografía artística: su carga emocional, su estética cuidada y sangrienta, su lenguaje visual. He ahí el sello único del autor Carlos Wieder. Mis poemas escritos en el cielo no eran excentricidades. Eran intervenciones sobre el espacio mismo de la nación chilena. Mis vuelos no eran demostraciones de poder sino fruto de una imaginación portentosa. Mientras los otros poetas del taller llenaban cuadernos de rimas melifluas y sin planeo, yo escribía una poesía acrobática e impactante sobre el horizonte. Mientras ellos aspiraban a ser leídos por unas decenas de iniciados, yo convertía en puro firmamento la página.

Lo que irrita a Bolaño es la incomodidad de mi concepción artística. Quiere un arte crítico pero domesticado, radical pero inofensivo, transgresor pero aceptable. Quieren una rebeldía que pueda ser archivada en bibliotecas y discutida en seminarios. Yo aspiré a otra cosa: a una obra capaz de alterar la realidad y no simplemente comentarla. Por eso me llama psicópata. Si el artista es un enfermo, ya no es necesario discutir su obra. Basta con diagnosticarlo. La psiquiatría en el lugar de la crítica y la interpretación.

Estrella distante es, en este sentido, una novela fascinante porque revela la impotencia de la literatura frente a ciertas formas extremas de creación. Bolaño rodea mi existencia de chismes, testimonios contradictorios y sombras sin llegar a penetrar el núcleo de mi proyecto artístico. Proyecta los efectos, pero nunca alcanza una visión completa de mis poderes. Y, sin embargo, le reconozco un mérito. Comprende que no puede eliminarme del todo. Por más que me condene, por más que intente convertir mi nombre en sinónimo de horror, sabe que sigo ejerciendo una atracción incómoda sobre el lector. Sabe que algo de mi obra permanece irreductible a sus categorías morales. Tal vez esa sea la verdad secreta de la novela. No trata sobre un criminal perseguido por fantasmas enigmáticos o estrafalarios. Trata sobre un artista que aparece en un mundo incapaz de soportar las consecuencias del arte cuando este deja de pedir permiso.

Por eso rechazo el retrato que Bolaño hace de mí. No soy un psicópata. No soy un caso psicopatológico ni una aberración histórica. Tampoco soy un impostor (o no más que lo es cualquiera de vosotros en su vida). Soy, para bien o para mal, un artista que lleva sus creaciones hasta sus últimas y consecuencias. Y si mi figura sigue inquietando a quienes cierran este libro, quizá no sea porque han detestado mis crímenes (irrelevantes para el caso), sino porque han entrevisto, durante un instante decisivo, una idea del arte más peligrosa que cualquiera de mis delitos.

Estrella distante (Anagrama, 1996) | Roberto Bolaño | 160 páginas | 2.000 pesetas

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